"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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CAPÍTULO 3: LA LISTA NEGRA
Cumplí los quince años sin fiesta, sin lujos, pero con una tortita que mi madre horneó con el poco amor que le quedaba en el cuerpo. Se lo agradecí con el alma, porque sabía que cada ingrediente era un milagro en esta casa maldita. Mi padre, el hombre que debía ser mi refugio, se había convertido en mi mayor verdugo. Desde los catorce, ya no solo golpeaba a mamá; ahora también descargaba su odio sobre mí.
Iba al colegio con suéteres largos y pantalones anchos, incluso en los días de calor, para que nadie viera los morados que decoraban mi piel. Pero la humillación siempre encontraba una forma de entrar.
Un día, Jordan Popó, en uno de sus arranques de estupidez, me jaló la camisa con tanta fuerza que la rompió. Quedé expuesta, mostrando una franelilla vieja, pálida y manchada porque no teníamos dinero para ropa nueva. Las risas de todo el salón me golpearon más fuerte que los puños de mi padre. Ese día, en lugar de llorar, saqué un cuaderno viejo y escribí:
Jordan Popó.
Sus secuaces.
No sabía por qué lo hacía, pero al anotar sus nombres sentí un alivio gélido. Era una promesa silenciosa.
Poco después, fuimos de paseo al zoológico. Mi madre había hecho sacrificios humanos para conseguir el dinero. Yo solo quería estar con Hanna y ver a los animales, pero el mal no descansa.
—Oye, piojosa, mira ese mono... se parece a ti —se burló Jordan.
Traté de ignorarlo, pero me tomó del cabello y me estrelló contra el suelo. Sus amigos sujetaron a Hanna para que no pudiera usar su karate.
—¡Apenas me suelten te voy a romper la cara, Jordan! —gritaba ella furiosa.
Él me arrastró por el suelo y me dio una patada antes de salir corriendo cuando vio que la profesora se acercaba. Hanna me ayudó a levantarme, limpiándome el polvo.
—No te metas en problemas por mi culpa, Hanna —le dije con la voz muerta—. Él se cree mucho porque tiene dinero, pero no vale nada.
—¿Estás bien, Luna? —preguntó la maestra al llegar.
—Sí, profe... solo me tropecé —mentí, como siempre.
Hanna me miró con una mezcla de lástima y rabia.
—¿Hasta cuándo vas a aguantar a ese bastardo? Nadie le creerá a la "chica sin dinero", lo sé... pero te enseñaré karate. Tienes que defenderte.
Al regresar a casa, el sol se apagó. Mamá no estaba. Mi padre me recibió con un grito que me heló la sangre.
—¿Para dónde estabas tú, mocosa?
—En una salida del colegio... —susurré bajando la cabeza.
—¡Tú no tienes mi permiso! —me agarró del pelo y me lanzó al suelo—. ¡Entiende que de aquí no sales!
Se quitó el cinturón y el mundo se volvió dolor y cuero. Me arrastró de nuevo por el cabello hasta mi cuarto y cerró la puerta con llave.
—¡De aquí no sales, ni comes, ni bebes agua! —rugió.
Pasé días encerrada, deshidratada, escuchando cómo golpeaba a mi madre por haberme dejado salir. Anoté su nombre en mi cuaderno, justo debajo de los amigos de Jordan. Mi padre era el número tres.
Cuando finalmente abrió la puerta, estaba borracho y me sacó a golpes de nuevo. Mamá intentó defenderme.
—¡Déjala, Pedro! Está débil, no ha comido...
—¡Cállate, puta! —le gritó él, dándole una cachetada que la mandó al suelo junto a mí.
Cuando él se fue, mamá me levantó y me llevó a la mesa. Me sirvió una sopa fría y agua.
—Mami, ¿te duele la cara? —le pregunté mientras bebía desesperada.
—No, mi amor... come, mi niña. Duerme conmigo hoy.
Esa noche, mientras dormía abrazada a ella, decidí que Luna Mongoberry no volvería a la escuela. Ya no quería ser la víctima de Jordan ni la carga de mi madre. Decidí trabajar a escondidas de mi padre. Salí a la calle a buscar empleo, pero el mundo me cerraba las puertas en la cara por ser menor de edad.
Nadie quería contratar a una niña con marcas de golpes y ropa vieja. Pero yo no me iba a rendir. Si el camino legal no me quería, el "mal camino" me estaba esperando con los brazos abiertos.