Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 19: EL JUICIO DE EL SOKOLOV [+18]
El silencio en el gran salón de la mansión Ivanov era absoluto, pesado como el plomo. El eco de los pasos de Andriy resonó contra el mármol negro recién pulido cuando arrastró a su propio hermano, Lev, hacia el centro de la sala y lo obligó a arrodillarse. Lev tenía el rostro magullado, el labio partido y la respiración agitada; Andriy no había tenido piedad al cazarlo en uno de los pisos francos de la mafia ucraniana en la Costa Oeste.
Damiano observaba la escena desde el sillón principal, con una pierna cruzada sobre la otra y una copa de cristal intacta en la mano. La luz de la luna que se filtraba por los inmensos ventanales iluminaba su rostro, dándole el aspecto de una deidad vengativa.
Detrás de él, como una sombra monstruosa a punto de desatarse, Zakhar mantenía ambas manos apoyadas en los hombros de su esposo. La respiración del siberiano era un siseo bajo, contenido a duras penas.
– Lo hiciste porque lo amas – la voz de Damiano cortó el silencio. No fue una pregunta, fue una sentencia letal que hizo que Lev levantara la mirada, escupiendo un hilo de sangre en el suelo inmaculado.
– Él era un dios de la guerra antes de conocerte – gruñó Lev, sus ojos claros ardiendo de resentimiento hacia Damiano, para luego desviarse hacia Zakhar con una devoción enferma. – Eras intocable, Zakhar. Y ahora permites que este italiano arrogante te ponga una correa y redecore tu imperio. Quería devolverte tu libertad.
Zakhar soltó un gruñido animal y dio un paso al frente, sacando su cuchillo con la intención de decapitar a Lev allí mismo. Pero la mano de Damiano se alzó, deteniéndolo en seco. El siberiano se congeló, obedeciendo el gesto de su esposo contra todos sus instintos asesinos. Andriy, que observaba con la mandíbula apretada, notó el control absoluto que Damiano ejercía sobre la bestia.
Damiano se puso de pie, caminando lentamente hasta quedar a escasos centímetros de Lev.
– Tu error, Lev, fue creer que él estaba prisionero. Zakhar no es mi esclavo; es mi otra mitad – Damiano ladeó la cabeza, su mirada oscura destilando una superioridad gélida. – Según las leyes de la Bratva, quien atenta contra el consorte del líder, muere. Pero no voy a ensuciar mi casa nueva con tu sangre.
Damiano levantó la vista hacia Andriy. El líder ucraniano tenía los puños apretados; odiaba a su hermano por la traición, pero compartían la misma sangre. Damiano lo sabía.
– Por respeto a la lealtad inquebrantable de Andriy, quien arriesgó su vida por mi, te perdono la vida, Lev – sentenció Damiano. Un murmullo ahogado recorrió a los capitanes presentes. – Pero ya no eres un Sokolov en la Costa Oeste. Serás desterrado a las refinerías más recónditas de Siberia. Sin nombre, sin rango, sin familia. Si intentas volver, Andriy mismo te pondrá una bala en la cabeza. ¿Queda claro?
Andriy asintió, un gesto de puro agradecimiento y respeto brillando en sus ojos. Damiano acababa de demostrar que no era solo un Moretti protegido; era un Ivanov estratega, un rey que entendía que perdonar estratégicamente otorgaba más poder que masacrar ciegamente.
[Horas más tarde - Suite Principal]
La adrenalina había abandonado sus cuerpos, dejando paso a una vulnerabilidad abrumadora. La habitación estaba sumida en la penumbra, solo rota por el tenue resplandor plateado de la luna que se colaba entre las cortinas entreabiertas. Zakhar estaba sentado en el borde de la inmensa cama, con la cabeza entre las manos, temblando de una manera que aterrorizaría a sus enemigos. El siberiano, la bestia indomable de la Bratva, se deshacía en silencio.
Damiano, vestido solo con una camisa de seda negra que pertenecía a su esposo y que le llegaba a mitad de los muslos, se arrodilló entre las piernas del siberiano. Con ternura firme, separó las manos grandes y callosas de Zakhar, revelando un rostro surcado por lágrimas silenciosas que brillaban como plata líquida sobre sus cicatrices.
– Te vi en esa cámara frigorífica y sentí que me arrancaban el corazón a pedazos, dusha moya – susurró Zakhar, su voz rota y grave, enterrando el rostro en el pecho de Damiano como si quisiera fundirse con él. – Si hubiera llegado un minuto tarde... si ese japonés te hubiera tocado...
