En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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Todos contra uno
…
Lázaro blande la espada con todas sus fuerzas sobre el cuello de Preus. Descarga toda su ira contenida en un solo golpe.
Y da muerte a su enemigo.
Junto a él, la vegetación se distorsiona. Las hojas de los árboles se desprenden y revolotean por el aire. Lázaro se aparta y observa cómo un portal comienza a materializarse.
Del fenómeno emerge Boran.
Se veía pálido. Vestía una túnica marrón y sostenía en la mano el collar que había pertenecido a su hermana.
Boran gira hacia Preus, apunta con la palma y el collar hacia el cadáver, cierra los ojos y pronuncia unas palabras incomprensibles.
Las manos y la cabeza de Preus se mueven lentamente por el suelo y vuelven a unirse a su cuerpo.
Un macabro acto de magia.
Cada vena, vaso sanguíneo, cartílago, fragmento de carne, piel y hueso se suelda rápidamente, devolviéndole la vida.
Preus abre los ojos e inhala una enorme bocanada de aire, como si jamás hubiera respirado.
Lázaro observa horrorizado lo que acaba de suceder y encara a Boran.
—¡Maldito! ¿Qué estás haciendo?
Toma su espada y adopta una postura de ataque.
Boran lo ignora y continúa avanzando hacia Preus.
—Lobo… —grita el príncipe—. Voy a hacer que mis bestias te despedacen una, otra y otra vez…
Preus gira las pupilas hacia la derecha y observa cómo las mandíbulas de una enorme bestia se aferran a su hombro. Rápidamente intenta forcejear con el animal, encarando una feroz pelea por la supervivencia.
Lázaro se consume en ira y se lanza contra Boran. Este deja de observar al lobo devorando el brazo de Preus y se echa hacia atrás.
El filo de la espada roza su piel.
Habría sido un golpe mortal.
El príncipe alza su mano maldita, cierra los ojos y pronuncia:
—Rey demonio… concédeme tu fuerza como acto de lealtad al contrato.
Lázaro contrae el brazo y descarga otro golpe devastador.
El acero choca contra otro filo.
Boran sostenía una espada verde creada desde su mano endemoniada.
Bloquea el ataque y, en el mismo movimiento, gira hacia Lázaro, preparándose para luchar.
—¿Qué fue lo que hiciste? Preus estaba muerto.
—No voy a dejarlo descansar en paz. Primero va a sufrir por todo el daño que hizo —contesta Boran.
De fondo, Preus forcejea con el enorme lobo que intenta alcanzar su cuello.
—No me dejas alternativa —responde Lázaro—. Voy a tener que matarte.
Boran crea una especie de niebla que se alza desde el suelo. El pasto a su alrededor comienza a agitarse como si tuviera vida propia. Sus ojos se vuelven verdes y expulsa energía por cada poro de su cuerpo.
Lázaro aprieta con fuerza el mango de su espada mientras reúne valor para atacar.
Preus, por su parte, se bate a muerte contra el gigantesco lobo que intenta devorarlo.
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Lázaro estira el brazo hasta el límite de su existencia. Intenta degollar al muchacho, pero Boran, dotado de una magia oscura, utiliza sus reflejos para esquivarlo y contraatacar.
Preus lanza un golpe a puño limpio contra el rostro del lobo, rompiéndole parte del cráneo y un ojo. La bestia grita de dolor y cae aturdida.
Entonces Preus gira y salta contra Boran.
Lo alcanza del cuello y comienza a estrangularlo. Ambos caen al suelo.
El príncipe observa fijamente a Preus mientras este aprieta cada vez más fuerte.
Lázaro se acerca rápidamente y descarga un golpe contra la espalda del cazador, pero Boran bloquea el ataque con su espada, salvándole la vida a Preus incluso en medio del combate.
El rostro del muchacho comienza a tornarse violáceo. El oxígeno ya no ingresaba a su cuerpo y, aun así, por puro reflejo, seguía bloqueando los ataques de Lázaro.
En un momento logra liberar una mano de debajo de la rodilla de Preus y la estira hacia adelante.
—Muere, asqueroso ser… —dice el príncipe—. ¡Oso!
Una enorme bestia embiste a Preus y lo arrastra varios metros por el pasto.
Boran respira profundamente y una luz recorre su cuerpo. Utiliza una técnica de curación para restaurar rápidamente sus heridas.
Luego se levanta y encara nuevamente a Lázaro, quien observa cómo el oso corre descontrolado contra Preus.
La tarde comenzaba a caer sobre el horizonte mientras los insectos del bosque cantaban desaforados, como si estuvieran excitados por el brutal combate.
Lázaro, agotado, esquiva los ataques de Boran, quien utiliza constantemente su poder de curación para mantenerse en pie.
—Esta pelea ya tiene un ganador. Es solo cuestión de tiempo —dice el muchacho.
—No voy a caer tan fácil, maldito demonio.
Preus, con el hacha en mano y el rostro ensangrentado, continúa luchando contra el oso. A la bestia le falta media pata delantera derecha y una oreja arrancada de un mordisco.
Lázaro llena sus pulmones y arremete nuevamente contra Boran.
El oso ruge y sacude los árboles mientras se precipita sobre Preus.
Ambos cazadores se enfrentan a su destino, cada uno impulsado por sus propios propósitos y demonios.
Ninguno quería morir.
Lázaro y Boran chocan espadas y utilizan toda su fuerza para doblegar al otro.
Preus esquiva un zarpazo del oso y alcanza su cuello con el hacha. La bestia cae al suelo y comienza a respirar lentamente, cansada… muriendo.
El cazador suelta su hacha rota y corre hacia sus nuevos objetivos.
Lázaro gana el duelo de fuerza y hace desaparecer la espada de Boran. Luego alza su arma y prepara un golpe mortal.
Pero Preus aparece y conecta un puñetazo limpio en el rostro de Lázaro.
El cazador trastabilla y cae al suelo.
Preus gira inmediatamente hacia el príncipe y vuelve a atacarlo con las manos desnudas.
Boran invoca nuevamente su espada e intenta defenderse.
Lázaro se reincorpora y prepara otro golpe, mientras Preus retrocede unos pasos y observa a ambos.
Los tres forman un círculo.
Cada uno tiene sus propias razones para matar… o morir en el intento.
La tensión aumenta mientras sus miradas se cruzan constantemente y el sol cae lentamente a lo lejos.
—Maldito demonio… voy a matarte a ti primero —dice Lázaro.
—Voy a hacerte sufrir, cazador… juro que vas a pagar por todo —responde Boran.
—Ambos deberían estar muertos… y así es como debe ser —concluye Preus.
De repente, Lázaro siente un cosquilleo en el cuello. Lleva la mano hasta allí y encuentra un pequeño dardo clavado en su piel.
Lo arranca y lo observa confundido.
Con la brisa chocando contra ellos, Boran siente el mismo pinchazo.
Pero él cae al suelo casi de inmediato.
Lázaro gira hacia Preus y descubre otro dardo clavado debajo de su mandíbula.
Preus también cae.
Lázaro se arrodilla lentamente. Primero apoya las rodillas, luego un costado del cuerpo.
Su cabeza explotaba.
Se sentía mareado.
El cansancio finalmente lo estaba venciendo.
Comienza a cerrar los ojos, pero antes de desmayarse percibe que alguien se acerca.
Ve piernas cubiertas por botas metálicas.
Espadas apuntándolos.
Entonces escucha una voz.
—¿Qué hacemos con ellos, princesa?
—Cárguenlos en la carreta. Vamos a llevarlos al calabozo.
Lázaro finalmente se desvanece.