La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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Una noche bastante extraña
Estefanía simplemente sonrió.
—Iré al baño.
Lo dijo pasando entre Alexander y José antes de alejarse.
Una empleada la guio hasta el enorme baño de invitados.
En cuanto la puerta se cerró detrás de ella, apoyó ambas manos sobre el lavabo de mármol y levantó la vista hacia el espejo.
La verdad estaba frente a sus ojos.
Ya no podía seguir engañándose.
Ella tenía mucho más que perder que cualquiera de los presentes.
Si los Castellanos descubrían quién era realmente, la desecharían sin dudarlo.
Y aun así…
No iba a agachar la cabeza delante de nadie.
Jamás.
Tomó aire lentamente y acomodó algunos mechones de cabello que se habían salido de su peinado. Después retocó ligeramente el brillo labial y alisó el vestido azul sobre su cuerpo.
Cuando estuvo lista, salió nuevamente al salón.
Las conversaciones elegantes y las risas fingidas llenaban el ambiente.
Su padre hablaba con los padres de Alexander cerca de una de las mesas principales.
La señora Rosales permanecía a su lado, impecable y orgullosa, como si nunca hubiera ocultado a la hija de su esposo en un convento durante diecinueve años.
Más adelante distinguió a José conversando con otro hombre y una mujer.
Y junto a ellos estaba Victoria.
La hija perfecta.
El cabello rubio recogido en un elegante peinado. El vestido negro ajustado resaltando cada curva de su cuerpo. Joyas discretas, maquillaje impecable y esa sonrisa segura de las mujeres que crecieron creyéndose el centro del mundo.
En otra esquina, el abuelo de Alexander hablaba con varios socios importantes.
Alexander estaba junto a él.
Y aun así, sus ojos terminaron desviándose hacia Estefanía apenas ella apareció nuevamente.
Lo notó.
Y eso la hizo levantar más el rostro.
Caminó directamente hacia el grupo donde estaba Victoria.
La señora Rosales la vio acercarse y casi dejó de respirar.
Sus dedos se tensaron alrededor de la copa de vino.
La bastarda acababa de acercarse a su hija frente a toda aquella gente importante.
Y no podía detenerla.
No ahí.
No delante de todos.
—Vicki.
La voz de Estefanía hizo que José girara de inmediato con una sonrisa divertida.
Ya presentía problemas.
Victoria, en cambio, no se volvió enseguida.
Continuó hablando como si no hubiera escuchado.
Entonces Estefanía se colocó a su lado.
Victoria finalmente la miró.
Y lo hizo de arriba abajo.
Como si fuera alguien inferior.
Como si no fuera digna de compartir el mismo espacio con ella.
Estefanía sonrió todavía más.
—Déjenme decirles algo sobre Vicki… así le digo de cariño.
Victoria mantuvo la sonrisa, aunque el leve tic en su mandíbula reveló cuánto le molestaba aquel apodo.
—Siempre ha sido muy noble.
Los presentes escucharon atentos.
José cruzó los brazos claramente entretenido.
—Adopta animales de la calle, gatos… cualquier cosa que vea sufriendo le rompe el corazón.
Victoria sonrió orgullosa.
Varias mujeres alrededor asintieron encantadas.
—Tiene un corazón enorme.
Estefanía soltó una pequeña risa antes de continuar.
—Con decirles que una vez llevó un vagabundo a casa.
José abrió más los ojos.
Ya sabía que aquello no iba por buen camino.
Victoria perdió apenas un poco la sonrisa.
—Le dio ropa, comida, hasta trabajo…
Estefanía se tapó la boca fingiendo contener la risa.
—Y al día siguiente descubrimos que nos había robado absolutamente todo.
José soltó la primera carcajada.
Varios hombres lo imitaron enseguida.
Incluso algunas mujeres rieron por compromiso.
Victoria apretó la copa con tanta fuerza que por poco la rompe.
—Nadie tiene un corazón tan sensible como Victoria Rosales.
Estefanía tomó una copa de vino de la bandeja de un camarero justo cuando este pasó cerca.
José hizo lo mismo.
—Por el enorme corazón de Vicki.
Ambos chocaron las copas.
Victoria deseaba desaparecerla en ese instante.
A unos metros de ahí, Alexander observaba la escena sin intervenir.
Y por primera vez comparó realmente a ambas hermanas.
Victoria era exactamente el tipo de mujer que esperaba encontrar en una familia como los Rosales.
Perfecta.
Elegante.
Calculadora.
En cambio, Estefanía…
Era un desastre imposible de ignorar.
—Por lo que veo, José se lleva bastante bien con Estefanía.
La voz del abuelo lo hizo apartar la vista.
—Ella parece más el tipo de mujer que le gusta.
Alexander soltó una sonrisa seca.
Sabía perfectamente a dónde quería llegar el anciano.
—Si ellos se entienden tan bien… no quedarías como el malo cuando te divorcies de ella.
Alexander apretó la mandíbula.
Su abuelo seguía intentando deshacerse de Estefanía.
—Ya es tarde y estoy cansado.
Cortó la conversación antes de alejarse.
El abuelo maldijo internamente la terquedad de su nieto.
Alexander caminó directamente hasta donde estaba Estefanía.
—Vamos.
La joven levantó la vista hacia él.
Pero antes de que pudiera responder, Victoria dio un paso al frente.
—Señor Castellanos, mucho gusto.
Extendió la mano con elegancia.
Alexander la sostuvo apenas por educación.
—¿Ya se van tan rápido?
—Sí.
Respondió seco.
Y aun así, varias personas alrededor los observaron.
Porque juntos, Alexander y Victoria parecían la pareja perfecta.
Elegantes.
Refinados.
Del mismo mundo.
Pero Alexander soltó la mano de Victoria y volvió a mirar a Estefanía.
—Nos vamos.
Ella dejó la copa sobre una bandeja y caminó a su lado.
José apareció detrás de ellos sonriendo.
—¿Me dan un aventón?
Alexander ni siquiera lo pensó.
—No.
José soltó una carcajada mientras veía a su primo alejarse claramente irritado.
Y aunque Alexander no quisiera admitirlo… había algo dentro de él que se tensaba cada vez que José se acercaba demasiado a su esposa.
Me encanta💕💕