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Sediento De Venganza

Sediento De Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.

NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El laboratorio del cazador

París no cedía sus secretos con facilidad, y el destino, que ya se había cobrado la inocencia de Ethan, parecía complacerse en dilatar su retribución. Anelly Rosseau se movía por la Ciudad Luz como un espectro dorado: escurridiza, protegida por los muros invisibles de la inmensa fortuna de los Leroux. Elean la había cercado bajo un ala protectora que rayaba en la obsesión fraternal. El heredero Alemán era un hombre de sospechas rápidas y círculos estrechos; no permitía que ningún rostro nuevo, ningún caballero de intenciones dudosas, cruzara el umbral de su intimidad o se acercara a la mujer que consideraba su cable a tierra.

Ethan, observando desde la periferia de los clubes del bulevar Saint-Germain, no desesperó. La furia ciega de los primeros días se había decantado en una paciencia fría, casi científica. Contempló el blindaje que Elean le otorgaba a Anelly y dejó escapar una sonrisa de pura ironía gélida.

—Disfruta de tu fortaleza, Dafne, Anelly o cualquier otro maldito nombre que uses —susurró para sí mismo en la penumbra de su coche—. Las almas como la tuya no necesitan que nadie las empuje al abismo. Encontrarás tu propia perdición tarde o temprano, porque la codicia siempre termina por devorarse a sí misma.

Mientras el momento de la verdad maduraba, Ethan decidió mimetizarse por completo con la fauna de la alta modernidad. Liquidó los últimos vestigios del provinciano; se actualizó con la moda más vanguardista y disruptiva de la época. Ya no era el muchacho tímido de los Cárpatos, sino un hombre de una apostura magnética y extraña: poseía la tez blanca, casi marmórea, típica de los inviernos de Transilvania, unos pómulos altos y afilados que le daban una expresión de nobleza antigua, y un cabello oscuro que enmarcaba una mirada de ojos tan profundos y desprovistos de calidez que resultaban hipnóticos. Se desplazaba por los bulevares parisienses al volante de automóviles de gran lujo, máquinas ruidosas y veloces que utilizaba como meras herramientas de estatus y desplazamiento.

Fue a las puertas de un casino privado en el distrito de la Ópera donde el tablero sumó una nueva pieza. Ahí se encontró con Amandine Vachon.

Amandine era el epítome de la tentación parisina. De silueta esbelta, movimientos felinos y una belleza agresiva que no pedía permiso, la joven llamó la atención de Ethan en el acto. Pero él ya no miraba con los ojos del corazón, sino con el rigor de un cirujano. La observó como quien examina a un espécimen exótico bajo el microscopio, diseccionando cada uno de sus gestos. Para Amandine, sin embargo, el cruce de miradas era el inicio de un ritual antiguo, bien ensayado y perfectamente ejecutado: detectar al joven adinerado, desplegar la red de la atracción, capturar a la presa y vivir de su opulencia hasta agotar el pozo.

Lo que Amandine ignoraba era que el espécimen que pretendía cazar ya no pertenecía a la raza de los hombres vulnerables.

Para Ethan, el encuentro con Amandine no fue un romance; fue el inicio de una cacería recreativa, un campo de entrenamiento donde perfeccionar sus armas psicológicas. El plan del transilvano era implacable: se adentraría en ese submundo de seductoras y cazafortunas, obteniendo de ellas los favores y placeres más exclusivos sin ceder jamás un solo franco de su capital, invirtiendo la dinámica tradicional para hacerles perder lo único que esas mujeres consideraban valioso: su tiempo de juego y sus recursos.

El primer pulso se libró en el reservado de un bar de moda. Amandine, envuelta en un perfume denso de jazmín y tabaco turco, inclinó el cuerpo hacia Ethan, dejando que el escote de su vestido de seda rozara el borde de la mesa de caoba.

—Un hombre como usted no debería pasar las noches de París en soledad, señor Dragomir —dijo ella, con una voz modulada para sonar como una caricia húmeda—. Esta ciudad es muy fría.

Ethan sostuvo la copa de licor sin beber, mirándola fijamente. Sus ojos oscuros no reflejaron el menor destello de lascivia, lo que desconcertó a la joven por un microsegundo.

—El frío es una cuestión de perspectiva, mademoiselle Vachon —respondió él, con un tono pausado y aristocrático que denotaba un desdén absoluto por el peligro—. A veces, la compañía equivocada resulta mucho más costosa que una noche de invierno a solas. Pero supongo que usted sabe mucho sobre costos y beneficios.

Amandine asimiló el golpe con una sonrisa felina. Identificó de inmediato que Ethan no era el típico heredero atolondrado al que podía manipular con un par de pestañeos. Aquello no la ahuyentó; al contrario, encendió su ambición. Estaba ante un rival digno, un hombre cuya billetera parecía tan profunda como el misterio de su origen.

Se inició así un juego de poder brutal y soterrado. Durante las semanas siguientes, se exhibieron juntos en los locales más caros de la ciudad. Amandine desplegaba todas sus artes psicológicas: la vulnerabilidad calculada, los celos fingidos, las promesas silenciosas en la parte trasera del automóvil. Ethan, por su parte, respondía con una generosidad aparente que nunca se materializaba en realidades. La llevaba a las boutiques más costosas, permitía que se probara las pieles y las joyas más finas, para luego retirarse en el último momento con una excusa técnica o un cambio de parecer que dejaba a Amandine con las manos vacías y la frustración mordiéndole los labios.

Era una guerra de desgaste. Ella intentaba romper el muro de hielo de Ethan para acceder a su fortuna; él disfrutaba de su belleza, de su compañía en los palcos y de su cuerpo, utilizándola como un escudo social mientras se cobraba la pieza paso a paso, desgastando el orgullo de la experta sin pagar jamás el precio de sus servicios. En ese laboratorio de crueldad, Ethan Dragomir se convencía cada noche de que la humanidad no era más que un tablero de ajedrez donde solo sobrevivían los que aprendían a mover las piezas negras.

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Alondra Linares
que historia tan bonita llena de mucho odio, ethan siendo rescatado del odio para vivir en oax
b zamitiz
🙂
Mindy Rey
Esa desgraciada tuvo tanta suerte y tiempo para hacer el mal en todo el mundo
Yolanda Luna
Maravillosa
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