Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 8
La sala de juntas de la Torre Valdivia olía a café caro y a traición. A pesar de que Francisco había intentado echarla la noche anterior, Andrea se presentó en su puerta al alba, vestida con un traje sastre gris carbón que parecía una armadura. No se hablaron en el trayecto, pero el silencio en el auto ya no era de odio, sino de una tensión eléctrica, como la que precede a un asalto final.
Francisco entró en la sala apoyado en su bastón, pero esta vez no buscó el brazo de Andrea. Caminó con la cabeza alta, aunque sus dedos apretaban la empuñadura de plata con una fuerza que hacía crujir sus tendones. Frente a él, sentados como jueces de un tribunal de la inquisición, estaban sus tíos: los Valois. Alberto y Regina, dos buitres vestidos de Chanel y seda italiana que habían esperado el accidente de Francisco como quien espera una herencia caída del cielo.
—Es lamentable tener que llegar a esto, Francisco —comenzó Alberto Valois, ajustándose las gafas con una suficiencia que se sentía en el aire—. Pero la empresa no es una obra de caridad. Los accionistas están inquietos. Un hombre que no puede leer sus propios contratos no puede firmar el destino de miles de empleados.
Francisco apretó la mandíbula.
—Mis facultades mentales están intactas, Alberto. Mi visión es un detalle técnico.
—Un detalle técnico que te impide ver que tu "asistente" —dijo Regina, lanzando una mirada cargada de veneno hacia Andrea— está manejando fondos que no le corresponden. Hemos solicitado esta junta para inhabilitarte legalmente y asumir la gestión interina de la corporación.
Francisco sintió el frío del mármol bajo sus pies. Estaba solo. Su propia sangre le estaba cortando el cuello en público. Intentó responder, pero la rabia le cerró la garganta. Fue entonces cuando escuchó el sonido de una carpeta de cuero abrirse sobre la mesa de caoba.
—Si van a intentar un golpe de estado —la voz de Andrea cortó el aire como un látigo de seda—, al menos tengan la decencia de leer los estatutos de la compañía que pretenden robar.
Regina soltó una carcajada seca.
—¿Y quién eres tú para hablarnos así? ¿La mujer que le lee los cuentos antes de dormir?
Andrea no se inmutó. Se puso de pie, y aunque Francisco no podía verla, sintió el cambio de energía en la habitación. Andrea proyectaba una autoridad que incluso a él lo dejó helado.
—Soy la apoderada legal con funciones de auditoría externa —mintió Andrea con una seguridad pasmosa, deslizando un documento (un borrador que había pasado la noche redactando con los sellos notariales que Francisco le había confiado semanas atrás)—. Y lo que tengo aquí es el informe de la "Operación Espejo".
El nombre hizo que Alberto Valois se pusiera pálido.
—¿Operación... qué? —balbuceó.
—Espejo —repitió Andrea, caminando alrededor de la mesa con la gracia de un depredador—. Es el nombre de la red de empresas fantasma en las Islas Caimán a través de las cuales ustedes, tíos "preocupados", han estado desviando el 12% de las utilidades operativas de la constructora durante los últimos tres años.
Andrea comenzó a recitar cifras, fechas y números de cuenta con una precisión robótica. No usaba notas; lo tenía todo grabado en esa mente brillante que Francisco apenas empezaba a descubrir. Describió cómo los Valois habían inflado los costos de los materiales de la planta de Veracruz —la misma que ella mencionó en la gala— para quedarse con la diferencia.
—Ustedes no quieren destituir a Francisco por su ceguera —sentenció Andrea, deteniéndose justo detrás de la silla de Francisco, apoyando una mano firme en su hombro—. Quieren destituirlo porque él está a punto de firmar la auditoría forense que los enviará a prisión por fraude fiscal y administración desleal.
Francisco sintió el peso de la mano de Andrea. Era un contacto cargado de una lealtad que lo avergonzó hasta la médula. Mientras ella hablaba, él se dio cuenta de que Andrea no solo había estado aprendiendo sus secretos para ayudarlo, sino que había estado construyendo una fortaleza para protegerlo de su propia familia.
