Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 18 Cicatrices
Irina no se movió de la ventana hasta que la camioneta desapareció detrás de las montañas.
Theron tampoco. Estaba de pie a su lado, con el hombro casi rozando el suyo, mirando el mismo punto en el camino donde la camioneta se tragó a Viktor y Astrid como si la montaña se los hubiera comido.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—¿Tú qué crees?
—Creo que acabas de echar a tu padre y a tu hermana de un castillo que no es tuyo, que llevas una semana recuperándote de una tortura y que estás de pie cuando deberías estar en la cama.
—Entonces ya sabes la respuesta.
—Irina.
—Estoy cansada, Theron. Estoy cansada de todo. De las brujas, de Astrid, de mi padre, de las cadenas, de las sopas, de las caminatas de Catalina, de despertar cada mañana sin saber si hoy va a ser el día en que algo más me explote en la cara. —Se apartó de la ventana—. Quiero dormir una semana entera sin que nadie me despierte para darme malas noticias.
—Puedo organizar eso.
—¿En serio?
—Soy el rey. Puedo decretar una semana sin malas noticias.
—Eso no funciona así.
—Puedo intentarlo.
Irina lo miró. Estaba hablando en serio. O al menos, estaba haciendo esa cosa nueva que hacía desde que ella despertó: intentar ser gracioso, torpemente, como alguien que perdió la práctica hace ocho años y está reaprendiendo el mecanismo.
—Me voy a la cama —dijo Irina.
—Te acompaño.
—No necesito escolta para caminar un pasillo.
—No es escolta. Es que voy en la misma dirección.
—Tu habitación está en el ala opuesta, Theron.
—Hoy no.
Se miraron. Irina quiso discutir pero estaba demasiado agotada y algo en los ojos de él —algo que no era la indiferencia de antes ni la rabia de siempre sino algo más parecido a la preocupación torpe de alguien que no sabe cómo cuidar pero quiere aprender— le quitó las ganas de pelear.
Caminaron juntos hasta su habitación. En la puerta, Theron se detuvo.
—¿Necesitas algo?
—Que mañana no venga nadie a decirme que alguien me quiere matar, secuestrar o vender. ¿Puedes garantizar eso?
—Puedo intentarlo.
—Con eso me alcanza.
Entró a su habitación. Cerró la puerta. Se quitó la ropa y se metió a la ducha.
El agua caliente le cayó encima y por un momento el mundo se redujo a eso: calor, vapor, silencio. Después bajó la vista y vio las vendas mojándose en sus muñecas.
Se las quitó despacio. El agua le ardió en la piel dañada pero no se apartó. Necesitaba verlas. Necesitaba saber qué le habían dejado.
Dos anillos de piel rugosa, rosada, brillante. Rodeándole las muñecas como pulseras que nadie le pidió usar. Los tobillos igual.
Salió de la ducha y se paró frente al espejo. Las giró bajo la luz. La piel dañada brillaba como si estuviera húmeda aunque estaba seca.
Van a quedarse, dijo Kira con suavidad. La plata deja marca permanente en los lobos.
Lo sé.
Las mías son por dentro. No se ven, pero están. La plata me dañó algo que todavía no sé qué es. Puedo transformarnos, puedo hablar contigo, pero hay algo que antes era fácil y ahora me cuesta. Como una puerta que se trabó.
Lo siento, Kira.
No fue culpa tuya. Fue culpa de tu hermana, de las brujas y de la plata. No cargues con lo que no te pertenece.
Irina se puso un camisón de manga larga. Se cubrió las muñecas. Se acostó.
No durmió.
A la mañana siguiente, Catalina apareció con el desayuno y la caminata programada. Porque Catalina Blackmoor no hacía pausas por cosas tan triviales como destierros, secuestros o crisis emocionales. Catalina tenía un horario y la diosa luna misma no podía alterarlo.
Caminaron por los jardines interiores del castillo. Tres arbustos tristes que sobrevivían por pura terquedad, un banco de piedra y un patio que era menos jardín y más excusa para salir al aire libre.
La manga de Irina se le subió al apoyarse en la baranda. Catalina no dijo nada de inmediato. Caminaron en silencio un rato.
—Déjame verlas —dijo después.
—No.
—Ya las vi. Ahora déjame verlas bien.
Irina apretó la mandíbula. Se subió las mangas. Extendió los brazos.
Catalina le tomó las manos y las giró con cuidado, examinando las marcas. Pasó un dedo por el borde de la cicatriz izquierda.
—Vas a querer taparlas —dijo—. Esconderlas. Fingir que no existen. No lo hagas.
—¿Por qué no?
—Porque son tuyas. Te las ganaste sobreviviendo algo que debió matarte. No son una vergüenza, Irina. Son la prueba de que eres más fuerte que lo que intentó destruirte.
—Suena bonito. Pero cada vez que las veo solo pienso en el sótano.
—Eso va a cambiar. Ahora son el sótano. Con el tiempo van a ser la salida del sótano. Confía en mí en esto.
