¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Maratón: 5/7
Apenas habíamos terminado de levantar los restos del pan dulce cuando las puertas del comedor volvieron a abrirse con un dramatismo innecesario. Esta vez era Brigit, que traía entre sus manos un pergamino lacrado con el sello de la corona imperial. Tenía los ojos desorbitados y temblaba tanto que parecía que sostenía una granada activa.
—¡M-Mi señora! ¡Un emisario real acaba de dejar esto! —tartamudeó la doncella, extendiendo el papel—. Es un decreto oficial firmado por el mismísimo Príncipe Jarek.
Gideon frunció el ceño, recuperando al instante su postura seria y marcial. Me arrebató el pergamino de las manos, rompió el lacre y leyó el contenido en voz alta, con una voz que se iba volviendo cada vez más oscura a cada línea:
—«Por orden de la corona y en pos de asegurar los lazos sagrados de nuestro compromiso, yo, el Príncipe Heredero Jarek, anuncio mi llegada a la mansión del ducado el día de mañana. Me instalaré allí durante una semana completa con el fin de cortejar formalmente a mi prometida, la Duquesa Cassandra, y prepararla para sus deberes imperiales».
—¡¿Qué?! —salté de la silla, indignada—. ¿Una semana entera viviendo bajo mi techo? ¿El fideo rubio oxigenado metido acá adentro quejándose por todo y arruinándome la paz? ¡Ni loca! Bastante tuve en mi otra vida aguantando las auditorías de los jefes que se instalaban en la oficina a mirar qué hacías. Yo vine a este mundo a rascarme la panza, no a fingir modales frente a un nene mimado.
—Esto es una provocación política —analizó Gideon, golpeando la mesa con el puño—. Su padre lo está presionando para asegurar el Ejército de las Sombras. Si Jarek se instala aquí, mis visitas estratégicas serán imposibles. No podemos permitirlo, pero rechazar un decreto real directo es una declaración de guerra abierta para la que tus tropas aún no están posicionadas.
Me quedé mirando a Gideon. Vi sus hombros anchos, su mandíbula marcada y esa mirada intensa que me había dejado sin palabras en el probador de ropa. Entonces, una idea absolutamente brillante y maquiavélica cruzó por mi mente de ex-contadora experta en evadir problemas burocráticos.
Me acerqué lentamente a su extremo de la mesa, apoyando las manos sobre el mapa táctico que todavía estaba desparramado por ahí.
—Che, duque... pensándolo bien, no hace falta pelear ni trabajar de más —le dije con una sonrisa de lado a lado—. Tengo una estrategia de evasión corporativa de alta gama. Vamos a proponer un trato.
Gideon me miró desconfiado, entornando esos ojos azules tan perfectos.
—¿Qué tipo de trato, Cassandra?
—Vamos a fingir que estamos saliendo en serio —solté, libre de todo filtro—. Una falsa alianza amorosa. Cuando el ricitos de oro llegue mañana con sus flores y sus discursos de etiqueta, nos va a encontrar a nosotros dos re acaramelados. Le vamos a refregar nuestro romance en la cara hasta que entre en pánico, se le reviente el orgullo real y rompa el compromiso, que no existe, él solito por dignidad. Así nos lo sacamos de encima sin mover un dedo. ¿Qué te parece? Es una jugada perfecta.
Gideon se quedó mudo. Tardó varios segundos en procesar la propuesta. Miró hacia la puerta, luego hacia mí, y el color rosado amagó con volver a sus mejillas, aunque esta vez lo controló con pura fuerza de voluntad.
—Fingir una relación de pareja... con el enemigo público del imperio —murmuró Gideon, analizando las variables como si fuera una batalla campal—. Desde el punto de vista puramente estratégico, es una maniobra de guerra psicológica brillante. Destruiría la resolución del enemigo sin derramar una sola gota de sangre.
—¡Viste! Te dije que era una genialidad —le celebré, dándole una palmadita en el hombro.
Sin embargo, Gideon no sonrió. Se enderezó cuan largo era, quedando a escasos centímetros de mí, y me clavó una mirada cargada de una intensidad que me hizo tragar saliva.
—Acepto la estrategia militar, Duquesa —dijo con esa voz ronca que me ponía los pelos de punta—. Pero le advierto una cosa: jugar a ser novios falsos conmigo puede ser una maniobra sumamente peligrosa para usted. Una vez que entremos en ese juego frente a la corte, las líneas se van a volver muy difusas. No soy un hombre que se tome las cosas a medias, y si tengo que actuar como su hombre, lo voy a hacer en serio. ¿Está segura de que va a poder soportar la presión?
Lejos de asustarme, la advertencia me encendió la chispa de la competencia. Me acomodé las calzas cómodas, le sostuve la mirada fija a esos ojos azules y le guiñé el ojo de la manera más pícara y desvergonzada que encontré.
—Ay, por favor, duque. No me subestimes —le respondí con una sonrisa desafiante—. A mí me encantan los deportes de riesgo. Aguanté cierres de balance anuales con tres tazas de café encima, mirá si no voy a poder con un noviazgo de mentira con el tipo más lindo del reino. Traeme al príncipe cuando quieras, que lo atendemos en primera fila.
Detrás de nosotros, Brigit soltó un quejido ahogado y se sentó en el suelo, completamente superada por la situación. Se venía una semana de convivencia forzada, celos reales a gran escala y un juego de seducción que iba a prender fuego la mansión. Mis vacaciones se estaban poniendo cada vez más extremas, y yo no podía estar más feliz.