Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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Los arrepentimientos no desaparecen las heridas del pasado.
Fernando era un hombre que no daba explicaciones, ni brindaba segundas oportunidades. Siempre había pensado que sus decisiones eran basadas en hechos irrefutables y que no necesitaban ser cuestionadas. Pero probablemente, esta vez se había equivocado.
Ahora se encontraba inmóvil frente al restaurante donde había visto a Luciana. Le costaba creer que la mujer sencilla y alegre que siempre lo recibía con una sonrisa en casa, fuese la misma que ahora observaba con ese aura de elegancia e indiferencia.
Cuando se dio cuenta de que ella estaba en ese lugar, decidió esperar a que ella saliera, para poder de esa manera, hablar con ella. Sin embargo, para su sorpresa, ella lo ignoró por completo, como si no se conocieran. La incredulidad se marcó en su rostro al verla marcharse. No podía aceptar que aquella mujer, que en otro tiempo había estado pendiente de cada palabra suya, ahora lo mirara con absoluta indiferencia.
Aceleró el paso y volvió a interceptarla antes de que subiera a su auto.
— Esto es ridículo, Sheila. — Hablo tomándola del brazo. — Basta ya de fingir. Tú no puedes haberme olvidado de un día para otro.
Luciana lo observó con frialdad, sin un solo rastro de nerviosismo. Detestaba encontrarse con su presencia por donde quiera que iba. Y este día no fue una excepción.
— Primero que nada, deje de llamarme así. — Dijo zafando de su agarre con fuerza. — Segundo, no estoy fingiendo nada.
Fernando negó con impaciencia. No podía tolerar que ella actuara de esa manera frente a él.
— Yo te conozco. — Dijo acercándose más a ella y tomándola por los hombros. — Sé cómo me mirabas, sé lo que sentías. Esto lo haces para castigarme.
Luciana soltó una risa breve, cargada de ironía. Realmente se sorprende de sí misma por no haber visto antes la clase de hombre con la cual estaba. Pero ahora esa venda en sus ojos ya no existe.
— Qué curioso… sigues creyendo que todo gira a tu alrededor.
— No me engañas. — Dijo apretando la mandíbula con rabia. — Sigues siendo mi esposa.
La expresión de Luciana se endureció al instante. Dio un paso al frente, segura de sí misma quedando aún más cerca de él.
— Escúcheme bien, señor Soto. Yo no soy de nadie. — Afirmó con seguridad. — Y si alguna vez tuve algo que ver con usted, quedó enterrado hace mucho tiempo.
— No puedes hablar en serio…
Fernando se quedó perplejo ante la negativa de ella. No podía permitir que se fuera de nuevo, así que la sujetó firmemente por el brazo, tratando de obligarla a ir con él. Sin embargo, Luciana se resistía con todas sus fuerzas.
Franco, que había dudado por unos instantes, perdió la paciencia al ver cómo Fernando la agarraba del brazo mientras ella luchaba en vano por soltarse. Esto lo impulsó a salir del coche y avanzar a paso decidido hacia ellos.
— ¿Qué está pasando aquí?
Sin esperar respuesta, se acercó y apartó a Luciana de aquel hombre atrayéndola hacia sí con naturalidad protectora. Luego clavó los ojos en Fernando conteniendo su molestia.
— ¿Le importaría explicarme qué significa esto? — Preguntó con frialdad.
Fernando abrió la boca con irritación, pero al reconocer de quién se trataba, cambió de actitud de inmediato. Porque en estos momentos no podía darse el lujo de ofender a alguien de alto nivel empresarial.
— Disculpe, Sr. Smith… Pero esto es un asunto entre mi esposa y yo.
Franco sostuvo su mirada con una frialdad impecable. No era posible que alguien como Fernando se atreviera a molestarla sin saber lo que eso implicaba. Al menos que él realmente no supiera quién era ella.
— Permítame corregirlo, Sr. Soto. — Dijo sin apartar la mirada de él. — Tengo entendido que su esposa es la señora Begonia Watson. Y en cuanto a esta hermosa mujer a la que está molestando… es mi prometida.
Luciana abrió los ojos con sorpresa, pero guardó silencio. Fernando, por su parte, la miró incrédulo. No era posible que ella ya lo haya olvidado.
— ¿Qué estupideces son estas, Sheila?
Luciana endureció el gesto al instante. al escucharlo llamarla con ese nombre. Al parecer èl realmente aún no conocía su verdadera identidad. Y para su suerte era mejor así.
