El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.
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Capitulo #22 – Conversaciones
El chirrido metálico de la puerta rompió el silencio absoluto de la sala. El doctor apenas los miró al pasar, solo murmuró con voz grave:
— Cinco minutos… no más.
El aire allí dentro era distinto, pesado, impregnado del olor áspero de hierbas medicinales y del hierro hervido. La luz era blanca, demasiado pura, casi cruel al iluminar la fragilidad de Ninoska. Su cuerpo descansaba inmóvil sobre la camilla, cubierto por vendajes que asomaban entre las sábanas. El sonido de un artefacto rítmico acompañaba su respiración asistida: tic… tic… tic… cada pulso una confirmación de que aún vivía, cada intervalo una amenaza de que podía detenerse. Said fue el primero en entrar. Se detuvo a medio paso, como si algo invisible lo golpeara en el pecho. No reconocía a la mujer que estaba allí acostada. Esa no era su hermana, la guerrera indomable, la princesa orgullosa que nunca se dejaba doblegar. Esa era solo una sombra pálida, con los labios resecos y los párpados cerrados.
— Dioses… — murmuró, llevándose la mano al rostro — Esto no es ella, Jhon. No puede ser ella…
Jhon entró detrás, en silencio. Su puerta de siempre —recto, firme— parecía tambalearse. Avanzó hasta la cabecera y la observó en silencio, sus ojos endurecidos brillando bajo la luz. Extendió una mano, y con torpeza, rozó la piel fría del brazo de su hermana.
— Sí es ella, Said… — su voz salió ronca, quebrada por dentro — Solo que ahora nos toca a nosotros sosteniendola.
El menor apretó los puños, con lágrimas ya sin vergüenza.
— Siempre fue ella quien nos sostuvo a todos… y mírala. Apenas respira. Y nosotros… impotentes, como niños.
Jhon se mantuvo en silencio unos segundos, hasta que respiró hondo y habló, como si cada palabra le costara atravesar una roca.
— Tengo miedo, dijo.
El menor alzó la mirada, sorprendido.
—¿Tú…?
— Sí — admitió Jhon, sin apartar la vista de Ninoska — Tengo miedo de que no despierte. Tengo miedo de que despierte y no vuelva a ser ella. Y más que nada, tengo miedo de que yo no tenga la fuerza para proteger lo que queda de nuestra familia.
Dicho tragó saliva, el dolor convertido en furia impotente.
— Si Dissano cree que nos quebró, está equivocado. Porque si ella no vuelve… si los dioses deciden llevársela… yo mismo juro que haré arder su nombre en la arena.
El mayor de los hermanos le puso una mano firme en el hombro.
— No hay habilidades de venganza frente a ella. Ninoska nunca vivió para destruir, sino para dar vida.
Said bajó la mirada, mordiéndose los labios. La contradicción lo desgarraba.
—¿Y qué hago entonces, hermano? ¿Cómo cargar con este vacío? ¿Cómo le digo a Coraline que su madre puede no volver?
Por primera vez, la voz de Jhon se quebró. Bajó la frente, inclinándose hacia Ninoska, como si buscara hablarle al oído.
— No lo sé, Dijo… no lo sé. Solo sé que mientras su corazón siga latiendo, aunque sea débil, no voy a rendirme. Ella peleó por nosotros toda su vida… ahora es nuestro turno de pelear por ella.
El monitor volvió a marcar el compás: tic… tic… tic…
Said dejó escapar un sollozo, pero no apartó la vista de su hermana. El silencio se apoderó de la sala, roto solo por las máquinas. Ambos hermanos, cada uno desde su herida, se inclinaron un poco más cerca, como si con su presencia pudieran arrastrar a Ninoska de regreso al mundo de los vivos. El reloj de arena invisible que pesaba sobre ellos se agotaba. Said se pasó una mano por el rostro, intentando recomponer algo de dignidad en medio del dolor. Sus aún hombros temblaban, pero cuando habló, lo hizo con la voz de un hombre que llevaba más que su propio peso.
— Debo irme… — murmuró, sin apartar la vista de Ninoska — El reino no se detiene, aunque lo haga nuestro corazón.
Jhon lo miró, con el ceño fruncido.
— Dijo, nadie te culparía si dejaras los deberes por un día…
El menor negoció con un gesto lento, decidido.
— Precisamente porque soy el rey, no puedo hacerlo. Y porque soy su hermano… debo ser fuerte por ella… — Guardó un silencio, tragando saliva — Quédate con ella, Jhon. Que no te despiertes sola.
