Historia romántica
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TEMPORADA 2: LOS QUE NO VOLVIERON CAPÍTULO 1: LOS LIBROS NO SANGRAN
Milán llueve como si el cielo también estuviera enojado.
Mateo Rinaldi —porque así firma ahora en el colegio, aunque el “Rinaldi” le queme la boca cada vez— empuja la puerta de la librería de Franco con el hombro. No usa las manos. Las tiene metidas hasta el fondo de los bolsillos de la campera, los puños cerrados, los nudillos blancos. Afuera son las cuatro de la tarde, pero parece de noche. El invierno acá no pide permiso. Se instala en los huesos y no se va hasta abril.
La campanita de la puerta suena igual que la de la librería de El Trébol. Él se acuerda. No quiere acordarse, pero se acuerda. Por eso odia esa campanita. Por eso odia abril. Por eso odia casi todo.
—Llegaste tarde —dice Franco desde el mostrador. No levanta la vista. Está arreglando el lomo de un libro con cola y paciencia, como si el libro fuera un animal herido y él un veterinario de papel—. La profesora Strozzi llamó. Otra vez.
Mateo no contesta. Se sacude el agua del pelo y deja un charco en la madera lustrada. La librería de Franco es chica, cálida, huele a papel viejo y a café de filtro. Tiene dos sillones de cuero gastado al fondo donde los viejos del barrio van a leer el diario y no comprar nada. Franco nunca los echa. “Las librerías no son para vender”, dice siempre, con ese acento argentino que no perdió en veinte años en Italia. “Son para que la gente no se sienta sola”.
Mateo cree que eso es la frase más estúpida del mundo. Si fuera verdad, sus padres no estarían… donde sea que estén.
Camina directo a la sección de poesía. Nadie va a poesía. Por eso le gusta. Ahí puede estar solo y que nadie le pregunte si está bien. Saca un libro al azar, sin mirar el título. Alda Merini. No sabe quién es. No le importa. Lo abre por la mitad y lee una línea cualquiera, porque en el colegio le dijeron que la poesía se lee así, abriendo en cualquier parte:
"Yo fui amada en el vacío".
Cierra el libro de golpe. El sonido retumba en la librería como un disparo. El viejo del sillón ni se inmuta. Ya está acostumbrado a Mateo.
—Si vas a romper algo —dice Franco, todavía sin mirarlo, concentrado en su libro herido—, usá los de la caja azul. Son devoluciones. Esos nadie los va a extrañar. Los otros sí.
Mateo se da vuelta. Franco ahora sí lo mira. Tiene 50 años, pelo canoso atado en una colita baja, y unos anteojos redondos que siempre están torcidos. Tiene la cara de alguien que ya perdió cosas y aprendió a no hacer escándalo por eso. No parece malo. Ese es el problema. Sería más fácil si fuera malo. Si gritara, si lo castigara, si lo devolviera. Sería más fácil odiarlo.
—No voy a romper nada —miente Mateo. Tiene 12 años, pero cuando miente le sale la voz de 6. La voz de cuando Elena y Martín todavía lo acostaban y le decían que los monstruos no existían.
Franco suspira. Deja el libro y la cola. Se limpia las manos en un trapo que alguna vez fue una remera de los Rolling Stones y ahora es solo trapo. Lo mira fijo, sin lástima. Eso es lo único que Mateo le agradece: nunca lo mira con lástima.
—Hoy es 14 de abril —dice Franco.
No es una pregunta. Es un dato. Como decir “hoy llueve”.
Mateo se tensa. Lo sabe. Cuenta los días aunque jure que no, aunque le diga a Carla que le da igual, aunque raye los calendarios. Mañana se cumplen cinco años. Cinco años desde que dijeron “una semana, mi amor, solo una semana para nosotros” y la semana se tragó al mundo entero y no lo devolvió.
—No me importa —dice Mateo. Le sale en español. Cuando está enojado se le olvida el italiano. Otro motivo para estar enojado.
—A Lucía sí —responde Franco, y ahora sí es un golpe.
