Todos hemos sido villanos en la historia mal contada de alguien.
Ángela Martinelli Villalba, jamás imaginó que un día sería la antagonista en la vida del hombre al que más amaba. Durante cuatro años fue la esposa leal y profundamente enamorada de Iván Aristeguí, el temido capo de la mafia española, conocido en el bajo mundo como El Rey Rojo. Un hombre que no necesita levantar la voz para imponer respeto; su apellido y su sobrenombre bastan para infundir temor.
Pero una tarde de invierno, las promesas se quiebran.
Darío Aristeguí, primo de Iván, en complicidad con Marina Saldaña, urde una traición perfecta. Con pruebas fabricadas y mentiras cuidadosamente sembradas, acusan a Ángela de deslealtad frente a su esposo. Cegado por la ira y el orgullo, Iván no escucha, no pregunta, no duda. La sentencia sin juicio y la abandona en manos del hombre que más la odia.
Ángela suplica. Implora una oportunidad. Ruega que él la mire a los ojos y le diga de qué la acusa. Pero Iván le da la espalda
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CEO implacable...
La mañana siguiente al anuncio oficial que Audrey Monticello había hecho ante la junta directiva del consorcio y los empleados —quienes seguían atentos al revuelo desatado el día anterior con la aparición de la nueva heredera Martinelli—, el ambiente estuvo cargado de tensión desde mucho antes de que iniciara la reunión corporativa.
El gigantesco edificio del Consorcio Martinelli, ubicado en el corazón financiero de la Toscana italiana, amaneció rodeado de escoltas vestidos de negro, vehículos blindados y medidas de seguridad que no se habían visto desde la muerte del antiguo CEO del consorcio.
Los empleados murmuraban en los pasillos.
Los ejecutivos caminaban con carpetas en mano y rostros rígidos.
Los accionistas importantes habían sido convocados de emergencia a la lujosa sala principal de juntas.
Nadie sabía exactamente qué esperar de la mujer que se rumoraba sería la nueva CEO, porque Audrey Monticello aún no había hecho el anuncio oficial ante todos los sectores del consorcio.
Para muchos, Ángela seguía siendo solo “la hija del antiguo CEO”.
Para otros, era una mujer demasiado joven para cargar sobre sus hombros un imperio empresarial de semejante magnitud y, para quienes conocían los verdaderos alcances del apellido Martinelli, también el peso de una poderosa organización criminal.
Y para unos pocos… era una incógnita peligrosa.
Las puertas del salón se abrieron puntualmente a las nueve de la mañana.
Los murmullos cesaron de inmediato y todos se pusieron de pie automáticamente.
La junta estaba conformada por los socios más influyentes, accionistas mayoritarios y los directores de cada departamento, todos ubicados en orden de rango dentro del consorcio.
Audrey Monticello entró primero como actual CEO, acompañado por Adriel e Ibrain.
Detrás de ellos apareció ella, tacones negros, traje sastre color grafito perfectamente ajustado a su figura.
Cabello corto, liso, con aquellos reflejos verdes oscuros que endurecían todavía más sus facciones, labial color vino, joyas discretas, pero tan costosas que gritaban poder y stilettos que la hacían lucir aún más inalcanzable.
Su mirada fría y escrutadora ya tenía a todos intimidados… y eso que todavía no pronunciaba una sola palabra.
No caminaba como una empresaria, caminaba como una reina entrando a reclamar su trono.
Muchos se pusieron de pie automáticamente, otros apenas lograron disimular su desconcierto.
Matteo De Luca, sentado del lado izquierdo de la mesa principal, sintió que el día estaba más soleado únicamente porque ella acababa de entrar.
Aquella mujer era todavía más intimidante de cerca, más hermosa, eso solo empeoraba el efecto devastador que tenía sobre él.
Ángela no miró a nadie en particular.
Su atención recorrió el salón completo evaluando activos, riesgos, aliados y amenazas al mismo tiempo, como si cada persona allí fuera una pieza más dentro de un tablero perfectamente calculado.
Audrey tomó la palabra mientras todos tomaban asiento… menos Ángela.
—A partir de hoy, Ángela Martinelli Villalba asumirá oficialmente la presidencia ejecutiva del Consorcio Martinelli y el control absoluto de todas las empresas, inversiones, rutas comerciales y sociedades pertenecientes al legado de su padre.
El salón quedó completamente mudo.
—La señorita Martinelli no está aquí por favoritismo, compasión o capricho familiar, como algunos creerán —continuó Audrey con voz firme y autoritaria—. Está aquí porque es la única heredera legítima del imperio Martinelli y porque posee la preparación, inteligencia y carácter necesarios para dirigirlo.
