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Furtiva Atracción. Dejándose Amar

Furtiva Atracción. Dejándose Amar

Status: Terminada
Genre:Romance / Romance de oficina / CEO / Completas
Popularitas:20k
Nilai: 5
nombre de autor: @ngel@zul

Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de @ngel@zul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El blindaje de la razón

Joana siempre había sido una mujer apreciada en su entorno profesional. En el bufete, su presencia se percibía como segura, elegante, eficiente. Su nombre era sinónimo de confianza y rigor jurídico; para sus socios, Joana era la mente capaz de diseccionar el litigio más complejo con una frialdad envidiable. Aunque los años la habían convertido en una referente dentro del derecho corporativo y procesal, había logrado mantener un perfil discreto, sin ostentaciones ni afectaciones innecesarias. Aquella mañana, como todas, llegó puntual, caminando por los pasillos de mármol con paso firme, saludando con una sonrisa medida a los secretarios y asociados, dejando que la eficiencia de sus gestos hablara por ella antes de pronunciar la primera palabra sobre cualquier expediente.

​Su trabajo la absorbía y, en cierta medida, la protegía. Entre dictámenes, recursos de apelación y decisiones estratégicas, Joana encontraba una manera de mantener el control absoluto de su vida, de concentrarse en algo que no le exigiera entregar su corazón. Los casos se sucedían, los clientes de alto perfil acudían a ella por su impecable profesionalismo, y las conversaciones se limitaban a lo estrictamente necesario para ganar una causa. Había desarrollado un escudo social que la mantenía cercana lo suficiente para cumplir con sus responsabilidades deontológicas, pero lo bastante distante para no involucrarse emocionalmente con nadie.

​Fuera de los juzgados y las oficinas, la historia era similar. Sus amigas de siempre la buscaban con frecuencia, pero Joana había aprendido a gestionar esas relaciones con la misma discreción y mesura con la que redactaba un contrato de confidencialidad. En los cafés, las charlas giraban en torno a la rutina, a viajes o a acontecimientos superficiales; nada profundo, nada que pudiera comprometer la serenidad que tanto le costaba mantener tras la pérdida de su esposo. Se reía con ellas, asentía con interés, pero siempre con la sensación de estar observando desde una distancia segura, como quien analiza un testimonio ajeno sin dejar que las palabras la afecten personalmente.

​Incluso en los encuentros sociales más elaborados del mundo jurídico, Joana se movía como un fantasma elegante. Asistía a cenas anuales de la asociación, presentaciones de libros de derecho o reuniones de beneficencia, siempre vestida con sobriedad y distinción. Mantenía la postura de quien disfruta del momento sin depender de él para sentirse completa. Su sonrisa era impecable, sus gestos, medidos, y su conversación, precisa, evitando siempre los temas que rozaran su intimidad. Pero debajo de esa superficie de jurista inquebrantable se escondía un corazón que había aprendido, a fuerza de golpes, a no esperar nada de nadie.

​Joana había desarrollado con los años un instinto casi biológico para evitar compromisos afectivos. No era que despreciara el amor; simplemente sabía, por deformación profesional y experiencia personal, que abrirse demasiado podía resultar un riesgo procesalmente inasumible. Su experiencia con la pérdida había sido demasiado intensa, un veredicto del destino demasiado devastador. No podía permitirse otra herida igual. Así que su aislamiento no era producto de la frialdad, sino de una autoprotección técnica: una forma de mantener intacto el equilibrio que le permitía vivir sin depender de emociones que no podía controlar mediante leyes o lógica.

​Cierto día, por ejemplo, tenía una reunión con un grupo de colegas para planificar un congreso internacional de arbitraje y mediación. Al entrar en la sala de juntas, saludó a cada uno con la cortesía que dictaba el protocolo, mientras su mente permanecía concentrada en los detalles logísticos y los ponentes invitados. Sus ojos recorrían la sala con agudeza clínica, captando gestos y posibles conflictos de interés antes de que surgieran, como si pudiera anticipar cada movimiento de la contraparte. No había espacio para distracciones emocionales; su atención estaba completamente dedicada a la arquitectura del evento.

