Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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capítulo 2 El sabor de la culpa
Yo no olvido nada, ni una sola risa, ni una sola mirada, ni una sola palabra que me rompió por dentro. Ellos creen que sí, que todo se quedó en ese piso frío donde caí, pero no. Yo sigo aquí, caminando entre ellos, respirando el mismo aire que antes me negaban.
-Lo que no se imaginan el precio que le va a costar pagar, por cada la grima que derrame, cada vergüenza, cada humillación, todos van a pagar.
Mientras avanzaba por el pasillo, lo observé a la distancia, como de costumbre, riendo junto a su mismo grupo de siempre. Su nombre era Mateo, el primero de los ocho, el que más fuerte me empujó, el que dijo aquella frase que todavía me quema por dentro.
- Mira quién anda limpiando, el viejo sucio.
Yo bajé la mirada, como lo hacía antes, como Daniela, pero por dentro, por dentro yo sonreía.
- Si supieras quién soy.
Ese día llevé conmigo una cajita, pequeña, blanca, con un lazo rojo. La sostuve fuerte mientras caminaba por el pasillo. Nadie sospecha de un conserje, nadie se fija en lo que lleva, nadie ve lo que hace.
Lo encontré solo, apoyado en una pared, mirando el celular.
- Oye muchacho - le dije despacio.
Él levantó la mirada, molesto.
- ¿Qué quieres viejo?
Yo levanté la caja.
- Es para ti.
Se rió.
- ¿Y eso? ¿Tú ahora das regalos?
Me acerqué un poco más.
- Es un detalle, de alguien que te recuerda.
Él dudó un segundo, pero su curiosidad pudo más. Abrió la caja sin miedo, sin pensar.
Era un bizcocho pequeño, sencillo, pero con un olor dulce, casi perfecto.
- Bueno, no se ve mal - dijo.
Yo lo miré fijo.
- Cómetelo.
Se encogió de hombros y tomó un pedazo.
Yo sentí algo… algo raro en el pecho. No era tristeza. No era miedo.
Era… justicia.
- Está bueno - dijo con la boca llena.
Me acerqué más.
- Claro que sí, yo misma lo preparé.
Se detuvo.
- ¿Tú?
Sonreí un poco, pero mis ojos no.
- ¿No te acuerdas de mí, Mateo?
Su expresión cambió, confundido.
- ¿De qué hablas viejo?
Me incliné hacia él, lo suficiente para que solo él escuchara.
-Soy Daniela.
El silencio fue pesado.
Se rió, con nervios.
- Tú estás loco…
Pero su risa se cortó.
Su mano tembló.
El pedazo de bizcocho cayó al suelo.
- No, no puede ser.
Sus ojos se abrieron, llenos de miedo, el mismo miedo que yo sentí aquel día.
- Tú... tú te moriste.
Asentí lentamente.
- Sí, tú me ayudaste con eso.
Empezó a respirar rápido.
- Yo, yo no fui.
- Mientes - dije seco - tú estabas ahí, tú reías, tú me empujaste.
Intentó retroceder, pero su cuerpo ya no le respondía.
Cayó de rodillas.
- No, por favor.
Sus labios se pusieron pálidos.
- ¿Sabes lo que es caer y que nadie te ayude? ¿Sabes lo que es escuchar risas mientras te mueres?
Negó con la cabeza, llorando.
- Perdón.. perdón.
Yo lo miré sin sentir nada.
- Muy tarde.
Su cuerpo empezó a convulsionar. Se llevó las manos al pecho, buscando aire, buscando ayuda.
Pero yo no hice nada.
Solo miré.
Como ellos miraron a quel día sin remordimientos.
Cayó al suelo, temblando, hasta quedarse completamente quieto y en silencio.
Respiré profundo.
- Quedan 11
¡Susurré! Con una sonrisa en mi rostro.
- Nadie vio nada. Nadie sospechó. Solo otro estudiante muerto, otra tragedia más en esa escuela podrida.
Pero yo sabía la verdad.
- Yo lo hice.
- Caminé lentamente, arrastrando el trapeador como si nada hubiera pasado. La sangre no se veía, pero yo la sentía en mis manos, me imaginaba sus cara al saber que su compañera había dejado de respirar.
- Esa noche, no dormí.
No porque me sintiera mal.
Sino porque recordé.
Recordé cómo me jalaban el pelo.
- Mira ese nido.
Recordé cómo me escondía en el baño para llorar.
Recordé cómo los profesores miraban y no hacían nada.
Y entonces, pensé en ella.
La segunda.
Valeria.
La que siempre se burlaba de mi olor, la que decía que yo apestaba, la que se reía tapándose la nariz.
- Qué asco Daniela.
Abrí los ojos.
Una sonrisa lenta apareció en mi cara.
- A ti te va a encantar lo que tengo preparado.
Al día siguiente fui al mercado del pueblo. Caminé entre los puestos como un fantasma más.
Hasta que lo encontré.
Un hermoso perfume color morado, su color favorito, dulce, pero fuerte.
Intenso.
Peligroso.
Lo tomé en mis manos.
- Perfecto...
Volví a la escuela con el perfume escondido.
La vi en el pasillo, hablando con sus amigas, me miraban y se reían de mí. Nada había cambiado ni siquiera lo que pasó con su compañero.
Yo me acerqué despacio.
- Niña - le dije.
Ella me míró con desprecio.
- ¿Qué quieres?
Le mostré el perfume.
- Es para ti.
Me míró con cara de asombro.
- ¿Y eso?
Me acerqué más, bajando la voz.
- Un regalo, de alguien que no te olvida.
Ella dudó, pero al mirar el hermoso color morado, la curiosidad volvió a ganar.
Extendió la mano.
Y yo.
- Yo no dejé de mirarla.
Porque sabía.
Que muy pronto.
Ella también sabría quién soy