Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 23
El evento de la Fundación Portuaria se celebraba en "La Fortaleza", una propiedad de los Durantt ubicada en un acantilado remoto, a tres horas de la ciudad. Era una estructura de piedra y cristal que desafiaba al océano, diseñada para impresionar y aislar. Lo que nadie previó fue la tormenta tropical que se desató con una furia ciega antes de que terminara la cena de gala. Los caminos de acceso, serpenteantes y propensos a deslaves, fueron clausurados por las autoridades.
Los invitados principales fueron evacuados en los últimos helicópteros antes de que el viento hiciera el vuelo imposible. Sin embargo, Tania se había retrasado revisando unos documentos de logística en la biblioteca, y Nicolás, en un arrebato de terquedad, se había negado a irse hasta confrontarla.
Ahora, el silencio de la mansión era interrumpido solo por el rugido de las olas rompiendo contra las rocas y el golpeteo violento de la lluvia contra los ventanales. La electricidad principal había caído, dejando el lugar bajo la luz vacilante de las lámparas de emergencia y las llamas de la chimenea que un empleado, antes de marcharse, había dejado encendida.
Tania estaba de pie frente al ventanal de la estancia, mirando la oscuridad. Se había quitado los tacones y sostenía una copa de vino tinto que apenas había probado. Su vestido esmeralda, bajo la luz del fuego, parecía cobrar vida propia.
Nicolás apareció desde las sombras del pasillo. Se había quitado el saco y desabrochado los dos primeros botones de su camisa. El cansancio de las últimas semanas y la intensidad de la situación le daban un aire vulnerable que Tania no había visto en años.
—El generador solo durará unas horas —dijo Nicolás, su voz resonando con una vibración grave en la estancia vacía—. No hay señal de celular y la radio dice que el camino no será seguro hasta el amanecer.
Tania se giró lentamente. La luz del fuego delineaba su silueta, creando una visión que hizo que Nicolás olvidara por un momento que ella era la mujer que estaba desmantelando su empresa.
—Es irónico —comentó Tania, con una voz aterciopelada pero distante—. La última vez que estuvimos bajo una tormenta como esta, tú me echaste a la calle. Ahora, la naturaleza nos obliga a encerrarnos juntos. El destino tiene un sentido del humor bastante perverso.
Nicolás caminó hacia ella, deteniéndose a la distancia justa para sentir el calor que emanaba de su cuerpo. El aroma a sándalo y lluvia que siempre la rodeaba lo envolvió, despertando recuerdos que creía haber enterrado bajo capas de arrogancia.
—No he dejado de pensar en esa noche, Tania —confesó él, y su mirada se volvió oscura, cargada de una honestidad cruda—. Ni una sola noche en seis años.
—Pensar en ello no cambia lo que hiciste, Nicolás. Solo hace que tu conciencia sea más ruidosa.
La tensión entre ambos no era solo odio; era una atracción magnética, física, que se alimentaba del historial de pasión que alguna vez compartieron. Nicolás dio un paso más, acortando el espacio hasta que solo unos centímetros los separaban. Pudo ver el pulso acelerado en el cuello de Tania, una traición de su cuerpo que ella no podía controlar.
Nicolás extendió la mano, rozando apenas un mechón de cabello que caía sobre el hombro de Tania. Ella no se movió, pero sus ojos se clavaron en los de él con una intensidad desafiante.
—Te odio por lo que nos hiciste —susurró Nicolás, su voz apenas un aliento—. Pero te deseo tanto que me cuesta respirar cuando estás en la misma habitación. Estás aquí, frente a mí, y siento que si no te toco, me voy a incinerar.
Lentamente, Nicolás deslizó su mano por el brazo de ella, sintiendo la suavidad de su piel. Tania cerró los ojos por un breve segundo, dejando escapar un suspiro que fue una mezcla de anhelo y resistencia. El aire entre ellos vibraba; el deseo era una fiera hambrienta que amenazaba con devorar la armadura de frialdad que ella tanto se había esforzado en construir.
Él se inclinó, buscando sus labios, buscando recuperar el territorio perdido a través de la piel. Pero justo cuando sus respiraciones se mezclaron, Tania puso una mano firme sobre el pecho de Nicolás, deteniéndolo.
No lo empujó con violencia, sino con una firmeza absoluta que fue más dolorosa que un golpe. Abrió los ojos, y la luz del fuego reveló una claridad que heló la sangre de Nicolás.
—No te equivoques, Nicolás —dijo ella, con una voz que no tembló ni un milímetro—. Mi cuerpo puede recordar el tuyo. Puedo sentir esta electricidad, esta urgencia que nos quema a ambos. Pero no confundas el deseo con el perdón.
Nicolás se quedó inmóvil, su mano aún rozando su brazo.
—Tania...
—Puedes tenerme en esta habitación, bajo esta tormenta, y puede que incluso yo me deje llevar por esta pulsión —continuó ella, acercándose a su oído para que cada palabra quedara grabada—. Pero mañana, cuando el sol salga y los caminos se abran, seguiré siendo la mujer que te va a quitar la constructora. Seguiré siendo la madre que te mantendrá alejado de Nico si intentas lastimarnos. El deseo es un instinto; el perdón es una decisión. Y yo ya decidí que no te debo nada.
Nicolás retrocedió un paso, como si las palabras de ella hubieran sido una descarga eléctrica. La vio servirse más vino con una mano impecablemente tranquila. Ella no era la mujer herida que buscaba consuelo; era la estratega que entendía que la carne es débil, pero la voluntad es eterna.
—Ve a dormir, Nicolás —sentenció Tania, dándole la espalda para mirar de nuevo la tormenta—. Tienes una habitación en el ala este. No desperdicies la noche imaginando reconciliaciones que no van a suceder. Mañana volvemos a la guerra.
Nicolás la miró por un largo rato, sintiendo una mezcla de admiración y agonía. La deseaba más que nunca, no solo por su belleza, sino por esa fuerza inquebrantable que él mismo había ayudado a forjar a través del dolor. Se dio cuenta de que Tania tenía razón: podía poseer el momento, pero nunca volvería a poseer a la mujer.
Caminó hacia la salida de la estancia, deteniéndose en el umbral.
—El deseo puede ser un instinto —dijo Nicolás antes de marcharse—, pero para mí, es el principio del camino para recuperarte. No me importa cuánto tiempo tome.
Tania no respondió. Se quedó sola con el sonido de la lluvia, apretando su copa con fuerza. Su respiración tardó varios minutos en volver a la normalidad. Había ganado esta batalla, pero la noche era larga y el fuego de la chimenea seguía ardiendo, recordándole que, aunque el perdón estuviera fuera de su alcance, el fantasma de lo que fueron seguía vivo, esperando un momento de debilidad para reclamar sus cenizas.