​Durante la reunión, alguien mencionó la posibilidad de invitar a un magistrado influyente a una cena de networking privada. Varias voces expresaron entusiasmo, pero Joana fue la primera en señalar los posibles inconvenientes éticos, las implicaciones en la transparencia y cómo evitar malentendidos que afectaran la reputación del bufete. Su intervención no era fría; era práctica, eficiente, basada en la normativa vigente. Los demás la miraron con el respeto que se le tiene a quien siempre tiene la última palabra. Nadie cuestionaba su juicio, y eso la complacía. Había aprendido a usar su brillantez académica como un escudo: reconocida y valorada por todos, pero emocionalmente inaccesible para cualquiera.

​Después del trabajo, un par de amigas la invitaron a un café cerca del Palacio de Justicia. Joana aceptó, más por cortesía que por deseo real. Durante la conversación, sus amigas hablaban de bodas, hijos, romances recientes y planes de futuro que incluían parejas. Joana escuchaba con atención, sonriendo cuando correspondía, compartiendo anécdotas profesionales superficiales, pero evitando profundizar en cualquier asunto que pudiera revelar una grieta en su armadura. Cada historia de amor ajena le recordaba, de manera silenciosa, que ella había elegido un camino distinto: vivir con lo que tenía, con la memoria de su esposo y con la seguridad de su independencia económica y emocional.

​Incluso en los momentos más alegres de la reunión, Joana se mantenía a cierta distancia. Era una observadora invisible, una presencia distinguida que participaba en la charla sin exponer sus flancos débiles. Su risa era genuina, pero contenida; sus gestos, cálidos pero calculados para no invitar a preguntas íntimas. Había aprendido a brindar apoyo y consejo legal o personal sin comprometer su mundo interno. Cada interacción estaba cuidadosamente calibrada, como si midiera la proximidad emocional de cada persona con una regla de precisión, evitando cualquier contacto que pudiera desestabilizar la estructura que tanto le había costado levantar.

​Mientras caminaba hacia su automóvil, con la brisa fresca de la tarde acariciando su rostro, Joana reflexionaba sobre su vida social. Había hecho la elección consciente de mantenerse reservada, de no arriesgar su paz por deseos que podrían resultar peligrosos. La soledad, a pesar de su peso en las noches largas, le otorgaba una libertad que no estaba dispuesta a negociar; libertad para decidir sobre sus casos y su vida según sus propias reglas, protegiéndose de cualquier sorpresa que el destino, ese juez caprichoso, pudiera tener reservada.

​Sin embargo, incluso en esa distancia calculada, había detalles que no podía ignorar tras su reciente conferencia: miradas fugaces de admiración, gestos de complicidad de colegas más jóvenes, y especialmente el recuerdo de esa sonrisa audaz de Marco que la había desafiado en el auditorio. Joana los notaba, los registraba como "hechos no vinculantes", pero los dejaba pasar. No era que no sintiera nada; simplemente, no estaba dispuesta a alterar el orden de su código interno por algo incierto. Su corazón había aprendido a moverse con cautela, a resistir cualquier estímulo que pudiera tentarla a volver a litigar en el terreno de la pasión.

​Esa noche, mientras preparaba la cena en su cocina silenciosa, rodeada de libros de derecho y arte, Joana se sorprendió recordando una conversación con una de sus amigas. Habían hablado de la posibilidad de conocer a alguien, de permitir que un nuevo coadyuvante entrara en su vida. Joana sonró con suavidad, apartando el pensamiento como se aparta una hoja de papel innecesaria en un expediente: no era momento de considerar tal cosa. Su corazón estaba blindado por años de jurisprudencia propia, su vida equilibrada, y no había espacio para riesgos innecesarios.

​Aun así, mientras servía la cena y la luz de una vela bailaba sobre la mesa de madera, una parte de ella —pequeña, inquieta, casi desconocida— no pudo evitar preguntarse si alguna vez volvería a sentir esa chispa de deseo que el joven Marco había amagado con encender. Esa pregunta, aunque breve, resonó en su mente con una intensidad que la lógica no podía explicar. Joana la ignoró, pero la sensación permaneció allí, en el aire, recordándole que la vida, incluso para una abogada que había aprendido a vivir en la autosuficiencia, podía traer pruebas difíciles de impugnar.

​En ese momento, sin saberlo, la distancia que Joana había mantenido durante años comenzaba a ser desafiada por señales que su mente racional apenas percibía. Encuentros fortuitos y palabras dichas al azar: elementos que, aunque aparentemente inocuos, tendrían el poder de alterar la calma de su mundo, encender deseos que creía prescritos y abrir la puerta a emociones que había sentenciado como imposibles de experimentar nuevamente.

