Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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El día que todo se enredo: parte I
La tranquilidad de Isabela dejó de existir desde el momento en que su mirada se encontró con la de Dante.
Aquel joven le llamaba profundamente la atención. Era reservado. Casi siempre tenía un cuaderno de dibujo entre las manos y rara vez hablaba con alguien. Esa distancia, ese silencio… despertaban en ella una curiosidad difícil de explicar.
Quería conocerlo.
Pero no sabía cómo.
No tenía experiencia. Nunca había asistido a eventos importantes ni había tenido que acercarse a alguien por iniciativa propia. No sabía qué decir… ni cómo empezar una conversación.
¿De qué se hablaba en esos casos?
La clase de alquimia estaba por terminar. El reloj casi marcaba la hora en la que el timbre sonaría, y la mayoría de los alumnos ya se preparaban para salir casi corriendo hacia la libertad del patio.
Casi todos.
Porque esta vez, Isabela no pensaba moverse.
Se armó de valor.
Iba a hablarle a Dante.
Al final… ¿qué podría salir mal?
El timbre terminó con el poco valor que Isabela había logrado reunir.
Se dio cuenta de inmediato: se estaba mintiendo.
—¿Nos vamos? —preguntó Sofía.
Isabela se levantó de su asiento, dispuesta a responder… pero entonces lo vio.
Dante.
Seguía en su lugar, ajeno al bullicio, como si no tuviera prisa por irse. Como si el resto no existiera.
—Tengo que hacer algo aquí… ¿nos vemos después? —dijo, sin apartar del todo la mirada.
Sofía sonrió con picardía.
—Claro… me contarás después.
Se despidió y se alejó con paso firme.
Con el poco valor que le quedaba, Isabela se acercó a Dante, dudando en cada paso.
—Hola… —dijo casi en un susurro.
Dante alzó la vista hacia ella.
—Hola, Isabela.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Sabes mi nombre?
—Claro —asintió con naturalidad—. Eres mi compañera. ¿Necesitas algo?
Isabela sintió el nerviosismo recorrer su cuerpo. No había pensado en una excusa.
—Honestamente… no. Yo… —tartamudeó— solo quería conocerte.
Apartó la mirada, avergonzada.
—Me alegra que lo hicieras.
Dante se levantó de su asiento. Tomó su cuaderno, hojeó algunas páginas y, al encontrar lo que buscaba, arrancó una hoja. Dudó apenas un segundo antes de ofrecérsela.
—¿Qué es? —preguntó Isabela, tomándola con cuidado.
—Tú —respondió él, con una leve sonrisa.
Isabela bajó la mirada.
Era ella. Un dibujo a lápiz… delicado, preciso.
—¿Por qué me dibujaste?
Dante sostuvo su mirada.
—¿No es obvio?
—No…
—Yo también quería conocerte —confesó.
Isabela sonrió.
Los encuentros con Dante comenzaron a ser cada vez más frecuentes, aunque seguían siendo breves y discretos: miradas rápidas en el salón de clases, algún saludo apenas perceptible… nada que rompiera las reglas, y mucho menos algo fuera de lugar.
Pero para Isabela, ya no era suficiente.
Quería más.
Era la primera vez que alguien le llamaba la atención de esa manera, y poco a poco comenzaba a entender a su hermana… cómo la idea de compartir tiempo con alguien podía despertar algo que siempre creyó que jamás experimentaría.
Sin embargo, no tenía la confianza para demostrar ese interés.
Y eso… la detenía.
Hasta aquel día….
Era mediodía, la hora en la que los alumnos solían reunirse en la cafetería para almorzar. Sin embargo, aquella tarde el lugar estaba inusualmente lleno.
La razón era simple.
Se llevaba a cabo un intercambio cultural con una institución vecina. De menor estatus, sí… pero con la que el instituto mantenía relaciones cordiales.
Los alumnos del Instituto Florentino ocupaban mesas, conversaban, llenaban los espacios que normalmente permanecían libres.
Y por primera vez desde su llegada… Isabela no encontró un lugar vacío.
Justo cuando comenzaba a considerar la idea de irse a comer a los jardines, vio que alguien la llamaba desde la distancia.
Era él.
Dante.
Con una ligera sonrisa y su charola en las manos, avanzó hacia su mesa. Dante acercó la silla vacía hacia sí, dejando espacio para que ella se sentara a su lado.
—Si no te molesta comer conmigo… —dijo, señalando la silla— te ofrezco este lugar.
—En absoluto —respondió Isabela con una sonrisa, tomando asiento.
Ambos comenzaron a comer. El ambiente entre ellos era evidente… un silencio cargado de nerviosismo.
—¿Y bien? —preguntó Isabela, intentando romperlo—. ¿Cuál es tu historia? ¿Qué te motivó a venir a este instituto?
Dante la observó unos segundos, como si eligiera con cuidado sus palabras.
—Es uno de los mejores internados —respondió finalmente—. Quiero prepararme… ayudar a mi padre con el condado que el rey nos otorgó.
Hizo una pequeña pausa.
—No sé qué tanto sepas de mi familia, pero… no siempre tuvimos un título. Mi abuelo fue el primero. Antes de eso… no teníamos nada.
Isabela sintió una ligera incomodidad.
—Lo siento… no era mi intención ponerte en una posición incómoda.
—No te preocupes —respondió Dante con una leve sonrisa—. No es un secreto.
La miró con más atención.
—¿Y qué se siente?
—¿Qué se siente… qué? —preguntó Isabela, confundida.
—Ser la nieta de un duque respetado. Tener un apellido con historia… con peso. Ser la futura duquesa de la Torre.
Isabela bajó ligeramente la mirada antes de responder.
—Pesado —admitió—. La carga es pesada. No puedes fallar… no tienes ese derecho. No puedes decepcionar a la familia que te dio todo. Estoy en deuda con ellos, si lo quieres ver así.
Hizo una pausa.
—Si yo fallo… ellos pierden. Y no puedo permitirme eso.
—¿Fallar… en qué sentido? —preguntó Dante.
—En todos —respondió Isabela—. Mi comportamiento debe ser adecuado, mis calificaciones deben ser impecables para que venir aquí valga la pena —suspiró—. Debo ser perfecta.
Dante la observó con atención.
—No mencionaste el matrimonio.
Isabela soltó una pequeña risa.
—No me interesa el matrimonio… no por ahora. Tengo un deber. No puedo casarme y renunciar a mi título. Debo estar preparada para el ducado de la Torre. No quiero que mis propiedades dependan de mi esposo.
Dante sostuvo su mirada.
—Pero así será. No puedes cambiar eso. Cuando te cases, lo tuyo será de él. Adoptarás su nombre… así funciona.
Isabela frunció ligeramente el ceño.
—Que funcione de esa manera… no significa que sea la única forma posible.
Dante tomó un poco de su pastel de manzana, sin apartar la vista.
—Piensas de una manera muy extraña.
Isabela asintió con calma.
—Tal vez.