Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Tentación.
La mansión Becker resplandece, no hay otra palabra para describirlo. Cada rincón está iluminado con una elegancia impecable, las lámparas de cristal reflejan destellos dorados sobre el mármol pulido, y el murmullo de conversaciones importantes se mezcla con risas, brindis y el tintinear de copas. No es solo una fiesta: es una declaración de poder y una celebración doble.
El cumpleaños de Sabine Becker… y su regreso al mundo de los que caminan, después de más de trece años.
Cedric observa todo desde su lugar, con una copa en la mano, la postura relajada, pero la mente siempre alerta. Es imposible no sentir orgullo. Su madre avanza con ese prototipo que recorre su cuerpo desde la cintura hasta los pies, una estructura mecánica elegante, ligera, casi perfecta.
Jazmín Lobo está cerca, atenta, ajustando pequeños detalles con esa precisión que la caracteriza.
—Da otro paso, Sabine —dice con suavidad.
Sabine sonríe, emocionada, y lo hace.
Un paso, otro y luego otro más.
Los aplausos no se hacen esperar.
—Mírala —murmura Bastian a su lado, con la voz apenas contenida—. Joder… mírala.
Cedric asiente, tragando el nudo que se le forma en la garganta.
—Lo logró.
—Lo lograron —corrige Bastian, mirando a Jazmín quien fue la mente maestra.
Cerca de ellos, las familias aliadas completan el cuadro: los Lobo con su presencia imponente, los Novikov liderados por Damir junto a su esposa Jazmín, Sergei vigilando cada movimiento con su habitual frialdad.
Ava ríe mientras Stella corre entre los invitados, con una mano protectora descansando sobre su vientre.
—Esta vez es un niño —le comenta a Aurora con emoción.
—Ya era hora —responde Aurora con una sonrisa ladeada—. Necesitamos equilibrar la balanza.
Massimo interviene, divertido:
—Hablas como si fuera una guerra.
Aurora lo mira.
—Siempre lo es.
Las risas se mezclan, el ambiente es cálido, vivo… familiar dentro de lo que permite un mundo como el suyo y entonces todo cambia.
No hay anuncio, no hay aviso, pero ero Cedric lo siente como un golpe seco en el pecho, como si el aire se hiciera más denso. Su mirada se alza instintivamente hacia la entrada del salón y ahí está Adara Lobo.
Cuatro malditos años sin verla y ahora parece una visión.
El vestido negro se ajusta a su cuerpo como si hubiera sido creado para ella. Elegante. Sencillo. Mortal. Su andar es lento, seguro, con esa mezcla de inocencia y peligro que siempre la ha definido.
Pero sus ojos…
Dios, esos ojos oscuros, profundos y vivos lo encuentran y el mundo se detiene.
No es una simple mirada, es un choque, un reconocimiento, un recuerdo que no murió.
Cedric siente el impacto recorrerle el cuerpo como una descarga eléctrica. Sus dedos se tensan alrededor de la copa, la mandíbula se le endurece apenas y a su entrepierna llegan latigazos casi dolorosos.
Ella tampoco sonríe, pero algo en su expresión cambia y ambos lo saben, nada está igual.
Adara avanza como si nada, saludando con educación, con elegancia. Se detiene frente a Sabine, inclinándose ligeramente.
—Feliz cumpleaños, señora Becker —dice con una voz suave, controlada.
Le da un par de besos y luego entrega una pequeña caja cuidadosamente envuelta.
Sabine la recibe con una sonrisa genuina.
—Gracias, querida… has crecido aún más hermosa.
—Gracias.
Aurora aparece a su lado, abrazándola con fuerza.
—Por fin —murmura en su oído—. Ya era hora.
—Te extrañé.
—Yo más.
Los niños no tardan en rodearla.
—¡Tía Adara! —grita Giulia.
—¡Volviste! —añade Helmut.
—¿Qué nos trajiste? —pregunta Giada sin rodeos.
Adara ríe y ese sonido golpea a Cedric directo en el pecho.
Maldita sea.
Todo sigue.
La música, las conversaciones, los brindis, pero para él nada vuelve a ser igual porque ahora está ahí, porque cada vez que se mueve, él la sigue con la mirada, cada vez que alguien la hace reír algo en su interior se tensa y cuando ella desaparece del salón junto a Aurora, las niñeras y los niños…
Cedric no puede evitarlo dus ojos caen directo a su retraguardia, a la forma en que sus caderas se mueven al caminar.
Lento.
Natural.
Peligroso.
—Te vas a delatar —murmura una voz a su lado.
Bastian.
Cedric no responde.
—Si Phillips Lobo o su novio nota que te la comes con la mirada, estoy seguro que te castran.
—Cállate ¿Quieres?
—Cuatro años y sigues igual —añade su hermano.
—Cállate.
Bastian sonríe.
—Interesante.
Una hora después, la fiesta sigue viva, las copas han aumentado, la música es más lenta, más íntima y entonces ella regresa.
Cedric no espera ni duda, camina directo hacia ella. Adara lo ve venir y su corazón traiciona su calma, se detiene frente a ella demasiado cerca.
—¿Bailas? —pregunta él, con esa voz grave que nunca ha olvidado y le eriza hasta los bellos que no tiene.
Adara sostiene su mirada por un segundo.
—Sí —responde segura.
Sus manos se encuentran y es un error, uno enorme porque el contacto arde y parece quemar.
Se acomodan en la pista, él coloca una mano en su cintura, ella apoya la suya en su hombro.
Demasiado natural.
Demasiado correcto.
Demasiado… peligroso.
La música comienza y sus cuerpos se mueven perfectos como si nunca hubieran dejado de hacerlo.
—Has cambiado —dice él, en voz baja.
—Tú también.
—No tanto.
Adara alza apenas el mentón.
—Las canas te quedan demasiado bien.
Cedric suelta una leve risa.
—Y tú… —hace una pausa—. Tú no deberías vestir así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras exactamente lo que provocas.
Ella no responde, pero sus dedos se tensan ligeramente sobre su hombro.
El silencio entre ellos se llena de pensamientos que ninguno dice.
Él recuerda que ella tiene novio. Ella recuerda que él ya está comprometido.
Las miradas vuelven a encontrarse y ahí todo se rompe porque una cosa es lo correcto y otra muy distinta lo que desean.
Adara traga saliva.
—Felicidades por tu compromiso.
La frase cae como un golpe seco, Cedric no aparta la mirada.
—Gracias. Y felicidades para tí también por tu maestría.
Pero su tono no suena agradecido, se acerca apenas más.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Sigues… feliz?
Ella sostiene la mirada y miente.
—Siempre soy feliz.
Cedric la observa, sabe que no. Ella sabe que él lo sabe y eso lo hace aún peor.
La canción sigue, pero para ellos ya no es baile. Es guerra, es tensión, es deseo contenido y ambos entienden, en ese preciso instante que haberse reencontrado fue un error.
Uno del que no van a poder escapar.