Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.
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12
El tiempo entre la llamada y la salida no fue largo en términos reales, pero para Valentina se estiró de una forma insoportable, como si cada segundo dentro de esa casa adquiriera un peso distinto, más denso, más difícil de atravesar, porque ya no se trataba solo de lo que había pasado entre ella y Dante, ni de esa tensión constante que parecía crecer cada vez que estaban cerca, sino de algo completamente diferente, algo externo que irrumpía sin aviso y que traía consigo una sensación clara de peligro real, tangible, inevitable, y eso era lo que más la descolocaba, porque por primera vez desde que todo había comenzado, no sentía que pudiera controlar absolutamente nada, ni sus decisiones, ni sus reacciones, ni mucho menos lo que estaba por suceder, y mientras observaba a Dante moverse por la casa con esa precisión fría, organizada, casi mecánica, dando indicaciones breves por teléfono, recibiendo respuestas que no alcanzaba a escuchar del todo pero que claramente no dejaban espacio para dudas ni errores, entendió que estaba viendo una faceta de él que hasta ahora solo había intuido, una versión mucho más clara, más directa, más peligrosa, donde no había lugar para ambigüedades ni para esa tensión indefinida que había marcado todo lo anterior, porque ahora había un objetivo, había una dirección, y eso lo volvía completamente distinto, más concentrado, más cerrado, más difícil de leer, y sin embargo, lo que más la inquietaba no era eso, sino la forma en que su propia atención no podía apartarse de él, como si incluso en ese contexto, incluso con el miedo creciendo en su pecho, hubiera algo en su presencia que la mantenía anclada, que la obligaba a quedarse, a observar, a no retroceder del todo.
Cuando finalmente salieron, el aire frío de la noche golpeó su piel con una intensidad que no logró despejar del todo la sensación de presión que llevaba encima, y el trayecto en el auto fue aún más silencioso que el anterior, pero no un silencio cómodo ni cargado de tensión emocional como los que ya había empezado a reconocer, sino uno distinto, más funcional, más cortante, como si cada palabra innecesaria fuera un obstáculo para lo que estaba por venir, y eso hizo que Valentina se mantuviera quieta, mirando hacia adelante sin intentar llenar ese vacío, consciente de que esta vez no había lugar para preguntas impulsivas ni para intentos de recuperar control a través de la conversación, porque Dante no estaba en ese lugar, no estaba disponible de la misma forma, y eso la obligaba a enfrentarse con su propia incertidumbre sin apoyo, sin respuestas inmediatas, sin otra opción más que esperar y observar, y en medio de ese silencio, su mente volvió una y otra vez a las palabras de Santiago, a ese tono distinto, a esa seguridad que no encajaba con la imagen que tenía de él, y cuanto más lo pensaba, más evidente se volvía que había algo que no sabía, algo que no había visto venir, algo que ahora la estaba alcanzando sin darle tiempo a prepararse.
El lugar al que llegaron no era público ni reconocible, era un espacio apartado, discreto, donde la ausencia de movimiento alrededor no generaba tranquilidad sino todo lo contrario, porque hacía más evidente que aquello no era un encuentro casual ni improvisado, sino algo planeado, controlado, medido, y cuando el auto se detuvo, Valentina sintió cómo su respiración se volvía más superficial, no por pánico desbordado, sino por esa tensión contenida que se instala cuando sabés que algo importante está por pasar y no tenés forma de anticiparlo completamente, y aunque una parte de ella quería quedarse en el auto, postergar ese momento, retrasar lo inevitable aunque fuera unos segundos más, otra parte, más firme, más consciente, la empujó a moverse, a abrir la puerta, a bajar, porque ya no había vuelta atrás, porque quedarse inmóvil no iba a cambiar nada, porque lo que venía iba a suceder de todas formas.
Dante rodeó el auto sin apuro, pero con esa seguridad constante que parecía no alterarse nunca, y cuando se acercó a ella, no la tocó, no necesitó hacerlo, porque su presencia era suficiente para marcar el ritmo, para establecer el límite, para dejar en claro que a partir de ese punto, cada paso tenía un propósito, y sin decir nada, comenzó a caminar, y Valentina lo siguió, no por obediencia ciega, sino porque sabía que separarse en ese momento no era una opción real, no en ese contexto, no con todo lo que ya estaba en juego, y a medida que avanzaban, la figura de Santiago se hizo visible, apoyado contra el lateral de un edificio, con una postura que no era relajada pero tampoco completamente tensa, como si estuviera esperando ese encuentro con una calma que no terminaba de ser natural, y cuando levantó la mirada y la vio, algo en su expresión cambió, no de forma exagerada, pero sí lo suficiente como para que Valentina lo notara, como si hubiera un matiz nuevo, algo que no encajaba del todo con la versión de él que conocía.
El silencio entre los tres no fue breve, no fue un simple intercambio de miradas antes de hablar, fue un momento cargado de evaluación, de medición, de reconocimiento de posiciones, y cuando finalmente Santiago habló, su voz no tuvo el mismo tono que en el café ni en la llamada, fue más firme, más controlada, más consciente del lugar en el que estaba.
—No deberías estar acá.
La frase iba dirigida a Valentina, pero su mirada se posó inmediatamente en Dante, como si en realidad esa advertencia tuviera un destinatario distinto.
Dante no respondió de inmediato, y cuando lo hizo, su voz fue baja, pero con un filo que no necesitaba elevarse para imponerse.
—Explicate.
No fue una pregunta abierta.
Fue una exigencia.
Santiago soltó una breve exhalación, pasando una mano por su rostro como si ordenara sus pensamientos antes de hablar, y ese gesto, tan humano, tan cotidiano, contrastaba con la tensión que se acumulaba en el ambiente, como si dos realidades distintas estuvieran chocando en el mismo espacio.
—Esto no es lo que pensás.
La frase fue dirigida a Valentina, pero no logró generar el efecto que probablemente esperaba, porque en ese punto, lo que menos necesitaba eran explicaciones vagas.
—Entonces decí qué es —respondió ella, sintiendo cómo su propia voz se volvía más firme, más directa, como si la situación misma la obligara a posicionarse.
El silencio que siguió fue más corto esta vez, más cargado de decisión, y cuando Santiago volvió a hablar, lo hizo sin rodeos.
—Yo no estaba con vos por casualidad.
El impacto fue inmediato, pero no por la sorpresa absoluta, sino por la confirmación de algo que ya había empezado a sospechar sin querer admitirlo.
—¿Qué significa eso? —preguntó, aunque en el fondo sabía que la respuesta no iba a ser simple.
Santiago la miró directamente esta vez, sin desviar la atención, sin buscar apoyo en ningún otro punto.
—Significa que todo esto empezó antes de que vos lo supieras.
El aire se volvió más pesado, más difícil de sostener, y aunque Valentina no apartó la mirada, sintió cómo algo dentro de ella se tensaba, no solo por lo que estaba escuchando, sino por la forma en que encajaba con todo lo demás, con las piezas que no habían tenido sentido hasta ahora.
Dante intervino entonces, dando un paso adelante que no fue agresivo pero sí suficiente para marcar presencia, para cortar el foco directo sobre Valentina y redirigirlo hacia él.
—Hablá claro.
Su tono no admitía ambigüedades.
Y esta vez, Santiago no intentó evitarlas.
—Estoy metido en lo mismo que vos.
El silencio explotó.
No de forma ruidosa.
Sino interna.
Profunda.
Porque esa frase cambiaba todo.
Y en ese instante, Valentina entendió que lo que había estado viendo hasta ahora, era solo una parte.
Y que lo peor, recién empezaba.