Nicolás Rivas nunca le tuvo miedo a la muerte.
Creció entre calles donde la vida vale poco y la lealtad lo es todo. Aprendió a gastar sin pensar, a reír sin culpa y a vivir como si cada noche fuera la última.
Fiestas. Mujeres. Amigos. Dinero fácil.
Pero todo cambia el día en que recibe una noticia que no puede ignorar.
Su tiempo se está acabando.
Y por primera vez… la muerte deja de ser una idea lejana.
Ahora Nicolás decide vivir como siempre dijo: sin miedo, sin arrepentimientos, sin frenos.
Pero mientras más disfruta…
más lo alcanza el pasado.
Un hermano que perdió.
Una madre que nunca dejó de esperar.
Un amor que no supo cuidar.
Y un enemigo que no ha olvidado.
Porque al final…
no todos llegan en paz al último trago.
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“Las Cosas Que Empiezan A Dar Miedo”
📖 CAPÍTULO 22
“Las Cosas Que Empiezan A Dar Miedo”
El problema de volver a amar…
era que uno volvía a tener algo que perder.
Y Nicolás ya lo estaba sintiendo.
Demasiado.
La servilleta seguía doblada en el bolsillo de su chaqueta.
“Todavía hay mañanas.”
No sabía por qué esa frase le había pegado tanto.
Tal vez porque llevaba semanas viviendo como si cada día fuera una despedida.
Y Valeria…
de alguna forma…
estaba intentando enseñarle a vivir sin pensar solamente en el final.
Aunque ella también estuviera asustada.
La noche cayó lenta sobre la ciudad.
Nicolás acompañó a Valeria hasta su casa.
Caminaron despacio.
Sin prisa.
Como dos personas intentando alargar unos minutos más.
Ella llevaba su mano entrelazada con la de él.
Y Nicolás sentía el corazón extraño.
No enfermo.
Lleno.
Llegaron al edificio.
Y ahí apareció ese silencio incómodo que tienen las despedidas cuando uno no quiere irse.
Valeria lo miró.
—¿Va a quedarse mirándome así mucho rato?
Nicolás sonrió apenas.
—Capaz.
Ella soltó una pequeña risa.
Pero luego la sonrisa se apagó un poco.
—Prométame algo.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
Valeria bajó la mirada un segundo.
Como si le costara decirlo.
—Cuando se sienta mal… no me lo esconda.
Golpe suave.
Porque ella ya estaba aprendiendo a vivir pendiente de él.
Y eso le daba culpa.
—No quiero preocuparla todo el tiempo.
Valeria negó despacio.
—Eso ya está pasando.
Silencio.
—Entonces déjeme estar.
Esa frase…
le apretó algo dentro.
Porque toda la vida enfrentó todo solo.
Y ahora alguien estaba pidiéndole exactamente lo contrario.
Compartir el miedo.
Qué difícil era eso.
Nicolás le acarició la mano suavemente.
—Lo intento.
Valeria lo miró fijo.
—No.
Pausa.
—Hágalo.
Y otra vez…
ella tenía razón.
Se acercó.
Le dio un beso lento.
Y por un momento…
Nicolás olvidó todo.
El hospital.
El dolor.
El miedo.
Solo estaba ella.
Cuando se separaron…
Valeria apoyó la frente contra la de él.
—Todavía hay mañanas —susurró.
Nicolás cerró los ojos.
Como si necesitara guardar esa voz dentro de él.
—Sí…
Pero justo en ese instante…
el pecho volvió a dolerle.
Más fuerte que en la tarde.
El aire se le cortó apenas.
Y Valeria lo sintió enseguida.
Se alejó un poco.
—¿Qué pasó?
Nicolás intentó respirar normal.
—Nada…
Pero la cara lo traicionó.
Valeria cambió completamente.
El miedo apareció de inmediato en sus ojos.
—Nicolás…
Él se apoyó un segundo contra la pared.
Respirando lento.
Maldita sea.
No quería esto.
No aquí.
No frente a ella otra vez.
—Míreme —dijo Valeria intentando mantenerse tranquila—. ¿Es fuerte?
Nicolás tardó en responder.
Porque sí.
Lo era.
—Un poco…
Ella sacó el celular de inmediato.
—Voy a llamar—
—No.
La detuvo agarrándole la mano.
Valeria lo miró casi con rabia.
—¿Qué significa “no”?
—Espere…
Respiró otra vez.
El corazón golpeaba horrible.
Desordenado.
Y el miedo volvió.
Porque últimamente los episodios estaban empeorando.
Más seguidos.
Más intensos.
Valeria ya tenía lágrimas acumuladas.
—Odio esto… —susurró.
Nicolás levantó la mirada.
Y verla así…
rota por miedo a perderlo…
fue peor que el dolor físico.
—Perdón…
Ella negó de inmediato.
—No me pida perdón por enfermarse.
Golpe directo.
Porque él sí se sentía culpable.
Todo el tiempo.
El dolor empezó a bajar lentamente otra vez.
Pero el susto quedó ahí.
Pegado entre los dos.
Valeria respiró profundo.
Intentando calmarse.
—¿Ya pasó?
Nicolás asintió apenas.
Ella cerró los ojos.
Y entonces…
las lágrimas cayeron.
No dramáticas.
No escandalosas.
Pequeñas.
Silenciosas.
Eso siempre dolía más.
Nicolás le limpió una con cuidado.
—Ey…
Valeria soltó el aire temblando.
—Tengo miedo de acostumbrarme a perderlo poquito a poquito.
La frase…
lo destruyó.
Porque él también lo sentía.
Cada episodio.
Cada cansancio.
Cada mirada preocupada de la gente.
Era como desaparecer lento.
Nicolás tragó saliva.
Y entendió algo horrible:
no solo estaba luchando por vivir.
También estaba luchando para que las personas que amaba no se rompieran viéndolo apagarse.
Valeria lo abrazó fuerte.
Como si quisiera sostenerlo completo.
Y él…
por primera vez…
se permitió apoyarse de verdad en alguien.
No fingiendo fortaleza.
No actuando tranquilo.
Simplemente cansado.
Humano.
—No quiero que esto sea puro dolor… —murmuró Nicolás.
Valeria levantó la mirada.
—Entonces hagamos que también valga la pena.
Silencio.
Y otra vez…
ella decía exactamente lo que él necesitaba escuchar.
Porque sí.
Había miedo.
Muchísimo.
Pero también había amor.
Y tal vez…
eso era lo único capaz de pelear contra tanta oscuridad.
Más tarde, cuando Nicolás llegó a casa…
no pudo dormir.
Se sentó en la cama.
Sacó la lista.
La leyó otra vez.
Y debajo del último punto escribió algo nuevo:
Dejar que me quieran.
Se quedó mirando la frase largo rato.
Porque toda su vida había sido fácil irse.
Pero quedarse…
y dejar que alguien lo sostuviera…
eso sí daba miedo de verdad.
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