⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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El hambre crecía
La oficina de la residencia de la frontera era un espacio rectangular, diseñado para la eficiencia y el aislamiento. Dos escritorios de roble oscuro se enfrentaban el uno al otro, separados apenas por un pasillo de un metro. Era un espacio pequeño para dos Alfas de su magnitud, pero ahora, con la presencia de Joel, se sentía como una celda de castigo.
Joel no se había quedado en la cocina. Se había instalado en una silla de cuero justo al lado de la puerta principal de la oficina. No leía, no usaba el teléfono; simplemente estaba allí, con las manos sobre las rodillas, observándolos trabajar como si fueran especímenes en un laboratorio.
Zen intentaba concentrarse en las gráficas de su monitor. Sus dedos volaban sobre el teclado, pero su mente estaba en otra parte. Específicamente, en las piernas de Hendrik, que estaban cruzadas a menos de un brazo de distancia de las suyas.
—Señor De Vries —la voz de Joel rompió el silencio del tecleo—, su postura es demasiado relajada para una revisión de contratos. Por favor, mantenga la compostura profesional.
Hendrik, que estaba echado hacia atrás en su silla con una arrogancia natural, apretó los dientes y se enderezó. Miró a Joel con una furia contenida que habría hecho temblar a cualquiera, pero el Beta no parpadeó.
—Gracias, Joel —masculló Hendrik—. Me alegra saber que mis vértebras son parte de la seguridad nacional.
Zen soltó un suspiro corto. La tensión en la habitación era tan alta que el aire parecía vibrar. El aroma de Hendrik, ese abedul ahumado que anoche lo había vuelto loco, ahora era una distracción insoportable. Al estar encerrados y bajo estrés, las feromonas de Hendrik se volvían más pesadas, más exigentes. Era como si el Alfa de Hendrik estuviera gritando: "¡Atención!", y el cuerpo de Zen respondía con un calor que empezaba a humedecer su frente.
—Zen —dijo Hendrik de repente, su voz sonando más profunda de lo normal—. Necesito que revises el anexo cuatro. Hay una cláusula de indemnización que no me cuadra.
—Pásamelo —respondió Zen, tratando de que su voz sonara fría.
Hendrik se inclinó sobre el escritorio para entregarle la carpeta. Fue un movimiento calculado. Al hacerlo, su mano rozó "accidentalmente" la de Zen. Fue apenas un segundo, un contacto de piel contra piel que mandó una descarga eléctrica directamente a la columna de Zen.
Joel se puso de pie de inmediato.
—Señores, eviten el contacto físico innecesario. Las transferencias de documentos pueden hacerse a través de la bandeja central.
Zen retiró la mano como si se hubiera quemado. Hendrik, en cambio, mantuvo la mano sobre la mesa un momento más, desafiando a Joel con la mirada antes de retirarse.
—Es solo papel, Joel —gruñó Hendrik—. No le voy a contagiar la peste.
—Mis órdenes son evitar cualquier interacción que pueda derivar en un conflicto físico, señor De Vries —respondió Joel con una calma exasperante—. Y todos sabemos que ustedes dos tienen una historia de violencia.
Si supieras qué tipo de "violencia" practicamos anoche, pensó Zen, sintiendo un nudo de deseo y ansiedad en el estómago.
Pasaron las horas. El sol empezó a bajar, tiñendo la oficina de tonos anaranjados. La falta de contacto estaba volviendo loco a Hendrik. Para un Alfa dominante, tener a su compañero cerca y no poder tocarlo, ni siquiera mirarlo a los ojos por más de tres segundos, era una forma de tortura china.
Zen se levantó para buscar agua en el dispensador del rincón. Al pasar por el lado de Hendrik, sintió la mirada del Alfa quemándole la cadera. Fue un momento de debilidad; Zen dejó caer su bolígrafo al suelo, justo a los pies de Hendrik.
Ambos se agacharon al mismo tiempo para recogerlo. Bajo el nivel del escritorio, ocultos por un breve instante de la vista directa de Joel, sus rostros quedaron a centímetros.
—Te necesito —susurró Hendrik, tan bajo que solo Zen pudo oírlo. Sus ojos estaban oscuros, dilatados por la necesidad—. Este viejo me está volviendo loco. Huele a ti en toda la habitación y no puedo tocarte.
Zen sintió que sus piernas temblaban. La cercanía de Hendrik era como una droga.
—No podemos —susurró de vuelta, con el corazón en la garganta—. Si das un paso en falso, Joel llamará a mi padre.
—Que llame —dijo Hendrik, estirando un dedo para rozar apenas la muñeca de Zen, oculto por la sombra del mueble—. No voy a aguantar seis meses así, Zen. Mi Alfa te reclama. Te siento vibrar desde aquí.
—¡Señores! —la voz de Joel sonó como un látigo—. Levántense de inmediato.
Se incorporaron rápidamente. Zen tenía las mejillas encendidas y Hendrik respiraba con dificultad. Joel se acercó a ellos, examinándolos con una sospecha evidente.
—Señor Grimhand, parece que tiene dificultades para respirar. ¿El sistema de supresores no es suficiente? —preguntó Joel, acercándose un poco más, como un perro de caza que ha detectado un rastro.
—Estoy bien, Joel. Solo es el cansancio de los informes —mintió Zen, ajustándose la corbata con dedos torpes.
—En ese caso, sugiero que terminen por hoy —sentenció Joel—. Cenarán en mesas separadas en el gran salón para evitar tensiones innecesarias. Y después, cada uno a su habitación. Yo mismo cerraré el acceso al ala oeste por la noche.
Hendrik golpeó el escritorio con el puño.
—¡Esto es una cárcel! ¡No soy un prisionero!
—Es un heredero en una misión crítica, señor De Vries —respondió Joel sin inmutarse—. Y mi misión es que esa misión no fracase por impulsos inmaduros.
Esa noche, la separación se sintió como una herida abierta. Zen estaba en su cama, mirando el techo, sintiendo el vacío del lado que Hendrik había ocupado la noche anterior. El aroma de Hendrik seguía en las almohadas, una tortura constante que le recordaba la fuerza de sus manos y el calor de su cuerpo.
En el pasillo, Joel caminaba de un lado a otro, sus pasos rítmicos avisando que la vigilancia no cesaba.
Pero lo que Joel no sabía era que el deseo entre dos Alfas que se han reconocido no se puede detener con puertas o guardias. A través de la pared que compartían, Hendrik dio tres golpes suaves. Toc, toc, toc.
Zen apoyó su mano contra la pared fría, sintiendo la vibración del otro lado. Cerró los ojos, imaginando que Hendrik estaba allí mismo. La prohibición de Joel solo estaba logrando algo peligroso: estaba transformando su rivalidad en una obsesión. Si durante el día tenían que fingir odio, por la noche el hambre crecía hasta volverse incontrolable.
La guerra de los besos había pasado a ser una guerra de resistencia. Y Zen sabía que, tarde o temprano, uno de los dos iba a romper la puerta para llegar al otro, sin importar las consecuencias.
Porque cuando un Alfa decide que otro es suyo, no hay Beta ni contrato que pueda mantener las cadenas puestas por mucho tiempo.
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