Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Fuego bajo la piel
Habían pasado poco más de seis semanas desde aquella noche infernal. Desde que Isabella había sido rescatada de las garras de Dante Salvatore, todo cambió de forma irrevocable. Vittorio, movido por la paranoia y la necesidad de proteger a su hija a toda costa, la había escondido en un país lejano, sin nombre, sin tiempo. Uno donde el cielo era siempre gris, el aire olía a bosque húmedo, y el frío calaba hasta los huesos. Un refugio invisible para la mafia italiana… y para los fantasmas del pasado.
Allí, en medio de la nada, la rutina se había vuelto extrañamente íntima. Entrenamientos intensos por la mañana, comidas en silencio al mediodía, tardes de lectura o películas en la sala, y noches plagadas de insomnio compartido. Luca estaba a su lado como escolta, sí… pero había algo más. Algo que crecía cada día, como una brasa que se niega a apagarse.
Ella lo notaba. En la forma en que él la miraba cuando pensaba que ella no lo veía. En cómo le corregía la postura durante los entrenamientos. En cómo le apartaba el cabello con los dedos, sin decir una palabra.
Ese día, sin saber por qué, el aire estaba distinto.
La sala de entrenamiento improvisada en el viejo galpón tenía un calor húmedo, a pesar del invierno que mordía fuera. Isabella se encontraba de espaldas, frente al espejo, practicando una postura defensiva. Luca se acercó por detrás, sin decir palabra. Sus manos firmes le sujetaron los codos y, con suavidad, le corrigió la posición.
—No tenses los hombros. Dejá que el movimiento fluya —murmuró cerca de su oído, con la voz grave, envolvente. El aliento de él le rozó el cuello. Isabella sintió cómo se le erizaba la piel, cómo el pulso se le aceleraba sin permiso.
—Difícil no tensarse… así —respondió, con un tono que ni ella reconoció.
Hubo un silencio espeso. Cargado. Luego, como si algo invisible se rompiera, Luca la giró de golpe hacia él y la besó.
La besó con furia contenida. Con deseo acumulado. Con esa mezcla de rabia, ternura y necesidad que hace que el mundo desaparezca. Isabella se aferró a su nuca, se dejó llevar, devoró su boca como si fuera su única fuente de oxígeno.
Él la alzó con facilidad por detrás de los muslos y la sentó sobre la mesa de madera. Las piernas de ella se envolvieron en su cintura y los besos se volvieron desesperados. Ropa cayendo, piel descubriéndose centímetro a centímetro. Luca se deshizo de su camiseta, revelando su torso definido, lleno de cicatrices antiguas. Isabella le acarició el pecho, temblando entre deseo y vulnerabilidad.
—Estás preciosa —susurró él, rozándole los labios.
Ella respondió con un gemido contenido, cerrando los ojos mientras sentía cómo sus dedos bajaban por su cuerpo, dibujando cada curva. La penetración fue lenta, intensa. Profunda. Y entonces, se perdieron.
Los movimientos eran rítmicos, firmes, como si sus cuerpos se conocieran desde antes de conocerse. Él la sostenía de las caderas, ella se aferraba a su espalda, jadeaban al unísono, sudaban, ardían.
—Luca… —susurró ella, entrecortada.
—Te necesito… no sabés cuánto —murmuró él, con la voz rota.
Ambos se desbordaron juntos, temblando, deshechos, unidos. Y por unos segundos, el mundo volvió a tener sentido.
Más tarde, cuando el sol se había ocultado tras el bosque nevado y el aire se volvió helado, Isabella estaba acostada en la cama, envuelta en una sábana, mirando el techo. Luca dormía a su lado, con el brazo rodeándola. Su respiración era profunda, su rostro sereno. Parecía en paz.
Pero ella no.
Acarició sus propios labios, aún hinchados por los besos. Sentía el eco del placer aún latiendo entre sus muslos. Y sin embargo… algo la inquietaba.
La imagen de Dante apareció en su mente como una sombra. Su mirada penetrante, su voz grave, ese beso robado cargado de furia y deseo, la forma salvaje en que la había tocado, como si supiera que no debía, pero no pudiera evitarlo.
¿Era culpa lo que sentía? ¿Un trauma que su cuerpo no podía procesar? ¿O algo más retorcido, más oscuro?
Cerró los ojos con fuerza, tratando de expulsar esa sensación. Pero no desaparecía. Estaba tatuada en su piel, como un recuerdo que no sabía si quería borrar.
—No —murmuró para sí—. Esto es lo correcto. Luca es lo correcto.
Pero las brasas seguían vivas, encendidas bajo su piel. Y el fuego, ese que no eligió, la seguía consumiendo por dentro.