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La pista de Valeria
Los días que siguieron se convirtieron en una auténtica pesadilla, una sucesión interminable de tensión, miedo y violencia constante. Aunque habíamos capturado y encerrado al líder del ataque anterior, parecía que el enemigo tenía una fuente inagotable de hombres dispuestos a morir o a matar sin dudarlo un segundo. Casi no podíamos dormir, casi no podíamos descansar ni un momento, porque en cualquier instante, ya fuera de pleno día o en la oscuridad profunda de la noche, se escuchaban las alarmas, los gritos de alerta y el ruido metálico de las armas anunciando que un nuevo intento de asesinato estaba en marcha.
Eran como sombras que surgían de la nada, hombres silenciosos, entrenados y letales que se infiltraron una y otra vez en el castillo, buscando cualquier resquicio, cualquier descuido o punto débil para acabar con nuestras vidas. La seguridad se triplicó y luego se cuadruplicó, los pasillos estaban siempre llenos de guardias con las espadas desenvainadas y los ojos bien abiertos, pero aun así, el peligro estaba presente en cada rincón, en cada sombra alargada por las antorchas y en cada cruce de mirada sospechosa.
Habíamos logrado detenerlos a todos, uno por uno, repeliendo cada embate con fuerza y determinación, pero la frustración que sentíamos era enorme y desgastante. La mayoría de las veces terminaban muertos en el acto, o peor aún, se quitaban la vida ellos mismos mordiendo cápsulas de veneno escondidas en sus dientes antes de poder ser interrogados, llevándose cualquier secreto importante a la tumba y dejándonos nuevamente con las manos vacías. Nos sentíamos acorralados, impotentes, como si estuviéramos luchando contra un fantasma invisible al que no podíamos golpear ni alcanzar de ninguna manera.
Sin embargo, todo cambió drásticamente en la madrugada del tercer día.
Se produjo un nuevo ataque, pero esta vez fue mucho más violento, mucho más ruidoso y desesperado que todos los anteriores. Un grupo pequeño pero extremadamente bien armado y equipado logró penetrar las defensas exteriores y avanzar peligrosamente hasta los aposentos privados, pero esta vez estábamos preparados, estábamos alerta y esperándolos. Kaelen reaccionó con una furia bestial, defendiéndonos con una fuerza y una agilidad sobrehumanas, cortando el aire con su espada como un rayo, y los guardias personales rodearon a los intrusos en cuestión de segundos, acorralándolos sin posibilidad de escape.
A todos los acabaron dando muerte rápidamente, menos a uno. Solo quedó uno con vida, atrapado brutalmente contra la fría pared de piedra, temblando como una hoja seca de miedo y con una afilada espada presionándole fuertemente el cuello, impidiéndole moverse ni un solo milímetro.
—¡Mátennos ya! ¡Es preferible morir antes que hablar! —gritaban con fanatismo los demás antes de caer, pero este último, al ver que todos sus compañeros caían uno tras otro y que él era el único que quedaba vivo y atrapado, sintió que todo su valor y su falso coraje se le evaporaban por completo en cuestión de segundos.
—¡No! ¡Por favor, no me maten! ¡Yo no quiero morir! ¡Piedad! —gritó el hombre con la voz rota, soltando su arma al suelo con estruendo y levantando las manos temblorosas hacia arriba, llorando y sudando frío del terror más absoluto—. ¡Yo solo obedezco órdenes! ¡Yo no soy un asesino por gusto, me obligaron! ¡Yo solo quiero vivir!
Kaelen se acercó lentamente, paso a paso, hasta quedar cara a cara con él, invadiendo su espacio personal con una presencia imponente y una mirada tan helada y aterradora que parecía que hasta el aire se congelaba a su alrededor.
—Tienes una única oportunidad, una sola, para seguir respirando —dijo Kaelen con voz grave, profunda y cortante como el acero—. La última vez nos mintieron o no supieron nada útil, pero tú... tú vas a hablarme claro, directo y sin rodeos ahora mismo. Dime la verdad... ¿Dónde tienen a Valeria? ¡Dime exactamente dónde la esconden!