El mayor ascendió, y ambos se miraron a los ojos un instante: un pacto silencioso entre hermanos, roto solo cuando Said dio media vuelta y se marchó. La puerta volvió a cerrarse, y en la sala quedó únicamente el murmullo de las máquinas y el latido frágil de Ninoska. Jhon se dejó caer en la silla junto a la camilla. Por primera vez en mucho tiempo, el peso de sus hombros se derrumbó por completo. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y cubrió su rostro con las manos. Permaneció así unos segundos, hasta que el silencio se volvió insoportable. Se enderezó y miró a su hermana. Bronceado tranquilo. Tan ajena al bullicio del mundo que ardía afuera.
— Perdóname… — dijo, la voz rota, apenas un susurro.
Se inclinó más, acercándose a ella como si quisiera que esas palabras entraran en sus sueños.
—Soy tu hermano mayor. Yo debía cuidarte. Protegerte. Y en cambio… te fallé. —Las lágrimas comenzaron a correrle por el rostro, sin resistencia — Te expuse a mis errores, a mis decisiones equivocadas. Te dejé cargar con cargas que debían ser mías. Y ahora… mírate.
Apretó la sábana con una mano, temblando.
— Si no hubiera sido tan ciego, si no hubiera jugado a ser fuerte cuando no lo era… tú no estarías aquí. Tú… no estarías pagando el precio de mis culpas.
Por un instante se quedó en silencio, respirando con dificultad, como si le costara confesar lo siguiente.
— No sé cómo mirar a Coraline a los ojos, Ninoska. No sé cómo explicarle que su madre lucha entre la vida y la muerte porque yo no supe protegerla. Porque siempre creí que el peso era mío… y lo dejé caer sobre ti.
Jhon se inclinó más, hasta que su frente reposó contra la mano inerte de su hermana. Su voz salió temblorosa, rota, como nunca nadie lo había escuchado.
— Por favor, vuelve… No por mí, ni siquiera por Said… sino por ella. Por tu hija. Ella te necesita más que nadie. No puedes perderte ahora… yo no sabría cómo sostenerla si tú no regresas.
El monitor volvió a marcar el compás: tic… tic… tic… Cada pitido parecía contestar con crueldad al ruego de un hermano. Jhon cerró los ojos con fuerza, aferrándose a esa mano inmóvil como a un salvavidas.
— Te lo suplico, hermana… pelea una vez más. Regresa con nosotros. Regresa con ella…
Y allí quedó, en un silencio roto solo por la maquinaria y sus sollozos ahogados, con la certeza de que aquel era el ruego más honesto que había hecho en toda su vida. La puerta se abrió suavemente. El doctor apareció de nuevo.
— Es hora — dijo con voz seca.
Jhon ascendió y se enderezó, pero antes de retirarse, acarició el frente de su hermana con la ternura de un padre y la solemnidad de un general.
— No nos dejes, Ninoska… no nos dejes ahora.
La puerta se cerró, y con ella el mundo volvió a dejar sola a la princesa dormida.
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La oscuridad no tenía principio ni fin. Era un desierto sin dunas, una noche sin estrellas. Ninoska no sabía si respiraba, si su cuerpo seguía atado a la tierra o si ya había cruzado el velo. Solo sentí frío. Un frío distinto al del aire: era el frío de la soledad. Avanzó, aunque no recordaba tener pies. El suelo era líquido y seco al mismo tiempo, como si caminara sobre arena que se deshacía en agua. A lo lejos, un murmullo. Voces. No podía distinguirlas, pero su corazón reconoció una entre todas:
— Mamá…
El eco de Coraline la atravesó como un rayo. Ninoska giró, buscando, y en medio de la penumbra creyó ver una silueta pequeña, envuelta en luz. Una niña de cabellos oscuros, los brazos extendidos, los ojos verdes suplicando. Coralina. Intentó correr hacia ella, pero cada paso hundía más sus piernas en aquella arena líquida. Sentía el peso de mil cadenas arrastrándola hacia abajo, hacia un fondo sin retorno. Entonces otra voz la alcanzó, grave, quebrada:
— Por favor, vuelve…
Era Jhon. Y tras él, dijo. Los escuchaba como si hablabasen desde detrás de un muro de agua. Le pedían que resistiera, que no soltara. Que nos los abandonara... Ninoska cerró los ojos con fuerza. Su pecho ardía, como si aún sangrara, pero dentro de sí algo respondía al llamado de su hija.
