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El Principe De La Oscuridad

El Principe De La Oscuridad

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Edad media / Maldición
Popularitas:192
Nilai: 5
nombre de autor: Sara RA

fantacia urbana y drama psicológico

NovelToon tiene autorización de Sara RA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 23: El Hijo del Fuego

Osaka llovía. Siempre llovía en Osaka cuando pasaba algo importante, y Damián odiaba esa coincidencia de mierda. Como si el cielo.

El mensaje le llegó a las 4:17 AM hora de Japón. No estaba dormido. Nunca dormía a esa hora. Estaba parado en el ventanal, mirando las luces de la ciudad, con un vaso de whisky que no tomaba y un cigarrillo que no prendía. Costumbre de sicario: las manos tienen que hacer algo o hacen lío.

El teléfono vibró en la mesa de vidrio. Número privado. Mensaje de texto. Dos líneas.

_"Se murió el viejo. Infarto. Ayer. Volvé si querés lo tuyo."_

No decía quién mandaba. No hacía falta. Era el abogado del tío. El mismo que le giraba plata cada tres meses para que no volviera. Plata de lástima. Plata de "quedate lejos".

Damián leyó una vez. No dos. No hacía falta. Dejó el vaso. Apagó el cigarrillo que no prendió. Se rió. Una vez. Seca. Sin gracia.

"Se murió", le dijo al ventanal. Su reflejo le devolvió la cara: 25 años, pelo negro cortado al ras, cicatriz fina en el pómulo izquierdo de cuando un yakuzo de medio pelo pensó que podía gritarle. No pensó dos veces. Mandíbula apretada siempre, como si masticara vidrio. Ojos negros, muertos desde los diez. No tristes. Muertos. Como si adentro no hubiera nada que gastar.

Se dio vuelta. El departamento era un chiste. Cama, mesa, sillas, todo negro. Sin fotos. Sin libros. Sin plantas. Las plantas se quemaban si las miraba mucho. Literal. A los 19 quemó un bonsai sin querer porque estaba de mal humor. Desde ahí, nada vivo.

Diez años en Japón. Se fue a los 15, cuando el tío se cansó de que prendiera fuego el jardín "sin querer". "Andá a aprender disciplina", le dijo. Lo mandó con un contacto. El contacto lo metió con gente que no preguntaba edad si sabías quemar cosas.

Aprendió. Disciplina no. A quemar mejor, sí. A asustar, a amenazar, a cobrar deudas prendiendo fuego la punta del zapato del que debía. Nunca mató a nadie. No por moral. Por precio. Muerto no paga. Vivo con miedo paga toda la vida.

Y se aburrió. Hace tres años que se aburrió. Japón era chico. Los yakuzos le tenían respeto pero no miedo. Miedo es otra cosa. Miedo es lo que tenía Newt cuando eran chicos y él le acercaba el dedo con la llamita. "Uy, se me escapó". Y Newt lloraba y corría. Y después el tío lo abrazaba a él. "Lo salvaste, hijo. Sos un héroe."

Damián abrió el cajón de la mesa. Sacó el pasaporte de Londres Vencido hace dos años. No importaba. Tenía tres más. Sacó el teléfono y marcó un número. Atendieron al segundo tono.

"¿Sí?"

"Se murió el viejo", dijo Damián. Sin hola. Sin nada. "Quiero todo listo en 48 horas. Vuelo, auto, casa. La de él. La grande. Sacá a quien sea que esté adentro."

Silencio del otro lado. Después: "Ahí... ahí vive tu primo. Newt. Desde hace unos meses."

Damián se rió otra vez. Igual que antes. Seca. "Mejor. Así no tengo que buscarlo. Sacalo. Y si llora, me chupa un huevo. Y si tiene compañía, sacala también. Nenes, viejos, perros. Todo afuera. La casa es mía."

"Dice el abogado que no hay testamento", dijo la voz. Cautelosa. "Que por ley es de él. De Newt."

"La ley me chupa los dos huevos", dijo Damián. Se acercó al ventanal otra vez. Abajo, Osaka chiquita, mojada, llena de gente que no le importaba. "El viejo me lo prometió a los ocho. 'Portate bien y es tuya'. Me porté bien. Quemé lo que me dijo que queme. Cagué a quien me dijo que cague. Diez años de mi vida. La casa es mía. Newt es un okupa con apellido."