El nombre de su hermana es un golpe bajo. Siempre lo es. Lucía tiene 8 años y todavía habla de “mamá Elena” y “papá Martín” como si estuvieran en el supermercado y ya volvieran con las bolsas. Guarda una foto bajo la almohada, en una bolsita de tela que le cosió Carla. Mateo se la encontró una vez, hace dos años. Era de los cuatro en la librería de El Trébol, el día que la terminaron de pintar antes de abrirla al público. Elena tenía a Lucía bebé en brazos, con un gorrito de lana. Martín tenía a Mateo de 5 años sobre los hombros. Los cuatro se reían. Atrás, en la pared, se leía un cartel recién colgado: “El Refugio”.
Mateo le había sacado la foto y la había tirado a la basura de la cocina. Esa noche Lucía lloró hasta dormirse, con hipidos chiquitos que se escuchaban desde la pieza de al lado. A la mañana, la foto estaba otra vez bajo la almohada, planchada con cuidado. Carla se la había sacado de la basura a las tres de la mañana, la había limpiado con alcohol, le había puesto una cinta atrás porque se había rasgado una punta, y la había vuelto a poner. Sin decirle nada a Mateo. Sin retarlo. Sin mirarlo mal al desayuno.
Eso fue peor que un grito. Eso fue Carla diciendo: “Yo también te voy a cuidar aunque me odies”.
—Lucía es chica —dice Mateo ahora, y la voz le sale más dura de lo que quiere, más de 12 años que de 6—. Ya va a entender.
—¿A entender qué? —pregunta Franco. Deja el trapo y se acerca despacio, como si Mateo fuera un perro callejero a punto de morder o salir corriendo—. ¿Que sus padres la dejaron? ¿Eso tiene que entender?
—No los llames así —escupe Mateo. La rabia le sube desde el estómago como vómito—. Ellos no son nada. Se fueron. Punto. Se fueron y ya está.
Franco no se inmuta. Hace cinco años que aguanta esto. Cinco años de portazos, de malas notas, de citaciones del colegio, de noches en que Mateo se escapa y vuelve a las dos de la mañana con los nudillos lastimados. Cinco años de ver a un nene que llegó de Argentina con los ojos vacíos y que los fue llenando de rabia porque la rabia pesa menos que el hueco. La rabia, al menos, es algo.
—Tenés razón —dice Franco, y eso descoloca a Mateo. Siempre lo descoloca cuando Franco le da la razón—. No voy a llamarlos padres si no querés. Pero estuvieron seis años con vos, Mateo. Seis. Te cambiaron pañales, te enseñaron a andar en bici, te llevaron a la librería. Seis años cuentan. No se borran porque sí. No se borran porque una semana salió mal.
Mateo siente que algo le sube por la garganta. No es llanto. Es otra cosa, más vieja y más filosa. Es el recuerdo de Martín enseñándole a ponerle el precio a los libros con una etiquetadora. Es Elena leyéndole Donde viven los monstruos y haciendo la voz del monstruo. Es Lucía de bebé, babeándole el hombro.
No lo soporta.
Empuja el libro de Alda Merini contra el estante, con fuerza, con toda la que tiene. El estante entero tiembla. Un libro cae al piso con un golpe seco. Después otro. Cartas a un joven poeta, de Rilke. Tapa azul.
Franco no se mueve. No lo ataja. No le grita. Solo lo mira.
—Rompelos —dice Franco. La voz no tiene desafío, tiene permiso—. De verdad. Agarrá uno y rompelo por la mitad. Pero mirame mientras lo hacés. Quiero que sepas qué se siente romper algo que no te hizo nada.
Mateo lo mira con odio. O con algo que se parece al odio, pero que si lo mirás bien, es miedo. Agarra el libro de Rilke del piso. Es finito, liviano. Lo abre al medio. Podría partirlo. Sería fácil. El papel es viejo, cedería en seguida. Se escucharía el ruido y después nada.