— Escúcheme bien, Sr. Soto. No entiendo por qué insiste en llamarme de esa manera. — Afirmó ella con seguridad. — Yo a usted no lo conozco. Sí, usted mantiene una colaboración con la empresa para la que trabajo, pero nada más. No existe ningún vínculo personal entre nosotros. — Su voz fue clara, firme y cortante. — Así que le agradecería que no vuelva a molestarme. Y como ya le dijo mi prometido, su esposa es la Sra. Begonia. — Dijo finalmente. — Compórtese como corresponde.
Fernando se quedó sin palabras al escucharla. La rabia y la incredulidad se mezclaron en su rostro. Realmente no comprendía lo que estaba ocurriendo, pero tampoco estaba dispuesto a aceptarlo.
Luciana por su parte, se soltó suavemente del brazo de Franco y caminó hacia su auto. Franco al ver que ella se alejaba, dio un paso hacia Fernando antes de seguirla.
— Escuche bien, Sr. Soto. No acostumbro a mezclar mi vida personal con los negocios, pero usted me está dejando sin opciones. Por lo que si vuelve a acercarse a la Srta. Johnson, me veré obligado a tomar medidas.
Sin añadir nada más, se dio la vuelta y se apresuró a alcanzar a Luciana antes de que abriera la puerta del auto y entrara en este. Con cuidado apoyó una mano sobre la puerta, impidiéndole entrar.
— Por lo menos merezco un gracias, ¿no crees? — Dijo muy cerca de su oído.
Luciana se giró quedando frente a él. Por un momento sintió como su respiración se detenía ante la cercanía, pero se recuperó rápidamente y lo miró con altivez.
— No le pedí que me ayudara. — Respondió con fingida calma.
Franco se inclinó apenas hacia ella. La cercanía hizo que su aliento rozara su rostro, provocando un leve estremecimiento. Luciana cerró los ojos un instante, respiró hondo y decidió dar un paso para enfrentarlo. Grave error. Porque eso solo provocó que quedaran demasiado cerca.
— Vaya… no sabía que reaccionarías así ante mi cercanía. — Dijo con voz grave. — De haberlo sabido antes, me habría acercado mucho más.
Sus miradas se encontraron y por un momento el mundo alrededor pareció desvanecerse. Luciana se vio obligada a reunir fuerzas para sostener la mirada.
— Escúcheme bien, Sr. Smith. No necesito que nadie me defienda. — Habló con firmeza. — Puedo hacerlo sola. No necesito a ningún caballero de brillante armadura viniendo a rescatarme.
Franco sonrió con una mezcla peligrosa de arrogancia y encanto. Por supuesto que él sabía que ella era capaz de defenderse por sí misma. Pero él no pudo evitar llegar hasta ella, sobre todo el darse cuenta de que se trataba de Fernando Soto.
— Sin embargo… yo estaría encantado de hacerlo siempre.
En ese instante sonó su teléfono. Provocando que Franco maldijera en silencio, se apartó con evidente disgusto dando un paso atrás. Aun así, abrió la puerta del auto de Luciana y la ayudó a entrar. Sin poder evitarlo, la vio marcharse sin dejar de sonreír. Porque por primera vez en mucho tiempo… Algo realmente interesante acababa de comenzar.
Entre tanto, Luciana condujo en silencio por las iluminadas calles de la ciudad, aferrándose con fuerza al volante mientras intentaba ordenar el caos de pensamientos que llevaba dentro. El inesperado y desagradable encuentro con Fernando, le había dejado un sabor amargo en la boca. Su sola presencia le producía rechazo, y la manera en que se había atrevido a sujetar del brazo todavía le hervía en la sangre.
No soportaba su insistencia, ni aquella absurda necesidad de seguir invadiendo una vida de la que ya no formaba parte. Sobre todo cuando él mismo la había alejado de él.
Sin embargo, otra imagen también se imponía una y otra vez en su mente. Franco. La forma en que apareció de repente y la seguridad con la que la apartó de Fernando. El tono firme de su voz al defenderla, y sobre todo, su cercanía
Luciana apretó los labios al recordar el roce de su aliento en su oído, aquel estremecimiento involuntario que recorrió su cuerpo y la peligrosa intensidad de sus ojos cuando la miró.
No podía evitar pensar que era insoportable, arrogante, atrevido, y seductor. Y justamente eso era lo que más le preocupaba. Porque, aunque quisiera negarlo, no había podido olvidar cómo la cuido mientras estaba en la clínica. Como respeto su espacio y no intentó acercarse a ella indebidamente, a pesar de ver su vulnerabilidad.
Pero sobre todo, no había olvidado su mirada; esa que sentía que la desarmaba en un instante. Peligrosa y seductora. Debía aceptar que desde que se marchó aquella vez de la clínica, no había podido sacarlo de su cabeza.