Jeremy aceptó una propuesta laboral que le garantizaba el éxito profesional; el único problema era que lo llevó a la ciudad donde vivía Alisson, su primer y más grande amor, con quien las cosas no habían terminado nada bien hace diez años atrás. Al llegar no esperó encontrarse con la noticia de que su ex había fallecido el día anterior.
Asistió al funeral para despedirse como no pudo hacerlo antes, cuando puso una rosa en el ataúd, no pudo evitar derramar una lágrima; y eso fue suficiente para crear la conexión. Al llegar a su departamento, mientras terminaba de bañarse y limpiar el espejo empañado, vio a través del mismo el rostro de Alisson; acababa de toparse con el fantasma de su ex.
Ahora Alisson le pide ayuda para atrapar a su asesino, porque le asegura que ella no se mató, aunque no recuerda quien lo hizo. ¿Podrá Jeremy descubrir la verdad de la muerte de Alisson? ¿Podrá descubrir la verdadera razón de su separación?
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8. Esto es una muy mala idea
Jeremy dejó de sonreír. El cansancio, el absurdo, la negación, todo eso retrocedió un paso frente a algo que reconocía demasiado bien. Problemas que no se podían ignorar. Esa frase resonó en él con una vibración dolorosa. Él también había estado allí, en ese lugar vacío donde las opciones se agotan y el silencio es la única compañía. Sabía lo que significaba no tener a nadie más. Sabía el sabor amargo de la desesperación que no grita, sino que simplemente se sienta y espera el final.
La miró durante unos segundos, buscaba una señal de que esto era un truco, una alucinación inducida por el estrés, por el sueño, por la culpa de haberse ido y no haber vuelto. No la encontró. Solo había esa verdad desnuda y aterradora mirándolo desde unos ojos que, aunque no reflejaban la luz de la lámpara, reflejaban una urgencia desesperada.
- “Esto es una muy mala idea”, dijo Jeremy. La resistencia se le derritió, no porque estuviera convencido, sino porque no tenía la energía para mantener la barricada.
- “Sí”, admitió ella.
- “No tiene sentido”, continuó Jeremy, como si enumerar los defectos del plan pudiera disuadirla, o disuadirse a sí mismo.
- “No”, estuvo de acuerdo Alisson.
Jeremy exhaló. El aire salió de sus pulmones en un largo suspiro que pareció llevarse consigo la última de su compostura. Se miró las manos, esas manos que habían pasado a través del hombro de ella, manos que ahora se suponía que debían atrapar a un asesino. La ironía casi era cómica.
- “Y probablemente termine peor de lo que ya empezó”, añadió Jeremy, pensando en su trabajo, en su reputación, en lo que quedaba de su cordura.
Alisson no respondió. No hizo falta. Sencillamente mantuvo su postura, una estatua de gracia y determinación en medio de una cocina desordenada y triste.
Jeremy negó con la cabeza, una sonrisa mínima, casi resignada, tirándole apenas de un lado de la boca. Era la sonrisa de alguien que acepta un reto suicida porque la alternativa es aburrirse hasta la muerte, o porque, en el fondo, la culpa es un motor más potente que la razón. Se sentía como un personaje de una novela barata, atrapado en un argumento que ningún editor en su sano juicio aprobaría.
- “Genial”, murmuró para sí mismo, pero sabiendo que ella podía escuchar cada sílaba. “Volví a la ciudad equivocada, para el trabajo equivocado… y ahora estoy resolviendo el asesinato de mi ex con su fantasma”.
Hizo una pausa, dejando que la absurdidad de la situación se asentara en sus huesos. Miró a su alrededor, a las cajas sin abrir, a la encimera fría, a la ventana que mostraba una ciudad dormida que no tenía idea de la conversación que estaba teniendo lugar en ese cuarto piso.
- “Esto es nuevo”, dijo Jeremy.
Por primera vez, algo pareció a una sonrisa cruzó el rostro de Alisson. No fue una sonrisa completa, no hubo dientes ni risa, pero las comisuras de sus labios se levantaron unos milímetros, suavizando la dureza de su expresión. Fue un gesto sutil, casi imperceptible, una fisura en la máscara de seriedad sobrenatural.
Y en medio de todo lo imposible, eso fue lo único que se sintió peligrosamente familiar. Esa sonrisa torcida, esa capacidad para encontrar humor en la miseria más absoluta, eso era Alisson. Eso era lo que él recordaba, lo que había echado de menos sin saberlo, y lo que ahora, irónicamente, le estaba arrastrando al abismo.
La presencia de ella cambió entonces. La tensión eléctrica que mantenía rígida su postura pareció relajarse, como si el hecho de que él hubiera aceptado, aunque fuera a regañadientes, hubiera liberado un peso de sus hombros etéreos. El ambiente en la cocina pasó de ser una escena de una película de terror a algo más íntimo, más complicado.
Jeremy se apartó de la encimera y caminó hacia la nevera. Necesitaba algo que no fuera aire. Abrió la puerta, y la luz interior iluminó su cara cansada, destacando las ojeras profundas y la piel pálida. Agarró la botella de agua medio vacía, el plástico crujiendo bajo sus dedos, y bebió de largo, sintiendo el líquido frío bajar por su garganta, intentando lavar el sabor a ceniza y miedo.
- “¿Sabes algo?”, preguntó Jeremy, dejando la botella sobre la mesa con un golpe seco. “¿Algún nombre? ¿Algún lugar? ¿O solo esperas que yo salga y adivine? Me llamaste antes de morir, ¿recuerdas la razón?”
Alisson se movió. No caminó exactamente; se deslizó, sus pies descalzos no haciendo ruido alguno sobre el suelo de linóleo, aunque Jeremy sabía que no había fricción real. Se acercó a la mesa, mirando la botella de agua con una expresión de anhelo que le rompió el corazón. No podía beber. No podía comer. No podía sentir el frío del agua ni el calor del sol. Estaba atrapada en un estado de existencia perpetuo, un observador condenado a interactuar con el mundo físico sólo a través de intermediarios como él.