En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 22: El amargo sabor de la piedad
El sonido de la llave girando en la cerradura fue, esta vez, más lento, casi vacilante. La puerta se abrió y Marta entró con una bandeja nueva. La mujer, que siempre había tenido una palabra amable o una sonrisa discreta, tenía los ojos rojos e hinchados. Sus manos temblaban tanto que el cuenco de sopa de cebada tintineaba contra la plata. No se atrevió a mirar a Evangeline a los ojos; se limitó a dejar la comida sobre la mesa y a retroceder hacia la esquina, con los dedos entrelazados con fuerza.
Evangeline, desde su rincón junto a la ventana, observó la escena. Su corazón, que creía haber endurecido contra todo, se contrajo de dolor al ver el terror en la mujer que la había cuidado.
—¿Marta? —susurró Evangeline, su voz siendo apenas un soplo.
—Por favor, niña... —suplicó Marta, rompiendo finalmente en un sollozo ahogado—. Por favor, come algo. El General... él no bromea. Ha puesto guardias en la cocina y ha dicho que si la bandeja vuelve llena una vez más, yo... yo no veré el amanecer fuera de las celdas de hielo. Tengo hijos, Evangeline. Por lo que más quieras, no dejes que paguen por esto.
Evangeline sintió que una náusea profunda le recorría el estómago, pero no era por el hambre, sino por el asco hacia el hombre que gobernaba ese castillo. Alistair Thorne había encontrado la única grieta en su armadura: su incapacidad para ver sufrir a otros por su causa.
Lentamente, con las piernas pesadas como el plomo, Evangeline se acercó a la mesa. Cada paso era una derrota. Se sentó y tomó la cuchara. La sopa estaba caliente y olía a hogar, pero para ella sabía a ceniza y a rendición. Marta la observó con una mezcla de alivio y tristeza mientras la joven se obligaba a tragar cada bocado, con las lágrimas rodando silenciosamente por sus mejillas y cayendo dentro del cuenco.
En el umbral de la puerta, una sombra se proyectó sobre el suelo de piedra. Alistair estaba allí, observando en silencio. Ya no estaba ebrio, pero su rostro conservaba la dureza del granito. Ver a Evangeline comer bajo coacción no le dio la satisfacción que esperaba; al contrario, verla quebrada de esa manera, con los hombros hundidos y el espíritu apagado, le provocó una punzada de algo que se negó a llamar culpa.
—Puedes retirarte, Marta —dijo Alistair, su voz baja y desprovista de su habitual tono de mando.
La sirvienta salió casi corriendo, agradeciéndole con una reverencia apresurada que Evangeline ni siquiera notó. Alistair entró en la habitación y cerró la puerta, pero esta vez no echó la llave de inmediato. Se acercó a la mesa y se quedó de pie frente a ella.
—Has tomado la decisión correcta —dijo él, intentando sonar firme.
Evangeline dejó la cuchara y levantó la vista. Sus ojos negros, antes llenos de fuego y desafío, ahora estaban vacíos, como si la luz se hubiera apagado tras ellos.
—Usted no ha ganado nada, General —dijo ella, su voz plana, carente de toda emoción—. Ha salvado mi cuerpo para su uso, pero ha terminado de matar todo lo que quedaba de la mujer que rescató en el bosque. Ahora tiene lo que quería: una muñeca que come cuando se le ordena y que calla cuando se le humilla. Espero que su oro y su poder valgan el vacío que ha creado en esta habitación.
Alistair intentó decir algo, una justificación sobre el orden y la obediencia, pero las palabras se murieron en su garganta. El silencio que se instaló entre ellos era más pesado que cualquier cadena. El General Thorne, el conquistador del norte, se dio cuenta de que podía obligarla a vivir, podía obligarla a quedarse, pero el muro que ella había levantado entre sus almas era ahora tan alto y frío como las montañas de nieve que rodeaban el castillo.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