— No puedo… — susurró en la penumbra — Estoy cansada…
El viento invisible trajo consigo un murmullo distinto, áspero, venenoso. Una voz que conocía demasiado bien:
— Ríndete, Flor del Desierto. Nadie puede salvarte de mí...
Dissano.
Su sombra emergió en la distancia, alzándose como un espectro que manchaba incluso aquel mundo oscuro. Ella sintió el mismo miedo de siempre, la misma rabia, pero también… un fuego que no estaba dispuesta a apagar. Volvió a mirar a la niña de luz, la pequeña que extendía los brazos. Coraline suena con dulzura, pero esa sonrisa escondía fuerza: una promesa de que no estaba sola. Y entonces lo entendió. No era ella quien necesitaba ser salvada. Era Coralina. Y mientras su hija seguía llamándola, Ninoska no tenía derecho a rendirse. El desierto oscuro tembló bajo sus pies. Una brasa encendida apareció en su palma, pequeña, frágil… pero viva. La presión contra el pecho, y el calor la atravesó como un latido nuevo. El murmullo de voces se hizo más nítido. El tic… tic… tic… que la mantenía atada a la vida resonó dentro de su pecho.
— Aún no… — murmuró, con la voz más firme — No me iré aún…
Y en la penumbra, la luz comenzó a abrirse paso.
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Arthur bajó las escaleras en silencio, cada crujido de la madera resonaba como un tambor de guerra en su pecho. No llevaba armadura ni espada, pero sentía que aquel encuentro era la batalla más peligrosa de su vida. Había dejado a Coraline dormida, respirando tranquilamente, con su inocencia intacta. Y ahora le tocaba a él… enfrentar a los fantasmas que lo habían marcado desde niño.
El olor tenue del té recién hervido flotaba en el aire. Desde la cocina llegaba el murmullo del agua al caer en la tetera, acompañado del sonido metálico de las cucharas. Su madre estaba allí, ocupada en rituales sencillos, quizás demasiado consciente de lo que estaba por ocurrir. En la sala, la escena era otra: su padre, con el porte erguido pese a los años, sostenía entre sus manos un libro horrible, de tapas de cuero gastado. Leía como si nada más existiera, como si el mundo entero no se derrumbara alrededor. Arthur se detuvo en el umbral, con los puños cerrados, sosteniendo un torbellino en el pecho. Avanzó al fin, y se dejó caer en el asiento frente a su padre. El silencio se extiende entre ambos, pesado, casi insoportable. Fue el hombre mayor quien habló primero, sin levantar aún la vista del libro:
— Veo que ha vuelto… — Su voz era grave, seca, marcada por la autoridad de toda una vida.
Hizo una pausa, cerró el tomo con un golpe seco y lo dejó sobre la mesa, con un eco que pareció atravesar las paredes. Levantó la mirada, sus ojos duros, de un gris inmutable, los mismos ojos de Arthur, fijos en los de su hijo.
— La pregunta es… ¿a qué has vuelto, Arthur?
El guerrero tragó saliva, apretando la mandíbula. Había enfrentado enemigos que querían su sangre, pero nunca había sentido tanto peso con una sola frase. Arthur inspiró hondo, inclinándose hacia adelante, con los codos sobre las rodillas.
— He vuelto… porque ya no puedo huir de ustedes. No puedo huir de mi pasado, ni de esa pequeña que ahora me llama “papá”
Un silencio tenso se instaló. Desde la cocina, el sonido del té sirviéndose en una taza fue el único respiro. Su madre aún no se asomaba, tal vez porque entendía que esa conversación debía comenzar entre padre e hijo. El anciano cruzó las manos sobre la mesa, implacable, como un juez dispuesto a escuchar la confesión del acusado.
- Entonces dilo, Arthur. Suelta de una vez esa carga que arrastras como espada oxidada. — Sus ojos se entrecerraron.
Arthur lo sostuvo con la mirada. No tembló, no apartó los ojos. Por primera vez en años, no era el soldado obediente ni el hijo inmaduro, el niño sin rumbo fijo.
—Y bien muchachito? ¿Qué se supone que significa todo esto? — Hablo la madre con aquel tono irritante que desquiciaba a su hijo.
— Yo… lo siento… sé que no se merecen esto de mi parte… Pero, mamá, ¿podríamos hablar como adultos? — Pidió el hijo con un tono que su madre interpretó como insolencia.