El hombre tragó saliva con muchísima dificultad, miró hacia todos lados como buscando desesperadamente una salida que sabía que no existía, y finalmente, su voluntad se quebró totalmente en mil pedazos. El miedo a morir allí y entonces fue mucho más fuerte que cualquier lealtad jurada o cualquier amenaza que hubiera recibido anteriormente.
—¡Está bien! ¡Lo diré todo, lo juro por Dios y por mi alma! —sollozó el prisionero inclinando la cabeza hacia el suelo, vencido y humillado—. No la tienen aquí cerca, mi Señor, se la llevaron muy lejos hace tiempo para que nadie pudiera encontrarla ni rastrearla. Está retenida en una vieja fortaleza olvidada, en lo alto de las montañas del norte, justo cerca del límite con el bosque oscuro. Ese lugar se conoce como el Fuerte de Ámbar.
Sentí en ese mismo instante cómo el corazón se me encogía violentamente en el pecho y una mezcla de emoción y alivio me recorrió todo el cuerpo. ¡Por fin! ¡Un nombre! ¡Un lugar concreto! ¡Una verdadera esperanza!
—¿Estás completamente seguro y convencido de lo que estás diciendo? —le pregunté yo acercándome rápidamente hasta él, con la voz entrecortada y llena de una urgencia desesperada—. ¿Sabes exactamente dónde queda eso? ¿Cómo es el camino? ¿Cómo es el lugar?
—Sí, señora, sí, se lo juro por mi vida y por todo lo que tengo más sagrado —afirmó él asintiendo frenéticamente con la cabeza una y otra vez—. Es una orden estricta y rigurosa que tienen todos los que trabajamos para ellos. Ella está ahí, viva, vigilada día y noche por los mejores y más crueles guardias que tienen. Solo los de más alto rango saben la ruta exacta y los accesos secretos, pero yo conozco el sitio, he estado cerca de ahí y sé cómo llegar sin perderse ni equivocar el camino. Es el único lugar seguro y oculto que tienen lejos de aquí.
—¿Y quién está al mando ahí? ¿Quién es el encargado de vigilarla? —insistió Kaelen apretando fuertemente los puños, conteniendo la rabia.
—Es... es gente muy leal al verdadero jefe, gente fanática que no duda ni un segundo en matar o en morir —respondió el hombre con voz temblorosa y apenas audible—. Pero si van rápido, si parten ahora mismo sin perder ni un minuto más, quizás todavía estén a tiempo de sacarla de ahí antes de que se den cuenta de que yo he hablado y decidan moverla o hacerle daño. Por favor, créanme, no sé nada más, eso es absolutamente todo lo que sé, ¡por favor no me maten ahora que ya les dije la verdad!
Kaelen se giró bruscamente hacia mí, nuestros ojos se encontraron firmemente y en los suyos pude ver una mezcla explosiva de alivio profundo, de urgencia inminente y de una determinación absoluta e inquebrantable. Después de tanto tiempo buscando, de tantos misterios, de tantos callejones sin salida y de tanto miedo, por fin teníamos una pista real, un destino claro y concreto al que ir.
Valeria estaba viva, estaba en el Fuerte de Ámbar, y ahora por fin sabíamos dónde ir a buscarla.
—¡Atención todos, escúchenme bien! —ordenó Kaelen con voz potente y autoritaria que retumbó en toda la estancia y llegó hasta los pasillos—. Preparen todo inmediatamente. Reúnan a los mejores caballeros, a los más leales y fuertes, preparen los caballos, las armas y provisiones rápidamente. Nos vamos al amanecer, no podemos esperar más. ¡Marchamos hacia las montañas del norte! ¡Vamos a rescatar a Valeria!
La noticia corrió como la pólvora por todo el castillo. La desesperación y la incertidumbre de los días anteriores se transformaron al instante en acción, en esperanza renovada y en furia guerrera. Por fin dejábamos de estar encerrados y a la defensiva, por fin íbamos a ser nosotros los que saliéramos tras ellos.