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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:142
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: La Entrega del Manuscrito

CLARA: MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA AMIGAS DE ESCRITORAS FAMOSAS

En psicología del cierre hay un concepto que explica por qué los finales felices nos resultan tan satisfactorios: la Completitud Narrativa. Es ese mecanismo cognitivo por el cual nuestro cerebro necesita que todas las piezas encajen, que todos los cabos se aten, que todas las preguntas encuentren su respuesta. Como cuando terminas un puzle y colocas la última pieza. Como cuando lees la última página de un libro y cierras la tapa con un suspiro. Como cuando tomas una decisión que llevas meses posponiendo y, de repente, todo encaja.

Yo, Clara Morales, experta en Recursos Humanos, mejor amiga de una escritora famosa, cuidadora eventual de un gato delincuente y ahora, oficialmente, novelista, estaba a punto de entregar mi manuscrito. Y aún no sabía cómo terminaba mi propia historia.

—¿Ya has escrito el final? —preguntó Valeria al otro lado del teléfono. Era jueves. El plazo de entrega vencía el viernes a las doce de la noche. Me quedaban treinta y seis horas y un bloqueo creativo del tamaño de la Sagrada Familia.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no sé cómo termina.

—Clara. Llevas tres meses escribiendo esta novela. Has creado personajes maravillosos. Has hecho reír a tus lectores beta. Has hecho llorar a Schrödinger.

—Schrödinger no llora. Schrödinger juzga.

—Has hecho que Schrödinger te juzgue con menos desprecio del habitual. Eso ya es un logro literario. ¿Cómo que no sabes cómo termina?

—Porque el final de la novela depende de una decisión que yo no he tomado todavía.

Silencio. Luego, la voz de Valeria se volvió más suave, más psicóloga, más amiga:

—¿Nico o Leo?

—Nico o Leo.

—¿Y qué dice tu instinto?

—Mi instinto dice que no tengo instinto. Que soy una persona racional que trabaja en Recursos Humanos y que toma decisiones basadas en datos objetivos.

—El amor no son datos objetivos.

—Por eso estoy perdida.

Valeria suspiró. Ese suspiro que significaba "te voy a decir algo que no quieres oír pero que necesitas escuchar".

—Clara. El amor no es elegir entre dos personas. Es saber cuál de las dos te elige a ti sin necesidad de preguntar. Te lo dije yo misma en el capítulo siete de mi libro. Y me lo dijiste tú a mí cuando dudaba entre mi carrera académica y la escritura.

—Eso era distinto.

—No. Es lo mismo. Siempre es lo mismo. Solo cambian los nombres.

Colgué. No porque estuviera enfadada, sino porque necesitaba pensar. Y pensar, para mí, siempre había sido sinónimo de caminar.

---

Barcelona en mayo olía a jazmín, a mar y a posibilidades. Caminé sin rumbo por las calles de Gràcia, dejando que mis pies decidieran por mí. Pasé por delante de la librería donde había visto a Nico por primera vez en tres años. Pasé por delante del bar de vinos donde habíamos tenido nuestra segunda cita-no-cita. Y terminé, sin saber muy bien cómo, delante de El Psicoanálisis.

El local estaba cerrado. Las luces apagadas. El neón rosa del diván de Freud, por una vez, descansaba. Pero dentro, recortada contra la penumbra, había una figura.

Aporreé la puerta. La figura se acercó. Era Leo.

—Está cerrado —dijo a través del cristal.

—Lo sé. Pero necesito un café.

—Son las once de la noche.

—Necesito un café y una respuesta.

Leo abrió la puerta. Me miró con esos ojos oscuros que siempre parecían saber más de lo que decían.

—¿Qué respuesta?

—La que me prometiste. Dijiste que no tenías una respuesta. De momento. Ya ha pasado un mes. ¿La tienes ya?

Leo se quedó en silencio. Luego, lentamente, sonrió.

—Pasa. Te preparo un café.

El Psicoanálisis vacío era un lugar mágico. Las lámparas de tinta Rorschach proyectaban sombras caprichosas en las paredes. Las estanterías llenas de libros viejos de psicología olían a papel y a secretos. Y Leo, detrás de la barra, preparaba un café como quien ejecuta un ritual sagrado.

—Aquí tienes —dijo, deslizando la taza hacia mí—. Ello, Yo y Súper Café. Triple. Porque intuyo que lo necesitas.

—Gracias.

—De nada. Ahora dime. ¿Qué respuesta necesitas?

Respiré hondo. Conté hasta tres. Bebí un sorbo de café. Estaba perfecto, como siempre.

—Llevo tres meses escribiendo una novela sobre una mujer que no cree en el amor romántico. La protagonista se debate entre dos hombres. Uno es su pasado: un periodista que la dejó sin explicación y que ha vuelto para pedir perdón. El otro es un secundario entrañable que sirve café y dice frases enigmáticas.

—Suena vagamente familiar.

—Es mi vida. Estoy escribiendo sobre mi vida. Y no sé cómo terminarla porque no sé a quién elegir.

Leo apoyó los codos sobre la barra. Me miró con esos ojos que siempre me habían parecido indescifrables y que ahora, de repente, se volvieron transparentes.

—Clara. Llevo un año viéndote venir a este café. Un año. Has venido con Valeria. Has venido con Andrés. Has venido sola. Has venido con Schrödinger. Te he visto reír, llorar, escribir, borrar, volver a escribir. Te he visto dudar. Y en todo este tiempo, nunca me has preguntado nada personal.

—Eres el barista.

—Soy Leo. El barista es mi trabajo. Pero soy Leo. Y llevo un año esperando a que me veas.

—Te veo.

—No. Ves al secundario entrañable. Al que sirve café y frases ingeniosas. Pero no me ves a mí. Al Leo que escribe poemarios que nadie lee. Al Leo que se levanta a las cinco de la mañana para abrir el local. Al Leo que escucha las historias de todos pero nunca cuenta la suya.

—¿Y cuál es tu historia?

—Mi historia es que conocí a una mujer que no creía en el amor romántico. Y pensé: "Esta mujer me gusta. Me gusta su cinismo. Me gusta su lealtad. Me gusta cómo cuida a sus amigos y cómo habla con el gato de su mejor amiga como si pudiera entenderla." Y decidí esperar. Porque a veces, el amor no es un flechazo. Es un café que pides todas las mañanas y que, un día, sin saber por qué, sabe distinto.

Me quedé en silencio. El café humeaba entre mis manos. El neón rosa del diván de Freud parpadeó ligeramente, como un guiño. Y entonces lo entendí.

—Leo —dije, con la voz más frágil de lo que esperaba—. ¿Tú crees en el amor romántico?

—Creo en el café caliente. En las canciones de los Smiths. Y en que algunas personas merecen que te quedes a su lado aunque no sepas muy bien por qué.

—Eso ya me lo dijiste una vez.

—Y hoy añado algo más: creo en ti. Creo en tu novela. Creo en tu cinismo y en tu ternura escondida. Y creo que el amor no es una paradoja de la elección. Es un café que eliges beber cada mañana. Y yo quiero preparártelo. Todos los días. Mientras tú escribes. Mientras yo escribo. Mientras Schrödinger nos mira con desprecio.

—Eso es...

—¿Una locura?

—Iba a decir "el final perfecto para mi novela". Pero locura también.

Leo sonrió. No era la sonrisa profesional del barista. Era otra sonrisa. Más íntima. Más suya. La sonrisa que había estado esperando un año sin que yo me diera cuenta.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Cómo termina tu historia?

Saqué el móvil. Abrí el borrador de la novela. Escribí la última línea:

"Y entonces entendí que el amor no era elegir entre dos personas. Era saber cuál de las dos había estado allí todo el tiempo, sirviéndome café, esperando a que levantara la vista de la pantalla."

—Así —dije, mostrándole el móvil—. Termina así.

Leo leyó. Sonrió. Luego rodeó la barra, se acercó a mí y, por primera vez en un año, me besó.

No fue un beso de película. No hubo fuegos artificiales ni orquestas invisibles. Fue un beso torpe, cálido, con sabor a café y a canciones de los Smiths. Un beso que sabía a desenlace. A última página. A puzle completado.

Cuando nos separamos, el neón rosa del diván de Freud seguía parpadeando. La ciudad seguía girando. Y yo, Clara Morales, la mujer que nunca había creído en el amor romántico, acababa de escribir el final más cursi de mi vida.

Y me encantaba.

---

Tres semanas después

"Manual de instrucciones para amigas de escritoras famosas" salió a la venta un jueves. La presentación fue en El Psicoanálisis, abarrotado de amigos, lectores y curiosos. Valeria lloró. Andrés grabó todo con el móvil. Schrödinger, desde su cojín portátil, presidió el evento con su desprecio habitual.

Y Leo sirvió café. Como siempre. Pero esta vez, cuando me trajo mi Ello, Yo y Súper Café, se inclinó y me besó delante de todos.

—¿Qué tal el libro? —preguntó alguien entre el público.

—Es un desastre —respondí—. Pero un desastre interesante.

Leo sonrió. Valeria aplaudió. Schrödinger emitió un maullido que significaba, claramente: "Era hora. Ahora dadme salmón."

Y yo supe, con la certeza de quien ha aprendido que el amor no se cree, se escribe, que aquel no era el final de nada.

Era el principio de todo.

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