Completa
Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.
Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.
Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.
Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.
Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:
Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.
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Capítulo 19 — El peso de la marea
La noticia de que Sofía se quedaba en Puerto Sereno corrió más rápido que la brisa del Caribe.
Val fue la primera en saberlo — porque Sofía se lo dijo esa misma mañana en el mostrador de Doña Carmen, y porque Val tenía esa capacidad casi sobrenatural de hacer que la gente le contara cosas importantes solo con mirarla.
—¡Lo sabía! — gritó Val, y esta vez no solo Doña Carmen asomó la cabeza, sino que hasta el perro del vecino ladró en la calle —. ¡Sabía que no podías irte!
—Tengo que organizar todo, Val — dijo Sofía, tratando de mantener la calma —. Hablar con el instituto, pedir los permisos, mover mis cosas...
—Papeles, Sofía. Son solo papeles. — Val la tomó de las manos con una fuerza que no parecía caber en su cuerpo menudo —. Lo que importa es que te quedás. Por él. Y por la niña. Y por este pueblo que ya te adoptó aunque seas una "foránea" testaruda.
Sofía sonrió.
—Por ellos. Sí.
Pero la paz en Puerto Sereno nunca duraba demasiado sin que el mar — o la vida — trajera algo nuevo a la orilla.
El yate de Rafael Villareal seguía ahí, pero esta vez no estaba solo. Una lancha rápida de color negro y acabados de lujo atracó en el muelle principal a media mañana. De ella bajó una mujer que no parecía pertenecer a la arena ni al salitre.
Pelo liso perfecto, tacones que desafiaban las tablas del muelle y una mirada de quien está acostumbrado a que el mundo se mueva a su ritmo.
Se llamaba Marcela.
Marcela no era del pueblo. Venía de Caracas. Era la abogada personal de Rafael — y, según los rumores que llegaron a la panadería antes de que ella terminara de caminar el muelle, algo más en el pasado del hombre rico.
Pero lo que más le dolió a Puerto Sereno no fue su ropa ni su dinero. Fue la manera en que miró a Andrés cuando lo encontró en la pescadería.
Sofía estaba con Andrés ayudándolo a descargar unas cajas cuando Marcela apareció.
Andrés se tensó. No de la manera en que se tensaba con su padre — esa tensión de muros y silencios — sino de una manera diferente. Incomodidad pura.
—Andrés — dijo la mujer. Su voz era como seda fría.
—Marcela.
—Tu padre me llamó. Me pidió que viniera a organizar los papeles de la herencia antes de la operación. — Sus ojos negros se desviaron hacia Sofía. La recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en su ropa de trabajo y su pelo revuelto por el salitre —. Veo que estás... ocupado.
Andrés no soltó la caja que cargaba.
—Sofía, ella es Marcela. Trabaja con Rafael. — No dijo "la abogada". No dijo "mi amiga". Solo "trabaja con Rafael".
Marcela sonrió. Pero su sonrisa no llegaba a los ojos.
—Mucho gusto — dijo Sofía, sosteniendo la mirada.
—Igualmente. — Marcela volvió a mirar a Andrés —. Tenemos mucho de qué hablar, Andrés. Rafael está empeñado en dejarte todo, y hay cláusulas que solo tú y yo podemos resolver. Te espero en el yate a las seis.
Y se fue. Sin esperar respuesta.
Andrés exhaló despacio cuando ella se alejó.
—¿Quién es? — preguntó Sofía, en voz muy baja.
—Un error de hace años — dijo Andrés, y por primera vez en semanas, su voz tenía ese filo de hombre que prefiere no recordar —. Cuando yo todavía pensaba que podía salir de aquí y ser alguien en la ciudad. Ella estaba ahí.
Sofía sintió una puntada de algo que se parecía mucho a los celos, pero que era más profundo. Era la conciencia de que Andrés tenía una vida antes de ella — una vida que incluía mujeres como Marcela.
Esa tarde, el ambiente en el pueblo cambió.
La operación de Rafael se fijó para el lunes siguiente en Caracas. El hombre rico iba a ser trasladado en helicóptero desde el puerto. La tensión se sentía en el aire — Elena no salía de su casa, Andrés pasaba más tiempo del habitual en la lancha, y Valeria estaba inusualmente callada.
Fue Elena quien rompió el cerco.
Fue a buscar a Rafael al yate. Sola.
Subió la pasarela con la frente en alto y esa dignidad que solo tienen las mujeres que han sobrevivido a todo. Marcela la recibió en la cubierta.
—La señora Villareal — dijo Marcela, con un tono que pretendía ser respetuoso pero que sonaba a condescendencia.
—Elena — corrigió ella —. Y vengo a ver a Rafael. A solas.
Marcela intentó decir algo sobre el descanso del médico, pero una voz desde el interior de la cabina la cortó.