Como disculpa era totalmente inadecuada y él lo sabía de sobra, pero debía de empezar por algo.
—¿Adultos? — Repitió su padre, mirándolo de arriba hacia abajo como si fuera un insecto — Cuanto te convertirás en un adulto, avísame…
Arthur dio un respiro en signo de resignación. No le gustaba el hecho de que su padre estuviera reprimiendo sus sentimientos en presencia de la niña, y ahora se mostraba tal y como se sentía en realidad.
— Papá…
— No olvides enviarme un mensaje con Atashi e Itzumo. “Papá, mamá… Soy adulto” — exclamó su padre exasperado — Lo entenderemos perfectamente.
Arthur guardo silencio, entendió perfectamente el punto de su padre. Tuvo que admitir que ellos tenían razón. Era consciente del daño que les hacía, y que sería peor cuando les dijera toda la verdad.
— ¿Se acuerdan de quién fuera mi novia? — Comenzó Arthur a hablar, mirando a su padre — Es la única que te he presentado, papá, así que sabes de quién te estoy hablando.
—Sí, la muchacha rubia del desierto, la hermana del Rey de Namhara.
— Ella es la madre de mi hija — respiro un momento, antes de reanudar — Hace cinco años estuvimos juntos. Me enamore y como el buen cobarde que soy, preferí abandonar mis sentimientos y fijar mi propósito en vivir mi vida de manera más tranquila. Estar con ella significaba un reto constante y yo no estaba listo, ni dispuesto para ello. Sin embargo, era demasiado joven como para controlar la pasión que sentía por ella. La noche de la boda de Erick nos escapamos. Coraline es el resultado de esa noche. Ilyra tomó una taza de té para ella y otra para su hijo, la cual dejo visiblemente molesta frente a él.
—¿Por qué no lo supimos hasta hoy, Arthur? — Gruñó su padre — Nunca te hemos dado la espalda y, aunque te hubiésemos reprendido, sabes bien que tendrías nuestro apoyo.
— Yo tampoco lo sabía. Me entere por pura casualidad… papá.
—¡Oh, vaya! ¡Menudo evento causal! — Se burlo Ilyra.
-¡Mamá!
-¡Arturo! — Le imitó su madre histérica — ¿Quieres aclararnos de una vez por todas como son las cosas? No podemos seguir adivinando lo que envuelves.
—No envuelvo nada, mamá. Ninoska simplemente me odia por lo que le hice y no quiso decirme lo de la niña en su momento — contesto y sus padres le pidieron explicación con sus miradas — Ya les dije que tuve miedo, le hice creer que ella era una mujer más en mi vida y este fue el resultado. Me entere de la niña hace apenas unas semanas, por el trabajo que se me recomendó en Namhara.
Rhazim se levantó súbitamente de la mesa y la golpeó con los puños cerrados. Arthur pudo sentir el dolor de ese gesto. Jamás lo había visto perder la compostura.
— ¿Y se supone que eres un “genio”? — Exclamó su padre sorprendido — No es así como actúan los hombres. No sé de dónde has sacado esas estúpidas ideas, teniendo ejemplos de hombres con pantalones a tu alrededor. No será el mejor marido del mundo, pero nunca le haría algo así a tu madre, ni a ninguna otra mujer nacida en esta tierra, niño cobarde. Tampoco lo hizo Kaleth, que antes de morir te pidió que velaras por Keicy y Kaleth. Ni tampoco tu amigo Erick. Él era tan joven como tú y se atrevió a formar esa hermosa familia que hoy sostiene con valor. ¡Tal y como un hombre!
—Y crees que no lo sé? Papá… —agrego Arthur con el alma partida por el dolor, dejando que las lágrimas corrieran libre por su rostro—Sí, me avergüenzo de mí mismo; A veces, mi vida parece no más que un puñado de remordimientos, de decisiones erradas, de equivocaciones irreversibles. Pero ya no puedo hacer nada más, que tratar de seguir en pie. Las disculpas en estos casos sobran. No espero que me perdonen. Solo busca su comprensión.
Ilyra miro a su esposo quien, a su vez, miro a su hijo sin mostrar compasión, completamente irascible, estoico. Rhazim, no era un hombre inflexible, pero en este caso, Arthur lo tenía merecido.
