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Bilogía Rivales

Bilogía Rivales

Status: En proceso
Genre:Atracción entre enemigos
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

1 - El Juego Prohibido de los Rivales:

En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.

2 - El Juego Mortal de los Rivales:

Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.

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Jaque Mate al Corazón II

Me soltó con un gesto despectivo y siguió caminando. Me quedé allí, temblando de rabia y de algo más que no quería admitir. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, odiaba lo que representaba, odiaba que pudiera comprar la verdad. Pero también, en lo más profundo de mi alma, sentía una descarga de adrenalina cada vez que nuestras mentes chocaban. Él era el único que me veía realmente, el único que no se dejaba engañar por mi fachada de "abogada perfecta".

Esa noche, no pude dormir. Mi apartamento en el Upper West Side se sentía pequeño, asfixiante. Las luces de la ciudad entraban por la ventana como recordatorios de todos los secretos que Draven ocultaba bajo su asfalto. A las dos de la mañana, mi teléfono vibró. Era un número privado.

—¿Sí?

—Señorita Moretti, no pregunte quién soy —la voz estaba distorsionada—. Si quiere saber la verdad sobre los diamantes desaparecidos y lo que Julian Draven está planeando para el torneo de la próxima semana, vaya al muelle 14 en treinta minutos. Venga sola.

El corazón me dio un vuelco. Sabía que podía ser una trampa. Sabía que ir sola a un muelle a esa hora era una invitación al desastre. Pero la posibilidad de atrapar a Julian, de verlo finalmente con las esposas puestas, era una droga demasiado potente.

Me vestí rápidamente con ropa oscura y salí a la noche. Nueva York estaba extrañamente silenciosa. Tomé un taxi hasta unas manzanas antes del muelle y caminé el resto del camino. El olor a salitre y a gasoil me recibió cuando llegué a la estructura oxidada del muelle 14.

—¿Hay alguien aquí? —pregunté al vacío.

Solo el chapoteo de las olas contra los pilares me respondió. Me adentré más en las sombras, con la mano en mi bolso, aferrando un spray de pimienta que sabía que sería inútil contra los hombres de Draven.

De repente, una luz cegadora se encendió desde un almacén cercano. Varias figuras salieron de la oscuridad. No eran informantes. Eran hombres con uniformes tácticos, sin insignias. Me rodearon en segundos.

—Bianca Moretti —dijo uno de ellos—. El señor Draven le envía sus saludos.

Me agarraron antes de que pudiera gritar. Un trapo con olor a cloroformo cubrió mi boca y nariz. Luché, pateé, intenté morder, pero el mundo empezó a dar vueltas. Lo último que vi antes de que la oscuridad me reclamara fue un coche negro que se acercaba lentamente, y la silueta de un hombre apoyado contra la puerta, fumando un cigarrillo con una calma insultante.

Cuando desperté, no estaba en un muelle. Estaba en una habitación lujosa, pero sin ventanas. Las paredes estaban revestidas de terciopelo azul oscuro y el suelo era de mármol negro. Me dolía la cabeza y sentía el sabor metálico del miedo en la boca. Estaba tumbada en una cama enorme, pero mis manos no estaban atadas.

La puerta se abrió y Julian Draven entró. Ya no llevaba traje. Vestía una camisa de seda negra entreabierta y pantalones oscuros. Se veía más letal que nunca, un depredador en su propio territorio.

—Bienvenida a la guarida del lobo, Bianca —dijo, sentándose en un sillón frente a la cama—. Espero que el transporte no haya sido demasiado... brusco.

—¿Me has secuestrado? —pregunté, incorporándome. Me sentía débil, pero la rabia empezó a quemar la neblina del cloroformo—. Draven, esto es el fin para ti. Cuando mi firma se dé cuenta de que he desaparecido...

—Tu firma cree que te has tomado unos días de descanso por estrés. Les enviamos un correo electrónico desde tu cuenta personal hace una hora. Estás en un retiro espiritual, Bianca. Qué irónico, ¿verdad?

Se levantó y se acercó a la cama. Se inclinó sobre mí, atrapándome entre sus brazos. Su presencia era abrumadora, el espacio entre nosotros cargado de una tensión estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara.

—No te he traído aquí para matarte —susurró—. Aunque muchos en mi organización creen que es lo que debería hacer. Te he traído porque ha comenzado algo que es más grande que tú y que yo. Los diamantes que mencionaste... no son solo diamantes. Son las llaves para un torneo clandestino de mentes criminales. Y tú, querida Bianca, acabas de ser inscrita como mi "propiedad".

—¿Qué? —mi voz salió como un chillido—. ¡No soy propiedad de nadie!

—En este torneo, lo eres. Es la única forma de que entres, y la única forma de que yo pueda protegerte mientras investigas. Quieres atraparme, ¿no? Quieres ver el fondo de mi mundo. Pues bien, te estoy abriendo la puerta. Pero el precio es que, ante los ojos de los demás jugadores, me perteneces.

Me miró con una intensidad que me hizo temblar. No era solo una táctica de negocios. Había un deseo crudo, una obsesión que latía en el aire.

—Es un jaque mate al corazón, Bianca —continuó—. Si juegas, podrías destruirme. Pero si pierdes, te perderás a ti misma en mi oscuridad. ¿Qué decides?

Lo miré, viendo al monstruo y al hombre al mismo tiempo. Sabía que era una trampa, una red tejida con hilos de seda y sangre. Pero también sabía que no podía dar marcha atrás. Mi obsesión por la justicia se había encontrado con su obsesión por el poder.

—Jugaré —dije, mi voz firme de nuevo—. Pero recuerda esto, Julian: en el ajedrez, a veces la reina es la que acaba con el rey.

Él sonrió, una sonrisa de verdad esta vez, peligrosa y fascinante.

—Eso espero, Bianca. Porque una victoria fácil no valdría el alma que estoy dispuesto a perder contigo.

Se alejó de la cama y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y me miró por encima del hombro.

—Prepárate. Mañana conocerás a los Moretti y a los Draven de una forma que nunca imaginaste.

La puerta se cerró con un clic metálico. Me quedé sola en la habitación de terciopelo, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo mis pies. Estaba dentro. Estaba en el corazón del imperio de Julian Draven. Pero mientras el miedo me recorría, también sentí una chispa de triunfo.

La guerra apenas comenzaba.

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