—Déjala pasar, Marcela.
Elena entró.
Rafael estaba recostado en un sillón grande, con una manta sobre las piernas a pesar del calor. Se veía más pequeño de lo que Elena recordaba. Más frágil.
Se sentaron en silencio. El balanceo del mar era lo único que se escuchaba.
—Te vas el lunes — dijo Elena.
—Me voy el lunes.
—Tienes que volver, Rafael.
Él la miró con esos ojos negros que todavía tenían destellos de la fuerza que una vez la enamoró.
—¿Por qué? — preguntó él, en un susurro —. ¿Para qué volvería un hombre como yo a un sitio donde ya no tiene nada?
Elena se levantó. Se acercó a él y, por primera vez en treinta años, le puso la mano en la mejilla. Fue un roce breve, casi temeroso, pero cargado de todo lo que no se habían dicho.
—Porque aquí tienes un hijo — dijo ella —. Tienes una nieta que apenas está aprendiendo a decirte abuelo. — Pausa larga —. Y me tienes a mí, Rafael. Que todavía no sé qué hacer con lo que siento, pero que no quiero descubrirlo si tú no estás.
Rafael cerró los ojos. Una lágrima solitaria le recorrió la cara.
Le tomó la mano a Elena y se la llevó al pecho, justo donde su corazón fallaba, pero donde todavía latía por ella.
—Voy a volver, Elena — dijo —. Te lo prometo.
Mientras tanto, en el muelle, Marcela encontró a Sofía caminando de regreso a la posada.
—¿Sofía, verdad? — dijo, alcanzándola.
Sofía se detuvo.
—Sí.
—Eres bióloga. Tienes una carrera, un futuro. — Marcela se puso a su lado, mirando el mar como si fuera una molestia —. No entiendo qué haces aquí. Andrés es un buen hombre, sí. Un pescador con ojos bonitos. Pero este no es tu mundo. Y créeme, cuando la herencia de Rafael pase a sus manos, las cosas van a cambiar. Mucho.
Sofía la miró de frente.
—Usted no conoce a Andrés — dijo.
—Lo conozco mejor que tú — respondió Marcela, con una frialdad cortante —. Conozco lo que quiere y lo que le falta. Y sé que una mujer como tú es solo una etapa en su proceso de duelo. No te aferres demasiado, Sofía. Puerto Sereno es un cementerio de ilusiones para las mujeres que vienen de fuera.
Sofía no le respondió. Siguió caminando. Pero las palabras de Marcela se le quedaron grabadas como sal en una herida abierta.
Esa noche, Andrés fue a buscarla.
La encontró en la playa, sentada en la arena mirando el yate iluminado. Él se sentó a su lado y no dijo nada. Simplemente la rodeó con el brazo y la atrajo hacia él.
—¿Qué te dijo Marcela? — preguntó él.
—¿Cómo sabes que me dijo algo?
—Porque te conozco la cara de cuando estás pensando de más. — Le besó la sien —. No la escuches, Sofía. Marcela es el pasado. Un pasado que ya no tiene lugar en este pueblo.
Sofía apoyó la cabeza en su hombro.
—Andrés... ¿y si tiene razón? ¿Y si cuando tengas todo ese dinero, cuando seas el dueño de la herencia de tu padre, ya no quieres esta vida?
Andrés se giró hacia ella. Le tomó la cara entre las manos y la obligó a mirarlo. Sus ojos azules brillaban con una intensidad que le cortó la respiración.
—Escúchame bien, eres mi mujer — dijo, con esa voz profunda que la hacía vibrar —. Ese dinero es papel. Ese yate es madera y metal. Lo único que me importa de Rafael es que es mi padre y que quiero que viva. Pero mi vida... mi vida eres tú. Tú y Valeria. Y este mar que nos dio el uno al otro.
La besó.
Y esta vez no fue el beso tierno de la mañana ni el de la pasión de la noche anterior. Fue un beso de propiedad. De promesa. De un hombre que ha decidido su destino y no va a dejar que nadie — ni el pasado, ni el dinero, ni los chismes — se lo quite.
Se quedaron así, abrazados en la arena, mientras el mar de Puerto Sereno seguía su ritmo eterno.
El lunes estaba cerca. La operación. El helicóptero. El futuro incierto.
Pero esa noche, bajo las estrellas, solo existían ellos dos.
Esa noche Sofía escribió en su cuaderno:
Apareció el pasado.Con tacones y palabras frías.Pero él me dijo otra vez que soy su mujer. Y en sus ojos vi que el mar es más profundo que cualquier herencia.
Tengo miedo por Rafael.Tengo miedo por Elena.Pero cuando Andrés me abraza,el miedo se queda pequeño.
Fin del Capítulo 19 ✨