Cortó. Tiró el teléfono en la cama. Se miró las manos. Las cerró. Las abrió. En la palma derecha apareció la llamita. Chiquita, azul en el medio, amarilla afuera. No quemaba la piel. Nunca lo quemaba a él. Solo lo que tocaba.

La miró. Diez años tenía cuando la prendió la primera vez. Delante de Newt. El callado. El que veía cosas. El que después le dijo al tío "Damián me quemó el libro". Y el tío le dijo "fue sin querer, nene, no seas maricón".

Cerró la mano. La llamita murió.

"Sin querer", le dijo al reflejo. "Todo sin querer."

Agarró el bolso que siempre estaba listo. Negro. Sin marca. Adentro: ropa, plata, pasaportes, y un encendedor Zippo que no andaba. Lo tenía de fetiche. Lo prendía con el dedo y después usaba el Zippo para apagar la llama. Chiste privado.

Antes de salir, miró el departamento una última vez. Diez años. No iba a extrañar nada. Paró en la puerta.

Sacó el encendedor. Lo abrió. Chasqueó. No salió chispa. Acercó el dedo. Prendió la llamita. La acercó al cortinado negro. Caro. De seda.

Lo miró prenderse. Naranja, rápido, lindo. El fuego siempre era lindo cuando empezaba. Después era humo y mierda. Pero el principio era lindo.

No esperó a que se queme todo. Cerró la puerta. Bajó por el ascensor. En la calle, ya llovía más fuerte. Miró para arriba. Piso 22. Ventana naranja. Alarma de incendio sonando, muda por el vidrio.

Se subió al taxi. "Aeropuerto", dijo en japonés perfecto. Sin acento. "Kansai. Vuelo internacional."

El taxista lo miró por el espejo. Vio los ojos. No preguntó nada. Arrancó.

Damián se recostó. Cerró los ojos. No pensaba en el tío. El tío estaba muerto, bien muerto. Pensaba en la casa. Grande, de piedra, con jardín. La que era suya desde los ocho. Pensaba en Newt. El callado. El que hablaba solo. Seguro seguía igual. Seguro seguía cagado. Seguro que cuando lo viera llegar con fuego, iba a llorar como a los diez y decir "no me quemes".

Y él le iba a decir "uy, se me escapó".

Y después la casa iba a ser suya. Y la plata. Y todo. Porque él tenía fuego y Newt tenía sombras. Y las sombras no tapaban el fuego. Las sombras se iban cuando prendías la luz.

Sacó el teléfono. Buscó un número. No el de antes. Otro. De Londres De gente que no preguntaba. Marcó.

"¿Sí?", dijo la voz. Dormida.

"En dos días estoy allá", dijo Damián. "Quiero saber todo. Quién está en la casa. Cuántos. Si hay seguridad. Si el cagón de mi primo sigue hablando solo. Todo."

Cortó. Miró por la ventana. Osaka pasaba rápido. Luces, lluvia, nada.

No le importaba Newt. No le importaba el tío. No le importaba la herencia ni la plata. Le importaba que era suya. Por capricho. Porque a los ocho le dijeron "es tuya" y él se lo creyó. Y porque Newt siempre tuvo la cara esa de "no me merezco nada" y eso le daba rabia.

Damián no jugaba. Nunca jugó. A los diez no jugaba, quemaba. A los 22 no jugaba, cobraba.

Y ahora iba a cobrar todo. Con intereses. Y si Newt tenía un nene adentro, mala suerte. Si tenía un viejo, mala suerte. Si tenía un guardaespaldas, mejor. Hacía años que no quemaba a alguien que supiera pelear.

Se rió por tercera vez. Esta sí con gracia. Poca, torcida, pero gracia.

El taxi llegó al aeropuerto. Damián bajó. No miró atrás. El piso 22 ya era humo.

Londres lo esperaba. Y Damián no pedía permiso. Damián llegaba y prendía fuego.

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peranauta
esto es de lo mejorcito que he leído por acá
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