​Y así, mientras la noche caía sobre la ciudad, Joana se sentó frente a su ventana, contemplando su reflejo. Su vida era ordenada y segura, un caso cerrado. Pero en lo más profundo, una sensación inquietante comenzaba a manifestarse: un recordatorio silencioso de que, incluso en la soledad elegida, el deseo podía encontrar una rendija legal para irrumpir y cambiarlo todo.

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Alba Goyo
Felicidades escritora ❤️💋
Alba Goyo
Encantada con tu estiló de redacción d los hechos en cada una de tus novelas 🌹esa utilización de términos técnicos según los tipos de sucesos y la presentación del tema seleccionado es de primera calidad 🥰Q Dios bendiga 🙏 tu imaginación esa manera técnica de presentar el relato para el disfrute de la lectura 👏👏❤️💋 felicidades q los éxitos t arropen escritora ❤️🌹
@ngel @zul: Gracias por leer.
total 1 replies
Alba Goyo
Amor puro❤️❤️❤️💋💋💋
Mildred Álvarez
Excelente trabajo felicitaciones
Mildred Álvarez
muy linda historia ,aunque muy atrevida por parte de él.
Mildred Álvarez
dígame si se enamora de otra por allá
Mildred Álvarez
yo creo que ésta novela es una copia de otra porque e otra manera no se justifica de que a Joana le cambies el nombre por Valeria tan seguido,esto hace que una se confunda en la lectura y retroceda al inicio o varios capítulos para ver si es que se llama Joana Valeria o Valeria Joana.
Mildred Álvarez
Quien es Valeria?
Mildred Álvarez
y en qué momento Marcos va a su casa a cambiarse de ropa si amanece con ella durmiendo y parten juntos al trabajo?
Mildred Álvarez
Si Marcos la quisiera ya se le hubiera declarado decentemente y hasta le hubiese pedido matrimonio,Pero él solo quiere revolcarse con ella.
Beatriz Mas
una historia excelente!! felicitaciones 💖
Mildred Álvarez
ya no quiero ni comentar es más no me gusta dejar novelas inconclusas pero creo que no puedo seguir leyendo ésta novela chica contra mi forma de ser,mis principios y valores y no es que sea vulgar y obscena sino la forma tan grotesca como se le falta el respeto a l mujer y como ella se deja llevar por la vulgaridad de los pensamientos y palabras del chico.
Mildred Álvarez: choca corrijo la palabra
total 1 replies
Mildred Álvarez
pero es que eres muy tonta o en verdad está muy urgida por un macho.
Mildred Álvarez
ya se pone tediosa está novela,ella de ser una mujer fuerte luchadora,empoderada pasa a ser una sumisa idiota que pierde los estribos ante un imberbe que está dañando su reputación,su carrera,que ofende su dignidad como mujer tratandola como una loca ninfomaniaca que está desesperada por tener un macho entre sus brazos.
Mildred Álvarez
No estoy de acuerdo del todo ,si se tratara de un hombre maduro acorde a su edad está bien,Pero este es un tripo'n que juega a ser hombre y se burla de ella,eso no es amor.
Mildred Álvarez
Joana no te expongas a las burlas de ese niñato,eso no es amor,no es cariño,ese individuo porque no se le puede decir persona es un enfermo obsesionado contigo,no hay respeto en las cosas que te dice,si en verdad estuviera enamorado de ti te tratara de otra forma y no como un objeto sexual del cual él hará uso como le dé la gana, ninguna mujer que se valore aceptaría tales proposiciones,piensa en el mañana cuando él tenga tu edad y tú ya pisando los 50,crees que sentirá lo mismo por ti?
Mildred Álvarez
Mira Joana tienes cuatros salidas ,la primera denunciarlo por acoso sexual, sentimental. o lo que sea,dos pedir que lo asignen a otro colega para que lo
supervise y tres la más perjudicial para ti renunciar al bufete de abogados y por último rendirte a sus caprichos porque por lo que se ve el chico no busca amor,solo sexo o está jugando una apuesta con alguien a que te lleva a su cama y tú quedas loquita por él.
Mildred Álvarez
pobre Joana.
Maris Benitez
Comenzando 💪💪
Mildred Álvarez
Bueno todos los que he leído hasta ahora
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