Pero entonces se acuerda de algo. Una tarde, en El Trébol. Él tenía 4 años, ni siquiera. Había encontrado un crayón rojo y había rayado la tapa de un libro de Elena. Una línea gruesa, chueca. Esperaba un reto. Esperaba que le digan que los libros no se tocan. Elena se había sentado en el piso de la librería con él, le había dado otro crayón azul y había dicho: “Bueno, ahora este libro es nuestro. Le pusimos nuestra marca, como los perros. Pero la próxima, preguntá, ¿dale?”. Y después le había leído el libro entero, con los rayones y todo, haciendo las voces.
El recuerdo le cae encima como el agua helada de Milán. Le quema en el pecho. Le quema detrás de los ojos.
Tira el libro de Rilke al piso. No lo rompe. Es peor: lo abandona. Lo deja ahí, tirado, como si no valiera ni el esfuerzo de destruirlo.
—Los libros no sangran —dice, y su voz se rompe al final, se le quiebra en la última sílaba y lo delata—. Podés romperlos todos y no les duele. No sirve. No sirve para nada.
Franco camina hasta el libro, lo levanta del piso con cuidado y le saca la tierra con la manga del suéter. Lo mira como si fuera una persona. Le acomoda las páginas.
—Tenés razón —repite Franco por tercera vez en el día—. No sangran. Por eso la gente los rompe cuando no se anima a romper otra cosa. Cuando no se anima a decir el nombre de lo que sí le duele.
El silencio que sigue es largo. Afuera la lluvia golpea la vidriera y forma ríios chiquitos que bajan apurados. En el sillón del fondo, el viejo dormita con el diario La Repubblica en la cara, sube y baja con la respiración. La librería sigue igual. El mundo sigue igual. Cinco años y todo sigue, y eso es lo que más le duele a Mateo: que todo siga.
—Carla hizo ñoquis —dice Franco por fin, cambiando de tema como solo él sabe hacerlo, sin que parezca una huida—. Dijo que si no venís a cenar, te los guarda para mañana. Pero que hoy te esperamos. Los dos. Aunque llegues tarde y mojado y con cara de culo.
Mateo no contesta. Se mete las manos más hondo en los bolsillos y camina hacia la puerta. Las zapatillas hacen ruido en la madera por el agua. Antes de salir, se frena. No se da vuelta. Habla mirando la calle gris.
—Ellos no hacían ñoquis —dice. Habla de Elena y Martín. Hace años que no los nombra en voz alta. La última vez fue en el hogar de El Trébol, cuando la psicóloga le preguntó si los extrañaba y él le tiró un vaso de plástico—. Ella hacía guiso de lentejas. Él quemaba el pan. Siempre. Le ponía mucho fuego.
Es lo más largo que dijo sobre ellos en cinco años. Le sale sin querer. Le sale porque mañana es 15 y el cuerpo se le adelanta a la cabeza.
Escucha que Franco toma aire detrás de él. Cuando Franco habla, la voz le sale más baja, más ronca, como si él también tuviera algo atorado.
—Entonces mañana hacemos guiso —dice—. Le digo a Carla. Guiso de lentejas. Y yo quemo el pan. A propósito. Para acordarnos bien. Para que no se nos pase.
Mateo no dice nada. No puede. Empuja la puerta con el hombro. La campanita suena.
Y por un segundo, un segundo nada más, no odia el sonido. Por un segundo, suena a casa.
Afuera, Milán sigue lloviendo. Se sube el cuello de la campera hasta las orejas y empieza a caminar a casa. A la casa de los Rinaldi. A la pieza que comparte con Lucía, donde hay dos camas, una ventana que da a un patio interno, y una foto bajo una almohada que no es la suya.
Mañana se cumplen cinco años.
Y él no sabe todavía que mañana Lucía va a encontrar la caja del altillo. Que adentro va a haber un libro de El Trébol con olor a humedad y a pasado. Y que en ese libro, con la letra de Elena, la letra que le escribía notas en la vianda del jardín, va a haber una frase que lo va a romper más que cien libros de Rilke juntos.
Pero hoy, hoy solo camina bajo la lluvia, con los puños cerrados adentro de los bolsillos, pensando en guiso quemado y en que los libros no sangran.
Aunque a veces, cuando los abrís, parece que sí. Parece que sangran tinta y memoria y todo lo que no dijiste.