Siguieron caminando. Catalina no le soltó el brazo.
—Hoy vamos a hacer algo diferente —dijo la Reina Madre.
—¿Más diferente que expulsar a mi familia del castillo?
—Vas a transformarte.
Irina se detuvo.
—No estoy lista.
—Lo estás. Kira se recuperó lo suficiente y tus niveles de esencia están subiendo. El curandero lo confirmó esta mañana.
—La última vez que me transformé fue antes de que me secuestraran. No sé si...
—No lo vas a saber hasta que lo intentes. Y si te caes, te levantas. No es la primera vez.
Tiene razón, dijo Kira. Estoy aquí. Estoy lista. Bueno, más o menos lista. Digamos un setenta por ciento. ¿Sesenta? Es suficiente.
Eso no me tranquiliza, Kira.
¿Cuándo te he tranquilizado yo? Mi trabajo es empujarte. Tranquilizarte es trabajo de la bestia.
Fueron al patio trasero del castillo, lejos de los guardias y las ventanas. Catalina se cruzó de brazos y esperó.
Irina cerró los ojos. Respiró. Buscó a Kira adentro y la encontró esperándola, con esa energía nerviosa de alguien que lleva demasiado tiempo sentada y quiere correr.
El cambio empezó. Los huesos se reacomodaron. La piel cedió.
Dolió. Más que antes del secuestro. Como si la plata le hubiera dejado un residuo en las articulaciones que se activaba con cada transformación, un recordatorio de que las cadenas estuvieron ahí aunque ya no estuvieran.
Pero funcionó.
Cuando abrió los ojos estaba en cuatro patas, más cerca del suelo, con el mundo en tonos diferentes y los sonidos amplificados. Kira estiró las patas, sacudió el pelaje y levantó la cabeza hacia el cielo.
Libre, dijo la loba. Por fin.
Catalina la miraba desde arriba con una expresión que Irina no le había visto antes. No era la evaluación fría ni la impaciencia habitual. Era algo más suave que la Reina Madre jamás admitiría sentir.
—Bien —dijo, y la palabra pesó más que un discurso—. Ahora corre.
Irina corrió. Alrededor del patio, por los jardines, entre los arbustos tristes. Kira se sentía diferente: más lenta que antes de las cadenas, con una cojera leve en la pata trasera izquierda que no estaba ahí antes. Pero estaba. Estaba viva, estaba corriendo, estaba libre.
Cuando se detuvo, jadeando, con la lengua afuera y el corazón desbocado, vio a Theron.
Estaba en la puerta trasera del castillo, apoyado en el marco con los brazos cruzados. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Pero la miraba con esos ojos grises que de día eran fríos y que ahora tenían algo que Irina no le había visto nunca dirigido a ella.
Algo cálido.
La bestia dentro de él se movió. Irina lo sintió a través de Kira: un tirón, un reconocimiento, algo que vibraba entre los dos como una cuerda que alguien acababa de tensar.
Theron apretó la mandíbula. Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la calidez seguía ahí pero controlada, contenida, como un incendio detrás de un vidrio.
—No está mal —dijo—. Para una omega que lleva una semana comiendo sopa.
—No está mal para un rey que lleva ocho años sin elogiar a nadie.
—¿Eso fue un elogio?
—Es lo más parecido que vas a recibir de mí.
Se miraron a través del patio. Ella en forma de loba, despeinada y jadeando. Él en la puerta, con esa media sonrisa que aparecía cada vez más seguido y que le cambiaba la cara de una forma que Irina no estaba preparada para procesar.
Kira.
¿Sí?
Está sonriendo.
Lo sé. Llevo diez minutos disfrutándolo. Déjame tener esto.
Irina se destransformó. El cambio de vuelta le dolió en las muñecas donde las cicatrices pulsaron con el recuerdo de la plata. Se quedó de rodillas en el suelo un momento, recuperando el aire.
Theron se acercó. Le ofreció la mano.
Irina la miró. La mano vendada de un hombre que se cortó las palmas para romper una barrera mágica por ella. La misma mano que le dejaba café cada mañana y que la abrazaba dormido cada noche sin recordarlo.
La tomó.
Él la levantó. Se quedaron de pie, con las manos todavía juntas, a medio metro de distancia.
—Mañana entrenamos juntos —dijo Theron.
—¿Es una orden?
—Es una invitación.
—¿Desde cuándo el rey invita en vez de ordenar?
—Desde que la omega me enseñó que las órdenes no funcionan con ella.
Irina soltó su mano. Pero despacio. Más despacio de lo necesario.
—Mañana a las nueve —dijo—. No llegues tarde.
Caminó hacia el castillo sin mirar atrás, con las cicatrices de plata brillando bajo las mangas y algo en el pecho que no era dolor ni rabia ni miedo.
Era otra cosa. Algo que no tenía nombre todavía pero que Kira reconoció antes que ella y que ronroneó bajito, solo para las dos, como un secreto.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA