Gael Eryx Valcázar lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto sobre su mundo… hasta que ella aparece.
Naelith Corvane, una chica recién graduada con grandes sueños, entra a trabajar en la empresa equivocada… o tal vez en la correcta.
Lo que empieza como una simple oportunidad se convierte en un juego peligroso de secretos, ambición y emociones que ninguno puede controlar.
Porque en un mundo donde todo tiene un precio… enamorarse puede ser el error más caro.
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Capítulo 23: Lo que empieza a sentirse
La noche no logró borrar lo ocurrido en el elevador, y eso fue lo primero que Naelith Corvane entendió al abrir los ojos a la mañana siguiente, porque no hubo confusión, ni duda, ni esa sensación de haber exagerado un momento que pudo haber sido insignificante. No, lo que había pasado se mantenía intacto en su memoria, claro, preciso, como si el tiempo no hubiera avanzado lo suficiente como para diluirlo. La forma en que el silencio se había cargado de significado, la manera en que su respiración había cambiado sin que pudiera evitarlo, y sobre todo, esa sensación tan específica, tan inusual, de ser plenamente consciente de alguien más sin necesidad de palabras, todo seguía ahí, presente, imposible de ignorar.
Se levantó con la misma disciplina de siempre, siguiendo su rutina sin alteraciones visibles, pero su mente no estaba completamente enfocada en lo que hacía. Había algo que no lograba encajar dentro de su lógica habitual, porque no era propio de ella reaccionar de esa forma, no era normal que un simple momento compartido en un espacio reducido dejara una huella tan marcada. Y aun así, no intentó negarlo, no lo descartó como una reacción pasajera, porque sabía que no lo era. Había algo más, algo que aún no podía nombrar, pero que empezaba a tomar forma lentamente.
Cuando llegó a la oficina, el ambiente parecía el mismo de siempre, estructurado, ordenado, predecible, pero para ella ya no lo era completamente, porque ahora había una variable que no podía ignorar. La presencia de Gael Eryx Valcázar ya no era solo la de su jefe, ni solo la de una figura de autoridad dentro de ese espacio, sino algo más complejo, algo que no encajaba del todo en ninguna categoría clara. Y eso hacía que todo se sintiera ligeramente distinto, incluso antes de verlo.
Él llegó poco después, con la misma puntualidad que lo definía, con esa presencia firme que parecía no alterarse por nada externo, pero Naelith lo notó de inmediato. No hubo necesidad de observar demasiado, ni de buscar señales evidentes. Fue algo más sutil, más interno, como si su percepción estuviera ahora afinada de una forma que no lo había estado antes. Y cuando sus miradas coincidieron por un instante breve, lo suficiente para reconocer que ambos estaban conscientes del otro, algo se confirmó.
No había sido solo un momento aislado.
Había sido un punto de inicio.
El día comenzó con normalidad en apariencia, pero esa normalidad ya no tenía el mismo significado. Cada interacción se mantenía dentro de los límites correctos, cada palabra medida, cada gesto controlado, pero había una capa adicional que no se podía ignorar, una especie de tensión silenciosa que se instalaba en los espacios compartidos, que aparecía en los pequeños momentos, en las pausas, en los silencios que antes no tenían peso.
Naelith intentó enfocarse en su trabajo, y lo hizo bien, como siempre, pero su mente regresaba una y otra vez a lo mismo, a esa sensación que no terminaba de comprender, a esa forma en la que su cuerpo había reaccionado sin pedir permiso. No era algo que pudiera analizar con facilidad, porque no respondía a lógica, ni a experiencia previa, ni a nada que pudiera organizar en categorías claras.
Y eso la inquietaba.
Pero no lo suficiente como para rechazarlo.
En algún punto de la mañana, cuando tuvo que acercarse a la oficina de Gael para entregarle unos documentos, el momento se sintió distinto incluso antes de que ocurriera. No era la primera vez que lo hacía, no era una situación nueva, pero ahora había una conciencia diferente, una atención más aguda a cada detalle. Cuando tocó la puerta y recibió la indicación de entrar, lo hizo con la misma calma de siempre, pero algo en su interior se tensó apenas.
Gael levantó la mirada en el momento en que ella entró, y ese simple gesto fue suficiente para cambiar el ambiente. No fue una reacción exagerada, no hubo sorpresa, pero el contacto visual se sostuvo un segundo más de lo habitual, lo suficiente para que ambos reconocieran que ya no estaban en el mismo punto que antes. Naelith avanzó hasta el escritorio, entregando los documentos sin rodeos, explicando lo necesario con claridad, manteniendo su voz estable, su postura firme.
Pero la cercanía…
Era distinta.
No física.
Sino perceptiva.
Como si el espacio entre ellos se hubiera reducido de una forma que no podía medirse.
Gael escuchó con atención, respondiendo de forma precisa, manteniendo ese control que lo definía, pero había algo en su mirada que no coincidía del todo con su actitud habitual. No era más suave, ni más dura, era simplemente más consciente, más presente, como si también estuviera registrando algo que antes no estaba ahí.
El intercambio fue breve, profesional, correcto.
Pero dejó algo más.
Algo que no se dijo.
Algo que no se resolvió.
Cuando Naelith salió de la oficina, el aire se sintió distinto, no más ligero, sino más denso, como si ese pequeño momento hubiera sido suficiente para confirmar que lo ocurrido el día anterior no había sido un caso aislado. Y eso, lejos de aclarar las cosas, las hacía más complejas.
El resto del día avanzó con una normalidad aparente, pero esa sensación no desapareció. Se mantenía en el fondo, constante, como una corriente silenciosa que no se detenía. Gael continuó con sus responsabilidades, tomando decisiones, dirigiendo, manteniendo el control de todo lo que ocurría a su alrededor, pero incluso en medio de eso, había momentos en los que su atención se desviaba apenas, no de forma evidente, pero sí lo suficiente como para notar que algo había cambiado.
No era distracción.
Era… conciencia.
Y eso lo hacía más difícil de manejar.
Porque no estaba acostumbrado a eso.
No en ese contexto.
No con alguien como ella.
Cuando el día finalmente llegó a su fin, no hubo un momento específico que marcara un cierre emocional, pero sí una certeza implícita que ambos compartían, aunque no la verbalizaran.
Esto…
No iba a desaparecer.
No era algo que pudiera ignorarse indefinidamente.
No era una reacción pasajera.
Era el inicio de algo.
Algo que aún no tenía forma clara.
Pero que ya estaba ahí.
Y que, poco a poco…
Iba a exigir ser enfrentado.