—Creen que no me duele que esa pequeña tan hermosa que me llama “Padre” con tanto orgullo me ame sin reservas y me recuerda cada día lo estúpido que fui? — mascullo entre llanto — Me perdí cuatro años de su vida y no puedo complacerla en lo único que quiere… ¿Saben lo que duele que tu hija te pida una sola cosa y no puedas dársela? ¿Saben que es eso que ella quiere?
El silencio era solemne. Solo los sollozos de Arthur rebotaban en las paredes mudas, magnificando su sonido sordo.
— Una familia… — continuó Arthur — Mamá… Papá… tan solo una familia y yo no puedo dársela… su madre libra sus propias batallas muy lejos de aquí, odiándome y sentenciándome por lo que hice, abandonando toda posibilidad de estar juntos de nuevo. Lo hace a sabiendas de que aun la amo… ¿Saben cómo me siento ahora? Mi castigo, es esta maldita culpa de no poder ser lo que mi hija espera…
El padre había cambiado la mirada fría a una llena de tristeza. Ilyra se llevó la mano a la boca para evitar los sollozos que amenazaban con salir de su interior. Rhazim levanto uno de los puños que aún apretaban la mesa y lo llevaba hasta el hombro de su hijo, en un silencio cómplice y silenciosa comprensión.
— Yo recogeré las piezas… Arthur.
Arthur llevo su mano hasta la de su padre, con temor de que lo soltara. Ilyra levanto las tazas de té de la mesa para lavarlas… todas con el contenido intacto.
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El gran salón del consejo estaba en penumbras, iluminado apenas por las antorchas que crepitaban en las paredes de piedra. Afuera, el desierto rugía con vientos furiosos, como si la misma arena quisiera entrar a escuchar lo que allí se discutía. Said, joven rey de cabellos rojizos y ojos verdes intensos, estaba de pie frente al mapa extendido sobre la mesa central. Sus manos firmes se apoyan contra la madera, la mirada fija en los símbolos marcados con carbón. Su porte regio no ocultaba la tensión que le oprimía el pecho.
— Dissano no se conformará con todo el dolor que nos ha causado… — dijo con voz grave, rompiendo el silencio — Ya ha irrumpido dentro del palacio, casi ha matado a mi hermana… desgraciadamente no pudimos atraparlo…
A su derecha, Jhon, el hermano mayor, cruzó los brazos sobre el pecho. Su rostro curtido y marcado por el desvelo y dolor silencioso reflejaba furia contenida.
—¿Qué esperamos entonces? ¡Levantemos a nuestros hombres! Lo aplastaremos en la arena como a una serpiente… —hablo uno de los generales.
El consejero más anciano, Marhán, levantó la voz con calma calculada.
— Un enemigo que deja su marca tan cerca del corazón del reino no lo hace por descuido, majestad. Quiere que lo busquen, que lo persigan. Si enviamos a las tropas sin estrategia, nos conducirá directo a una trampa.
Un murmullo recorrió la mesa. Otros generales asentían, inquietos. Said alzó la vista, sus ojos verdes encendidos por la llama de la antorcha.
—Y ¿qué proponen? ¿Esperar sentados mientras sigue avanzando?
Jhon tocó la mesa con el puño.
—No se trata de esperar, dijo. Se trata de anticiparnos. Dissano busca lo que siempre quiso… Casi lo consiguió, no se la pondremos en bandeja de nuevo…
La tensión aumentó. La mención de su hermana llenaba el aire de un peso incómodo. El silencio fue inmediato. Dijo hondo inspirado, tratando de mantener la serenidad que todos esperaban de su rey.
— Entonces reforzaremos la guardia en cada pasillo, cada puerta y cada muralla. Pero más que soldados, necesitamos inteligencia. Dissano no es un enemigo cualquiera… se mueve como sombra en tormenta.
Se inclinó sobre el mapa y, con un gesto firme, señaló tres puntos en los alrededores de la ciudad.
— Aquí, aquí y aquí colocamos a nuestros hombres de confianza. Si intenta acercarse, lo veremos antes de que dé el siguiente paso.
Jhon frunció el ceño, pero asintió.
— Si juega con sombras, lo arrastraremos a la luz.
El consejo entero guardó silencio, comprendiendo la gravedad de lo que estaba en juego. Said se irguió, con el peso de la corona invisible en sus hombros.
— Este no será un combate solo de fuerza, sino de voluntad, astucia. Y yo no pienso perder.
Las antorchas crepitaron como si sellaran la declaración del joven monarca, mientras el desierto, implacable, golpeaba los muros con la furia de una guerra que ya había comenzado.
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
Espero mucho!