– Pero llegaste – lo interrumpió Damiano suavemente, acariciando el cabello rubio y desordenado de su esposo. Sus dedos se deslizaron con devoción por cada mechón, mientras besaba una a una las cicatrices de su rostro: la que cruzaba la ceja, la que marcaba el pómulo, la fina línea en el labio.
Zakhar soltó un sonido ahogado, mitad gruñido, mitad sollozo, y lo abrazó por la cintura con fuerza desesperada, tirando de él hasta acostarlo en la cama. No hubo brutalidad esa noche, ni la ferocidad salvaje que solía marcar sus encuentros. Solo una devoción desesperada, casi religiosa.
Zakhar se cernió sobre él con lentitud reverencial, como si Damiano fuera un altar y él un pecador arrepentido. Sus manos grandes recorrieron el cuerpo de su esposo con una delicadeza que contrastaba con su tamaño: deslizó los dedos bajo la camisa de seda, subiéndola poco a poco mientras besaba cada centímetro de piel expuesta. Besó el hueco de su garganta, el centro de su pecho donde latía el corazón, las costillas que aún guardaban moretones leves del secuestro. Cada beso era una promesa y una disculpa
Damiano se arqueó bajo él, entregándose por completo. Sus manos se enredaron en el cabello de Zakhar, tirando suavemente mientras un gemido bajo escapaba de sus labios. No había prisa. Solo la necesidad de sentir. Zakhar bajó más, besando su vientre, lamiendo el borde de la cadera, separando sus muslos con reverencia para adorar la piel sensible del interior. Su boca era caliente, húmeda, devota; su lengua trazaba patrones lentos que arrancaban temblores y suspiros entrecortados de Damiano.
– Zakhar... – susurró Damiano, la voz quebrada por el placer y la emoción.
El ruso levantó la mirada, sus ojos se oscurecidos por el deseo y algo mucho más profundo. Se incorporó solo lo necesario para quitarse la ropa que aún le quedaba, y luego volvió a cubrir el cuerpo de su esposo con el suyo. Piel contra piel, calor contra calor. Entró en él con una lentitud agonizante, centímetro a centímetro, sin apartar la mirada ni un segundo. Ambos jadearon al unísono cuando estuvieron completamente unidos.
Se movieron como una sola entidad. No era follada salvaje; era hacer el amor con la intensidad de quienes casi se pierden. Zakhar empujaba profundo y lento, girando las caderas para rozar ese punto que hacía que Damiano clavara las uñas en su espalda ancha. Cada embestida era acompañada de besos: en la boca, en el cuello, en los párpados cerrados. Susurraban palabras en ruso y italiano entremezclados – lyubimyy, tesoro mío, siempre mío....
mientras el sudor perlaba sus pieles y los gemidos se volvían más roncos.
Damiano se entregó sin reservas, abriéndose más, rodeando la cintura de Zakhar con las piernas para sentirlo más profundo. Sus cuerpos se mecían en un ritmo antiguo y sagrado, sanando las heridas del secuestro con cada roce, con cada contracción, con cada aliento compartido. Cuando el placer creció hasta volverse insoportable, Zakhar deslizó una mano entre ellos y acarició a Damiano con la misma devoción, llevándolo al límite.
Se corrieron casi al mismo tiempo: Damiano con un gemido largo y tembloroso, derramándose entre sus cuerpos; Zakhar enterrándose hasta el fondo con un gruñido gutural, llenándolo mientras sus músculos se tensaban como cables de acero.
No se separaron inmediatamente. Zakhar permaneció dentro de él, abrazándolo con fuerza, sus frentes pegadas, respiraciones mezclándose. Lágrimas silenciosas volvieron a rodar por el rostro de Zakhar, y Damiano las besó una a una.
– Nunca más – juró Zakhar en un susurro roto.
– Nunca más – repitió Damiano, acariciando su nuca. – Estamos vivos, dusha moya. Y seguiremos estándolo juntos.
Hicieron el amor una vez más esa noche, aún más lento, aún más profundo, hasta que el agotamiento los venció entrelazados, piel con piel, corazón con corazón. La Costa Oeste podía arder afuera; dentro de esa suite, solo existían ellos dos y la devoción más oscura y pura que jamás hubiera conocido la mafia.