Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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Padre e hijo
Pero las cosas siempre son impresicibles, aunque que quieras mantenerlas alejadas, el pasado siempre vuelve al lugar. Al mismo lugar para poner aprueba a las personas. O cerrar un ciclo.
Sebastián no había visto a su padre en casi tres años. Su padre había vuelto a la ciudad en cuanto se enteró que el caos en la empresa había terminado y los culpables pagaban por sus delitos.
No por falta de tiempo, sino por una decisión mutua y silenciosa: ambos sabían que cualquier encuentro antes de tiempo habría terminado en una guerra inútil. Pero ahora ya no había espacio para aplazamientos. La empresa, el pasado y el daño acumulado exigían una confrontación directa.
Al llegar a la mansión su padre, todo seguía igual, nada había cambiado en todo ese tiempo. Se dirigió hacia el despacho
El despacho de su padre seguía igual.
Demasiado grande. Demasiado ordenado. Demasiado frío.
Las paredes revestidas de madera oscura, los cuadros discretos de paisajes europeos, el escritorio macizo que parecía una frontera más que un mueble. Aquel lugar siempre había sido un símbolo de autoridad, no de diálogo. Sebastián lo recordó de niño, entrando en silencio, aprendiendo que allí se hablaba poco y se obedecía mucho.
Ahora entraba como adulto… y como adversario.
—Siéntate —dijo su padre sin levantar la vista.
La voz era la misma: firme, controlada, acostumbrada a no ser cuestionada. Sebastián permaneció de pie.
—No. — respondió. — No vine a obedecer.
Su padre alzó la mirada por primera vez. Había envejecido. No de manera dramática, sino con ese desgaste lento que deja el poder prolongado. El cabello canoso, el rostro más delgado, los ojos aún afilados.
—Sigues siendo impulsivo —comentó. — Esa fue siempre tu mayor debilidad. --
Sebastián respiró hondo.
—Y la tuya fue llamar debilidad a todo lo que no podías controlar. --
El silencio que siguió fue espeso. No incómodo: peligroso.
—¿A qué vienes, Sebastián? —preguntó el hombre al fin. — Ya destruiste suficiente. --
La palabra destruiste cayó como un golpe.
Sebastián sintió la vieja rabia volver, esa que durante años había aprendido a disfrazar de eficiencia. Pero esta vez no la reprimió.
—No —dijo con calma tensa—. Vine a decirte que dejé de cargar con culpas que no eran solo mías, sino tuyas. --
Su padre se reclinó en la silla.
—Siempre tan dramático. --
—Siempre tan ciego —respondió Sebastián. — Tú sabías. Sabías cómo funcionaba todo. Sabías de los acuerdos, de las omisiones, de los silencios comprados. Y cuando empezó a desmoronarse, me empujaste al frente. --
Su padre no negó nada.
—Era tu turno —dijo. — Para eso te preparé.
Sebastián soltó una risa breve, amarga.
—Me preparaste para obedecer. Para repetir. Para no preguntar. --
Se acercó un paso al escritorio.
—Cuando el escándalo estalló, tú ya habías asegurado tu salida. Yo me quedé sosteniendo los restos. Y aun así, jamás me advertiste. --
Su padre entrelazó los dedos.
—La empresa sobrevivió décadas así. Tú la dejaste expuesta. --
—La verdad no la destruyó —replicó Sebastián. — Lo que la destruyó fue creer que el poder justificaba todo. --
Su padre frunció el ceño.
—Hablas como si fueras distinto. Como si no hubieras disfrutado de los beneficios. --
Sebastián asintió.
—Los disfruté. Y por eso duele más. Porque me tomó demasiado tiempo ver en qué me había convertido. --
El aire parecía cargado de electricidad.
—Te equivocaste. — dijo el padre de Sebastián. — El mundo no funciona con ideales. Funciona con control. --
—Y ese control fue el complot —respondió Sebastián. — Las presiones, las decisiones forzadas, la forma en que usaste personas como piezas. --
Hubo un leve temblor en la mandíbula de su padre.
—Nunca entenderás lo que costó construir todo eso.
Sebastián bajó la voz.
—Nunca quisiste entender lo que costó destruirlo. --
Durante años, Sebastián había esperado este momento. Imaginó gritos, reproches, una explosión emocional. Pero lo que sentía ahora era distinto: una claridad dolorosa.
—¿Sabes qué fue lo peor? —continuó. — No fue la caída pública. Fue darme cuenta de que siempre fui un reemplazo. Un heredero funcional. Nunca un hijo al que se escuchara.--
Su padre se levantó lentamente.
—Te di todo. --
—Me diste una estructura —corrigió Sebastián.— Nunca una elección. --
Se miraron frente a frente, separados por décadas de expectativas incumplidas.
—Amanda fue una amenaza para ti —dijo Sebastián de pronto. — No porque fuera débil, sino porque veía lo que tú nunca quisiste ver.
El nombre pareció tensar algo en el ambiente.
—No metas a esa mujer aquí —espetó su padre.
—Ya estaba aquí —respondió Sebastián—. En cada decisión que tomé por miedo a decepcionarte. --
El silencio volvió a caer, esta vez más pesado.
—¿Qué quieres ahora? —
preguntó su padre, con un dejo de cansancio.
Sebastián sostuvo su mirada.
—Que asumas tu culpa. Que dejes de esconderte detrás de mi caída. Que digas públicamente lo que hiciste. --
Su padre negó lentamente.
—Eso no va a pasar. --
—Entonces no habrá reconciliación. — dijo Sebastián sin titubear. --
Su padre lo observó con una mezcla de incredulidad y algo cercano al respeto.
—Has cambiado. --
--Sí. — respondió Sebastián. — Porque perderlo todo me enseñó lo que tú nunca quisiste: que el poder sin responsabilidad es solo miedo bien vestido. --
Tomó aire.
—No vine a pedirte nada. Vine a decirte que ya no te necesito para definir quién soy. --
Su padre regresó a su silla, más encorvado.
—Te irás creyendo que ganaste — murmuró.
Sebastián negó.
—No hay ganadores aquí. Solo verdades que llegan tarde. --
Se dirigió a la puerta, pero se detuvo un instante.
—Aun así. — Añadió —, espero que algún día tengas el valor de mirarte sin excusas. --
Abrió la puerta. El pasillo parecía más estrecho que al entrar, pero también más liviano.
Al salir de la mansión, Sebastián sintió algo inesperado: no alivio, no triunfo… sino cierre.
Había dicho lo que debía decir.
Y por primera vez, el peso que cargó desde la infancia ya no le pertenecía.
El enfrentamiento no cambió a su padre.
Pero cambió a Sebastián.
Y eso era más que suficiente.
Valdez. "padre de Sebastián
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.