—¡Eso es mentira! —gritó Regina, pero su voz temblaba—. ¡Son documentos fabricados!
—Inténtenlo —desafió Andrea, lanzando un pendrive sobre la mesa—. Llamen a la policía. Llamen a la prensa. Me encantaría ver cómo explican por qué la firma de Alberto Valois aparece en los contratos de subcontratación de una empresa que solo existe en un buzón de correos en el Caribe.
El silencio que siguió fue absoluto. Alberto se hundió en su silla, de repente luciendo como un anciano decrépito y asustado. Regina evitó mirar a nadie. La junta extraordinaria, que debía ser el funeral corporativo de Francisco, se había convertido en el patíbulo de los Valois.
Francisco se puso de pie. No necesitó el bastón para sentirse poderoso.
—Tienen diez minutos para presentar su renuncia irrevocable a todos los consejos de administración —dijo Francisco, su voz resonando con una autoridad recuperada—. Si para cuando termine mi café no tengo los documentos firmados, Andrea entregará ese pendrive a la fiscalía.
Los tíos salieron de la sala como sombras derrotadas, sin decir una palabra.
El respeto nace de las cenizas
Cuando la pesada puerta de roble se cerró, dejando a Francisco y Andrea solos en la inmensidad de la sala de juntas, el silencio cambió de color. Ya no era una guerra. Era el asombro.
Francisco se giró hacia donde sabía que estaba ella. Sus ojos, aunque desenfocados, brillaban con una intensidad nueva.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó, su voz apenas un susurro—. ¿Cómo encontraste esos datos? Ni siquiera yo los tenía claros.
—Pasé las últimas tres noches en el archivo del sótano —respondió ella, y Francisco notó que su voz sonaba cansada, casi frágil, ahora que la adrenalina estaba bajando—. Sabía que ellos atacarían hoy. Los buitres siempre atacan cuando creen que la presa no puede defenderse.
Francisco se acercó a ella, rompiendo la barrera de distancia que él mismo había impuesto tras los celos del día anterior. Tomó las manos de Andrea. Estaban, como siempre, heladas, pero esta vez él no sintió sospecha. Sintió un respeto profundo, una admiración que lo quemaba por dentro.
—Fui un estúpido, Andrea —dijo él, bajando la cabeza, en un gesto de humildad que nunca le había mostrado a nadie—. Creí que eras una carga, luego creí que eras una traidora... y resulta que eres la única persona en este mundo que realmente me ve. No con los ojos, sino con el alma.
—No tienes que pedir perdón, Francisco —dijo ella, aunque una punzada de dolor en su pecho le recordó que su tiempo se agotaba—. Solo quería que supieras que puedes volver a ser el dueño de tu destino. Que no necesitas ver para reinar.
Francisco levantó una de las manos de Andrea y, con una lentitud casi sagrada, besó sus nudillos. Fue un gesto de vasallaje, de reconocimiento. En ese momento, en la cima de la Torre Valdivia, Francisco no vio una asistente, ni a una amante potencial, ni a una socia. Vio a su igual.
—Eres brillante —murmuró él contra su piel—. Eres lo más brillante que ha entrado en mi vida desde que se apagaron las luces.
Andrea sonrió, pero fue una sonrisa triste que él no pudo ver. El éxito de la junta era un triunfo, sí, pero ella sabía que el "juicio de los buitres" era solo la primera batalla. El verdadero enemigo, el que latía de forma errática dentro de su propio pecho, no se rendiría tan fácilmente con un discurso legal.
Por primera vez, Francisco no sintió miedo de su oscuridad, porque Andrea estaba allí, sosteniendo la antorcha. Pero lo que él no sabía era que la antorcha se estaba consumiendo, y que el precio de su victoria corporativa podría ser la vida de la mujer que acababa de salvarlo.
🌹🌷🥀