Hizo una pausa lenta antes de rematar:
—Quien tenga un problema con eso puede presentar inmediatamente su carta de renuncia… o vendernos sus acciones.
Varias miradas incómodas se cruzaron entre sí, algunos accionistas desviaron los ojos, otros se removieron en sus asientos con evidente tensión.
Ángela avanzó entonces hasta la cabecera principal de la mesa y tomó asiento lentamente.
Cruzó las piernas, entrelazó los dedos sobre la mesa y habló.
Su voz fue tranquila, elegante serena. —No vine aquí para agradarle a nadie. Vine a manejar lo que me pertenece.
Algunos ejecutivos tragaron saliva de inmediato. —Durante años este consorcio funcionó bajo una estructura cómoda para muchos y extremadamente conveniente para otros tantos… especialmente para quienes se tomaron atribuciones que jamás les correspondieron.
Sus ojos recorrieron lentamente a varios presentes. —Eso termina hoy.
Adriel le pasó una carpeta grande de cuero negro mientras Ibrain se encargaba de colocar frente a cada ejecutivo una carpeta idéntica que contenía apenas un documento firmado por ella.
El sonido del papel al abrirse fue lo único que se escuchó durante varios segundos.
—Quiero auditorías completas de cada empresa filial, balances financieros detallados de los últimos cinco años, revisión de contratos, movimientos fiscales, convenios políticos y registros internos de gastos del personal ejecutivo.
Su mirada se endureció todavía más. —Todo estará sobre mi escritorio en un máximo de diez días.
No sonó como una petición, ni siquiera como una orden. Sonó como un hecho consumado.
La mayoría se tensaron, Porque varios allí sabían perfectamente que tenían cosas ocultas, también entendían que, si no eran inteligentes, podrían perderlo absolutamente todo.
Uno de los directores financieros aclaró la garganta con nerviosismo. —Señorita Martinelli… algunas auditorías podrían tardar más tiempo debido al volumen de información y—
Ángela lo interrumpió sin subir el tono.
—Entonces le sugiero que duerma menos.
El hombre quedó en silencio inmediatamente.
Matteo tuvo que bajar la mirada para ocultar la sonrisa que amenazaba con aparecer en sus labios. ¡Dios!…
Aquella mujer no necesitaba levantar la voz para aplastar a cualquiera, mientras el resto de la mesa empezaba a sentir miedo de la nueva reina del consorcio…
Matteo De Luca se sentía más fascinado con la reina de hielo.
—También habrá cambios internos —continuó ella sin alterar el tono—. Cambios administrativos, estratégicos y disciplinarios. Y quiero dejar algo claro desde este momento…
Levantó lentamente la mirada, recorriendo uno a uno los rostros presentes. —La incompetencia, la corrupción interna y el abuso de autoridad no tendrán cabida bajo mi administración.
Matteo no podía dejar de observarla, estaba completamente embobado con ella, Audrey, desde el otro extremo de la mesa, notó aquello mucho más rápido de lo que Matteo habría querido.
El capo italiano entrecerró apenas los ojos mientras analizaba al lobo Nero.
En su opinión, Matteo De Luca no era un hombre adecuado para su sobrina… y Ángela tampoco estaba disponible para nadie.
No después de lo que había vivido.
Definitivamente tendría que hacerle un par de advertencias al italiano antes de que confundiera fascinación con posibilidades reales.
Mientras tanto, Matteo analizaba cada detalle de Ángela.
La manera en que hablaba.
La seguridad brutal con la que dirigía la reunión.
La autoridad natural que irradiaba incluso estando quieta.
La elegancia fría de sus movimientos.
La inteligencia afilada que parecía esconderse detrás de cada palabra perfectamente calculada.
Era hipnótica, peligrosa y precisamente esa combinación era la que lo atraía como un imán.
Uno de los accionistas más antiguos levantó entonces la mano con evidente incomodidad.
—Señorita Martinelli… con todo respeto, dirigir un consorcio de esta magnitud requiere experiencia práctica. Muchos aquí llevamos décadas manejando estas empresas. Tal vez sería prudente que usted—
Ángela lo interrumpió sin siquiera subir la voz.
—¿Su nombre es?
El hombre titubeó un segundo.
—Ginno Rocco.
Ella abrió lentamente la carpeta que tenía frente a sí.
—Cincuenta y ocho años. Director financiero adjunto durante doce años. Dos investigaciones internas archivadas por movimientos irregulares. Tres propiedades adquiridas mediante empresas fantasma… y una amante mantenida con fondos desviados del consorcio.
El hombre palideció al instante.
Toda la sala quedó en absoluto silencio.
