Reencarné para ser la villana, pero el corazón no entiende de guiones.
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Despertar en Seda 2
Me senté lentamente, la seda de las sábanas se deslizó por mi piel con una suavidad perturbadora. El espejo en la pared opuesta reflejó mi imagen. O mejor dicho, la imagen de Aurelia. Piel pálida como la luna, una cascada de cabello negro azabache enredado sobre los hombros, y unos ojos… los ojos de zafiro. Eran de un azul tan intenso, tan vibrante, que parecían perforar la luz roja, destacándose como joyas preciosas. Eran los ojos de la villana.
—No… no recuerdo —mentí, tratando de sonar distante y un poco mareada, esperando que encajara con su idea de una Aurelia aturdida por "vahos".
Sebastián dio otro paso, y la oscuridad de su figura pareció tragarse la luz.
—Oh, ¿de verdad? ¿No recuerdas la cena de anoche? ¿Los comentarios desafortunados que hiciste sobre la Princesa Elara? ¿La forma en que intentaste humillarla frente a toda la corte?
Mi mente se puso en blanco. ¿Elara? La heroína de la novela. La dulce y bondadosa Princesa Elara, el verdadero amor de Sebastián. Aurelia la odiaba con cada fibra de su ser, y sus intentos de sabotaje eran innumerables. La Aurelia original habría reaccionado con una indignación teatral, negando todo o justificando sus acciones con algún pretexto ridículo.
Un sudor frío me recorrió la espalda. Si yo era Aurelia, entonces ya había comenzado el camino hacia su condenación. Y lo peor, no sabía en qué punto exacto de la trama me encontraba. ¿Cuánto tiempo me quedaba antes de que su destino, mi destino, se sellara?
Me forcé a levantar la barbilla, canalizando la arrogancia de la villana.
—Ciertas personas necesitan que se les ponga en su lugar. La ingenuidad de Elara es… exasperante.
Las palabras salieron de mi boca con una facilidad que me asustó. Era como si el cuerpo recordara el libreto, el papel que debía interpretar. Sebastián me observó con una mirada que no revelaba nada, pero sentí una ola de disgusto que emanaba de él.
—Su ingenuidad es su virtud, Aurelia —replicó con frialdad. —Y tu… tu veneno, tu propia perdición.
Sus palabras eran como dagas, cada una golpeando el corazón de la Aurelia original. Sentí un eco de dolor, de rabia, de humillación que no me pertenecía, pero que se agitaba en el cuerpo que ahora habitaba. Era la herida de un amor no correspondido, de un desprecio que la había consumido.
Me levanté de la cama, mis pies descalzos tocando el frío mármol del suelo. El vestido de dormir de seda se ajustaba a mis curvas de una manera que me hacía sentir incómoda y vulnerable. Sentí una ráfaga de aire frío, un recordatorio de que estaba en un lugar que no era el mío, en un cuerpo que no era el mío.
—¿Qué quieres, Sebastián? —pregunté, mi voz ahora tenía un matiz de la impaciencia de Aurelia. —No estoy de humor para tus sermones.
Él dio otro paso, acortando la distancia entre nosotros hasta que estuvimos a solo un brazo de separación. Su altura me eclipsaba, su presencia era una presión abrumadora. Pude oler un ligero aroma a hierbas y tinta de pergamino en él, y por un momento, me perdí en los recuerdos de la Aurelia original: sus momentos robados con él, las promesas rotas, la desesperación de un amor que sabía que nunca sería correspondido.
—El rey ha solicitado tu presencia esta mañana —dijo, ignorando mi pregunta. —Parece que tus… travesuras… han llegado a sus oídos de nuevo. Te sugiero que te vistas apropiadamente y procures no añadir más leña al fuego de su descontento.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de un rayo. ¿El rey? Eso significaba mi padre. Y si el rey ya estaba al tanto de mis "travesuras", la situación era más grave de lo que pensaba. La Aurelia original ya estaba en un punto crítico de su declive. El reloj estaba corriendo.
Sebastián me miró una vez más, sus ojos se detuvieron en los míos, una chispa indescifrable en su oscuridad. No era ira, ni desprecio, era algo más complejo, algo que no pude descifrar. ¿Lástima? ¿O una profunda y dolorosa decepción?
—No te demores, Aurelia —dijo finalmente, su voz volvió a ser fría. Se giró y comenzó a alejarse, sus pasos silenciosos sobre el mármol. La sombra que proyectaba se alargaba y se hacía más grande con cada paso, envolviendo la habitación en una oscuridad momentánea.
Me quedé de pie, inmóvil, observando su retirada. Mi corazón latía con furia, con una impotencia que me asfixiaba. Quería gritarle, decirle que yo no era *esa* Aurelia, que no merecía su desprecio. Pero las palabras se ahogaron en mi garganta. Él no me creería. Nadie lo haría. Estaba atrapada en este cuerpo, en este guion, en este destino.
La luz roja de la sala parecía ahora aún más ominosa, pintando el lujoso espacio con el matiz de la sangre. La cama de seda, los muebles opulentos, los espejos adornados con oro… todo se sentía como una jaula.
Su sombra recortada contra la luz roja de la sala.