Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 24 Las sombras del camino
Ernesto la miró con admiración. No era solo una mujer hermosa. Era una guerrera. Una que había aprendido a pelear antes de aprender a sonreír.
—Yo te ayudaré —dijo—. En lo que necesites.
Sabina levantó la mirada y lo sostuvo unos segundos.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué me ayudas? Podrías unirte a ellos. Pelear la herencia. Llevarte una parte.
—Porque no soy como ellos —respondió—. Porque mi tío Felipe me enseñó que la familia no es sangre. Es lealtad. Y ellos nunca fueron leales a nadie.
Sabina no dijo nada. Pero algo en su mirada cambió. No era confianza —ella no confiaba en nadie—, pero era algo parecido. Un alto al fuego. Una tregua.
Tal vez, pensó, el comienzo de algo.
Afuera, el sol se ocultaba detrás de los cerros. Otro día había pasado. Otra batalla ganada. Pero la guerra, Sabina lo sabía, apenas comenzaba.
Ernesto había salido antes del amanecer. La cerca del potrero del norte estaba derribada en tres tramos, y don Elías le había dicho que los únicos hierros buenos se conseguían en un pueblo llamado San Lorenzo, dos horas más allá de Santa Elena. Había enganchado la carreta más pequeña, la que usaban para los mandados largos, y se había ido con el sol todavía escondido detrás de las montañas.
No le pesaba el trabajo. Al contrario, desde que había empezado a ayudar en la finca, sentía una satisfacción que no experimentaba desde hacía años. Levantarse temprano, tener las manos llenas de tierra y sudor, resolver problemas concretos: una cerca rota, un caballo cojo, un sistema de riego obstruido.
Eso era real. Eso no implicaba mentiras ni abogados ni herencias en disputa.
Aunque, pensó mientras el camino se desenrollaba ante él, la sombra de Sabina Montenegro siempre lo acompañaba, incluso cuando ella no estaba.
*_*
San Lorenzo era un pueblo más grande que Santa Elena, con una plaza central adoquinada y varias calles que se cruzaban en ángulo recto. Había una iglesia de piedra blanca, un mercado techado, y en el cruce de los dos caminos principales, una taberna de dos pisos llamada "El Respiro del Viajero".
Ernesto dejó la carreta atada a un poste, encargó los hierros en la herrería —donde le dijeron que estarían listos en una hora— y se metió a la taberna a almorzar.
No era un lugar elegante, pero la comida olía bien y el patio interior estaba fresco, protegido del sol de mediodía por una parra de uvas silvestres.
Se sentó en una mesa de madera, pidió un plato de frijoles con carne seca y una jarra de agua fresca, y se dispuso a comer en paz.
Pero la paz, en esos pueblos, siempre era relativa.
Dos mujeres mayores entraron a la taberna y se sentaron en la mesa contigua a la suya. Eran de esas campesinas de rostro curtido por el sol, manos nudosas y vestidos oscuros, pero con una dignidad que no se compra en las ciudades. Una llevaba un rebozo de lila descolorido; la otra, un sombrero de paja con flores de tela.
—Ay, qué duro el viaje —dijo la del rebozo, mientras ambas tomaban agua fresca—. Este camino está cada vez peor.
—Ese tramo que está en mal estado es de los Roca —respondió la del sombrero—. Desde que Sabina se fue, ese lugar está en ruinas. Nadie va a arreglar ese camino, nadie va a limpiar los terrenos. Allí quedó todo abandonado.
Ernesto levantó la cabeza sin querer. No era un nombre que pudiera ignorar. Sabina.
—Tantas tragedias en esa familia —continuó la del rebozo, bajando la voz—. Primero… lo que le pasó al padre. Qué desgracia. Y qué sospechoso. Tan sangriento todo, en su propia casa…
—Ay, Dios —suspiró la otra, santiguándose—. No me lo recuerdes. Dicen que nadie supo bien qué pasó. Unos hablaban de un accidente, otros de… bueno, no quiero ni pensarlo.
—Y meses después, ni un año, la madre pierde la lengua. Se la cortaron, decían algunos. Pero los médicos dijeron que fue una caída.
—¿Una caída? —la del sombrero rió con amargura—. Una caída que te corta la lengua limpiecita, como si fuera un cuchillo de carnicero. Sí, claro.
Ernesto dejó de comer. Su mano, que llevaba la cuchara a la boca, se quedó suspendida en el aire.
—Y ese bebé —siguió la del rebozo—, ese que reconocieron como hijo del viejo… dicen unos que es de una querida, otros que de una empleada… pero yo creo…
—¡Cállate! —la interrumpió la del sombrero, jalándole el brazo con fuerza—. No digas nada. Ni lo pienses.
—Pero…
—Te digo que no. Una sombra así, algo así… ella podría morir. ¿Entiendes? Podría morir.
La del rebozo palideció. Miró hacia la ventana, como si temiera que alguien la estuviera escuchando.
—Tienes razón —murmuró—. Perdón. Es que a veces la lengua se me suelta.
—Mañana voy a verla —dijo la del sombrero, cambiando de tono—. Sabina es inteligente y seguro nos ayuda a arreglar un poco lo del camino. Pero yo no tengo corazón para pedirle nada.
—¿Por qué?
La mujer mayor miró por la ventana, hacia el horizonte. Sus ojos se empañaron, como si estuviera viendo algo que nadie más podía ver.
—Porque cuando todo eso pasó, yo vivía cerca de la casa de los Roca. No vi nada, pero… estaba segura en mi corazón de lo que debió haber pasado. Y no me imagino la desesperación de esa niña si es lo que estoy pensando.
El silencio se extendió entre ellas. La del rebozo bajó la cabeza. La del sombrero se secó una lágrima con el borde del rebozo.
Ernesto no se movió. Su comida se enfrió en el plato. Su jarra de agua quedó a medio terminar. Las palabras de esas dos mujeres resonaban en su cabeza como piedras cayendo en un pozo profundo.
Una sombra así… ella podría morir.
La desesperación de esa niña.
Si es lo que estoy pensando.
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