En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 03
El peso de los recuerdos ajenos se manifestaba en sueños vívidos, imágenes fragmentadas de una vida que no era la suya pero que la impulsaba a actuar.
Las semanas siguientes fueron una lucha constante entre la identidad de la antigua Astrid y la de la nueva. Por las noches, cuando se refugiaba en una pequeña cabaña abandonada que había encontrado en las afueras de una aldea llamada Umbra, los sueños la asaltaban.
Veía a una niña corriendo por campos de trigo bajo un sol abrasador, sintiendo el amor de una madre que ya no estaba. Escuchaba canciones de cuna en un idioma que no era el de Avalon, pero que su cuerpo entendía perfectamente. Esos recuerdos le daban un contexto de este mundo: la escasez, el miedo constante a las incursiones de las criaturas del bosque y la reverencia absoluta hacia los "Guardianes", seres poderosos que supuestamente mantenían a raya a los demonios.
Pero Astrid sabía, por su propia experiencia con el poder, que los "Guardianes" rara vez hacían algo de forma gratuita.
—Tengo que moverme —se dijo una mañana, mientras afilaba un cuchillo de cocina con una piedra—. Si los demonios están despertando y hay una profecía sobre una extranjera, este lugar es el primero donde buscarán.
Decidió dirigirse hacia la capital de Eterna, esperando perderse entre la multitud. Si lograba llegar a la gran biblioteca, quizás podría encontrar una forma de sellar su aura mística para que nadie pudiera reconocerla como alguien de otro mundo. Sin embargo, el camino estaba lleno de peligros. El aire se volvía más pesado a medida que avanzaba hacia el este, y el cielo se teñía de un rojo crepuscular que nunca terminaba de oscurecerse.
Una tarde, mientras cruzaba un desfiladero estrecho, el ambiente cambió drásticamente. El sonido de los pájaros cesó. El viento se detuvo. Un olor a ozono y ceniza inundó el lugar. Astrid se agachó tras una roca, conteniendo el aliento.
Abajo, en el sendero, un grupo de soldados de Eterna, con sus armaduras doradas, rodeaban a lo que parecía ser una brecha en la realidad misma. El aire se retorcía como cristal roto. De repente, de la brecha surgió una criatura; no era un demonio de los libros, sino algo mucho más elegante y aterrador. Un ser de oscuridad líquida que desmembró a los guardias en segundos, sin emitir un solo sonido.
Astrid sintió que el corazón le martilleaba en las costillas. Quería correr, pero sus pies estaban clavados al suelo por una presión invisible. La criatura se detuvo y miró hacia su posición.
—Sal de ahí —dijo una voz. No era la criatura la que hablaba.
De entre las sombras de los árboles opuestos, emergió un hombre. Vestía ropas negras de cuero y una capa que parecía absorber la poca luz que quedaba. Su cabello era plateado, como la luna, y su rostro poseía una belleza fría, casi inhumana. Lo más impactante eran sus ojos: un ámbar encendido que parecía ver a través de la carne y los huesos, directo al alma.
El hombre levantó una mano y, con un gesto indolente, la criatura de oscuridad se disolvió en humo negro, regresando a la brecha que se cerró al instante. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por la respiración agitada de Astrid.
Él comenzó a caminar hacia ella. Cada paso que daba hacía que la tierra vibrara con un poder ancestral que Astrid reconoció de inmediato. Era el poder de los que están más allá de la vida y la muerte. Era el poder de un demonio, pero uno de la jerarquía más alta.
Astrid salió de su escondite, sabiendo que no servía de nada ocultarse. Se puso erguida, recuperando por un momento la postura de la heredera de Avalon, a pesar de sus ropas humildes.
—¿Quién eres? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara.
El hombre se detuvo a pocos metros. Una sonrisa casi imperceptible, cargada de una peligrosa curiosidad, bailó en sus labios. La observó no como a una campesina, ni siquiera como a una humana normal, sino como un depredador que finalmente encuentra una presa que le resulta fascinante.
—Soy Mason Dryad —respondió él, y el nombre vibró en los oídos de Astrid como un trueno lejano—. Y tú... tú eres el eco que he estado buscando por diez mil años. Tu alma huele a un mundo que ya no existe, Astrid D'Avalon.
Astrid sintió que el mundo giraba. Él conocía su nombre real. Él sabía quién era ella antes de la traición. El destino, con su crueldad habitual, la había arrojado directamente a los brazos de aquello de lo que más temía: un ser que no podía ser engañado por las apariencias.
Fue entonces cuando su mirada se cruzó con la de Mason Dryad, un hombre cuya aura emanaba un poder ancestral y una oscuridad seductora.