Incluso algunos ejecutivos dejaron de respirar por unos segundos.
Ángela cerró la carpeta lentamente.
—¿Quiere seguir cuestionando mi capacidad para hacerme cargo de lo que me corresponde… o prefiere sentarse y guardar silencio?
Ginno bajó la cabeza de inmediato.
Matteo tuvo que ocultar nuevamente su sonrisa detrás de la botella de agua que sostenía.
Ángela acababa de dejar claro que su inteligencia estaba por encima de varios de los hombres presentes y lo había hecho sin necesidad de gritar.
La reunión terminó una hora después.
Pero antes de retirarse, Ángela pidió reunir a todo el personal administrativo en el gran salón de eventos interno del edificio.
Más de doscientos empleados acudieron confundidos y nerviosos.
Entre ellos estaba Samantha Rinaldi.
La secretaria presidencial, una mujer voluptuosa, exageradamente maquillada, arrogante y acostumbrada a actuar como si fuese la dueña absoluta del consorcio.
Ángela permaneció de pie frente a todos.
Su presencia por sí sola imponía silencio. —Buenas tardes.
Todos respondieron al unísono.
Ella asintió apenas. —Mi nombre es Ángela Martinelli y, desde hoy, soy la nueva CEO de este consorcio. Como ya mencioné a los directivos principales de esta compañía… muchas cosas van a cambiar.
Samantha Rinaldi sonrió discretamente, convencida de que conservaría el puesto privilegiado que tenía y todos los beneficios que este le otorgaba.
Pero Ángela ya tenía otra jugada preparada. —Antes de continuar con esta nueva etapa, quiero dejar claras ciertas reglas importantes para el correcto funcionamiento de esta empresa.
Giró lentamente la cabeza hacia Samantha. —Señorita Rinaldi… acompáñeme aquí adelante.
La mujer sonrió creyendo que sería ascendida frente a todos.
—Sí, claro. Por supuesto, señorita Martinelli. Estoy a sus órdenes.
Las miradas comenzaron a clavarse sobre Samantha.
Algunas llenas de satisfacción.
Otras de incomodidad.
Y unas cuantas de abierta antipatía.
La mujer se había ganado el desprecio de muchos empleados debido a sus abusos constantes… aunque también tenía aliados igual de arrogantes que ella.
Samantha caminó contoneando exageradamente las caderas hasta quedar frente a Ángela.
Ángela la observó apenas unos segundos antes de hablar.
—Durante tres años usted, utilizó su puesto para humillar empleados, alterar horarios laborales, asignar funciones que no le correspondían y amenazar personal administrativo aprovechándose de su antigüedad y cercanía con antiguos directivos.
Samantha abrió los ojos, sorprendida. —Eso no es cierto…
Titubeó visiblemente nerviosa.
Ángela tomó entonces su tablet y comenzó a leer con absoluta calma. —Tengo aquí treinta y siete reportes internos ignorados por administración. También grabaciones, mensajes y testimonios firmados. ¿Desea que continúe?
La mujer perdió color inmediatamente.
El salón entero quedó en silencio. —Liderar con inteligencia no significa abusar del poder —continuó Ángela mirando ahora a todos los empleados—. Una persona que humilla a otros para sentirse importante no merece dirigir absolutamente nada.
Nadie se atrevió a decir una sola palabra.
—A partir de hoy queda despedida esta señora… si es que se le puede llamar así. Y si vuelve a poner un pie en cualquiera de mis empresas, iniciaré acciones legales por abuso laboral y fraude administrativo.
Samantha salió prácticamente temblando bajo la mirada atónita de todos los presentes.
Algunos empleados incluso parecían contener las ganas de aplaudir.
Ángela observó nuevamente al resto del personal.
—Quiero eficiencia. Respeto. Disciplina. Y resultados. Quien trabaje correctamente no tendrá problemas conmigo.
Su mirada se endureció todavía más. —Pero quien abuse de su posición o perjudique a otros empleados… me tendrá como su enemiga.
El escalofrío colectivo fue inmediato.
—Quiero que cada departamento se prepare, porque iniciaremos mañana mismo revisiones exhaustivas de sus labores. Y tengo la plena seguridad de que, para el final de esta semana, al menos el treinta por ciento de ustedes engrosará las listas de desempleo del país.
El miedo empezó a reflejarse en varios rostros.
Ángela dio media vuelta y salió del salón acompañada por Adriel e Ibrain.
Mientras todos seguían procesando lo ocurrido…
Matteo De Luca la siguió con la mirada como un hombre condenado, cada segundo cerca de aquella reina de hielo lo hundía más en una atracción peligrosa...