Valentina Ríos, una joven endeudada y desesperada por salvar a su madre enferma, acepta un contrato con el poderoso y frío empresario Adrián Solano. Él pagará todas sus deudas, pero a cambio ella deberá vivir durante un año en su residencia bajo estrictas condiciones y reglas que limitan gran parte de su libertad.
Desde el primer encuentro, Adrián deja claro que todo en su mundo tiene un precio y que él controla cada situación. Valentina siente el peso de ese poder desde el momento en que firma el contrato, entendiendo que prácticamente ya no tiene opciones reales.
Al llegar a la residencia Solano, descubre que la mansión funciona casi como una prisión elegante llena de normas, vigilancia y silencios incómodos. Durante la primera cena con Adrián, él demuestra su personalidad fría, dominante y calculadora, mientras ella decide en silencio que no permitirá que la conviertan en alguien dócil o invisible.
NovelToon tiene autorización de escritora 2.0 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13: La tregua del alba
La noche parecía no tener fin, y ninguno de los dos quería que lo tuviera. Ricardo estaba fuera de sí, perdido en un trance de lujuria que lo llevó a venirse incontables veces dentro de mí. Cada vez que el clímax lo alcanzaba, se tensaba como una cuerda a punto de romperse, hundiéndose en mi cuerpo con una desesperación que parecía un ruego silencioso. No había espacio para el aire, solo para el calor de su piel contra la mía y ese chapoteo rítmico que no cesó hasta que los músculos nos empezaron a fallar.
Estábamos sumergidos en el placer, en una burbuja donde el pasado y el futuro habían dejado de existir. Por primera vez, no hubo órdenes ni humillaciones. Solo éramos dos cuerpos tratando de llenar sus vacíos a través del otro.
Cuando la luz grisácea de la madrugada empezó a filtrarse por las cortinas, el ritmo frenético finalmente se detuvo. Ricardo se dejó caer a mi lado, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. El sudor nos mantenía pegados, y el aroma de nuestra entrega impregnaba cada rincón de la habitación.
En lugar de levantarse e irse, como siempre hacía, Ricardo hizo algo que me detuvo el corazón: se quedó.
Con una amabilidad que me resultó casi dolorosa, me rodeó con sus brazos y me atrajo hacia su pecho. Sus manos, que tantas marcas me habían dejado, recorrieron mi espalda con una caricia suave, casi protectora. Sentí la humedad de su última entrega todavía dentro de mí, un calor líquido que me recordaba lo profundo que se había hundido en mi ser. Se quedó dentro de mí, como si quisiera dejar su marca más allá de la piel, reclamándome desde el interior mientras el sueño empezaba a ganarnos.
—Duerme, Anaís —susurró contra mi frente. Su voz ya no era gélida, sino cargada de un cansancio vulnerable.
Por primera vez, no sentí miedo de cerrar los ojos a su lado. Me acurruqué en el hueco de su brazo, escuchando los latidos de su corazón, que poco a poco se fueron acompasando con los míos. Nos quedamos dormidos juntos, entrelazados entre las sábanas deshechas, mientras la mansión permanecía en un silencio absoluto.
Esa noche, Ricardo no fue el lobo, ni yo fui la presa. Fuimos simplemente dos náufragos descansando en la misma orilla, compartiendo el mismo aire antes de que el sol terminara de salir y el mundo recordara quiénes éramos en realidad.
La luz del sol entraba sin piedad por los ventanales, iluminando el caos de la habitación. Ricardo abrió los ojos lentamente, con el cerebro nublado por la resaca del whisky y la intensidad del sueño profundo. Por un segundo, no supo dónde estaba. Pero entonces sintió el calor de un cuerpo junto al suyo y la presión de su propio miembro, todavía firme y enterrado profundamente dentro de ella.
Se tensó al instante. Su respiración se detuvo cuando bajó la mirada y vio a Anaís.
Ella dormía plácidamente, con el rostro relajado y una expresión de paz que nunca le había visto. Tenía el cabello desparramado sobre el brazo de él y su piel conservaba el brillo del sudor de la madrugada. Ricardo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. No recordaba cómo había llegado a su cama, ni los besos suaves, ni las palabras obscenas, ni la forma en que se había entregado a ella una y otra vez.
En su mente solo había destellos borrosos: alcohol, el eco de un grito y un hambre voraz.
Se quedó paralizado, observándola sin atreverse a moverse, todavía unido a ella en esa intimidad física tan cruda. El miedo, un sentimiento que Ricardo no permitía en su vida, le recorrió la columna. Verla así, tan vulnerable y tranquila a su lado, le revolvió el estómago. Se sentía expuesto, como si Anaís hubiera robado una parte de su alma mientras él estaba inconsciente.
Se acercó un poco más, con el corazón martilleando contra sus costillas, y estudió sus facciones a la luz del día. El parecido le dolió como una puñalada.
—Se parece tanto a ella... —susurró en un aliento apenas audible, con la voz cargada de terror y amargura.
Era como si el fantasma de su esposa muerta hubiera tomado posesión del cuerpo de la mujer que él despreciaba. La confusión lo invadió: ¿A quién había poseído anoche? ¿A Anaís o al recuerdo que lo estaba volviendo loco?
Sintió un impulso violento de apartarse, de huir de esa cama que ahora se sentía como una trampa, pero su cuerpo todavía reaccionaba al calor de ella. Estaba atrapado entre el asco de sí mismo y la fascinación enfermiza que Anaís ejercía sobre su oscuridad. Se quedó allí, inmóvil, todavía dentro de ella mientras el silencio de la habitación se llenaba con el eco de su propio susurro roto.