"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 11
La llegada de Julian Von Bergen, un heredero alemán de facciones angelicales y una fortuna en tecnología, puso a la Fortaleza de Ébano en un estado de alerta máxima. Renzo necesitaba cerrar un acuerdo de transporte logístico, pero había un problema: Julian tenía fama de ser un coleccionista de "bellezas raras".
—Vas a sentarte a mi lado, vas a usar ese vestido y vas a mantener esa lengua afilada bajo control —le ordenó Renzo en la suite, mientras le abrochaba un brazalete de oro macizo que parecía una esposa de lujo.
—¿Y si no quiero ser tu trofeo, Cavalli? —Mía se estaba retocando los labios frente al espejo. Se había puesto un vestido de satén color perla, de tirantes finos, que parecía resbalar por su cuerpo como agua.
Renzo se colocó detrás de ella. Sus manos grandes descansaron en su cintura, contrastando con la delicadeza del satén.
—No eres mi trofeo. Eres mi mujer. Y si Von Bergen te mira más de tres segundos seguidos, se irá de esta selva con un contrato firmado y una bala en la rodilla. Tú decides qué tan sangrienta quieres que sea la noche.
(...)
Julian resultó ser un hombre encantador, lo que para Renzo era peor que si fuera un monstruo. Durante la cena, Julian no dejaba de dirigirle la palabra a Mía, fascinado por su franqueza.
—Es refrescante ver a una mujer con tanta... personalidad en este entorno, Cavalli —dijo Julian, ofreciéndole a Mía una sonrisa que hizo que Renzo apretara su copa de vino hasta que sus nudillos blanquearon.
Mía, que odiaba que la ignoraran, empezó a aburrirse de la charla técnica. Inconscientemente, empezó a jugar con el tirante de su vestido, bajándolo un poco para rascarse el hombro, y luego usó su dedo para recoger una gota de salsa que había caído en la comisura de su boca. Lo hizo con la naturalidad de alguien que ha crecido en un taller, sin protocolos, pero el efecto en la mesa fue devastador.
Renzo dejó de hablar a mitad de una frase. Sus ojos estaban fijos en el dedo de Mía en sus labios.
—Mía... —la voz de Renzo fue una advertencia sísmica.
—¿Qué? Hace calor, Renzo —respondió ella, abanicándose el cuello con la mano, lo que hizo que el satén se pegara a su pecho sudado. Se inclinó hacia adelante para alcanzar el agua, dejando que Julian tuviera una vista privilegiada de su escote.
Julian tragó saliva, incapaz de apartar la vista.
—Dime, Mía, ¿cómo te convenció este hombre tan serio para vivir en medio de la nada?
—Me compró —respondió ella con una sonrisa angelical y perversa—. Pero creo que ya se está arrepintiendo porque como mucho y rompo cosas caras.
Renzo no pudo más. Se levantó bruscamente, tirando la silla hacia atrás.
—Julian, discúlpame. Mi "esposa" necesita recordar algunas reglas de cortesía.
Renzo la sacó del comedor casi a rastras antes de que llegara el postre. En cuanto cruzaron el umbral hacia el pasillo de cristal, la empujó contra la pared. El calor de la selva golpeaba el vidrio, y el ambiente estaba cargado de electricidad.
—¡Me estás lastimando, bruto! —chilló ella, aunque su mirada desafiante decía que lo estaba disfrutando.
—¡Lo haces a propósito! —rugió Renzo, pegando su cuerpo al de ella. Sus manos subieron por sus muslos, arrugando el satén perla—. Te inclinas, te tocas los labios, te bajas el tirante... ¿Quieres que ese imbécil vea lo que me pertenece? ¿Quieres que él se imagine cómo gritas cuando te toco?
—No sé de qué hablas, Cavalli. Estás loco de celos —ella se rió, pasando sus brazos por el cuello de él, provocándolo deliberadamente. Se frotó contra él, sintiendo la pistola en su cinturón y la otra "arma" de Renzo, mucho más impaciente—. ¿O es que tienes miedo de que alguien más se dé cuenta de que soy demasiado para ti?
Renzo soltó un gruñido y la levantó, obligándola a enroscar sus piernas alrededor de su cintura. La pegó con una fuerza bruta contra su entrepierna, buscando que ella sintiera el latido violento de su deseo.
—Escúchame bien, pequeña fiera —susurró él, enterrando su rostro en su cuello y mordiendo el lóbulo de su oreja—. Puedes provocarme todo lo que quieras, puedes intentar que el mundo te mire... pero al final de la noche, eres tú la que está atrapada en mi cama, y soy yo el único que tiene permitido deshacer este vestido.
Renzo la presionó con tanta fuerza contra él que Mía soltó un gemido de pura necesidad. El contraste entre la suavidad del satén y la dureza del cuerpo de Renzo era insoportable.
—Julian se va mañana al amanecer —continuó él, sus manos apretando sus glúteos con posesividad—. Y tú... tú vas a pasar el resto de la noche demostrándome que ese "instinto" de provocar solo me pertenece a mí.
Mía le devolvió la mirada, con los ojos empañados por la lujuria y el odio.
—Entonces deja de hablar y llévame a la habitación, Cavalli. Antes de que decida que Julian es mejor conversador que tú.
Renzo no necesitó más. La cargó hacia la suite, mientras en el comedor, Julian se quedaba solo con su vino, sabiendo que acababa de presenciar un amor que era, en realidad, una guerra sin prisioneros.