nunca hay que mentirse a uno mismo
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Italia no era una postal; era una burla. El sol de la Toscana se filtraba por las persianas del hotel en Florencia con una intensidad dorada que parecía celebrar algo, mientras que dentro de la habitación 402, el ambiente era más parecido a un funeral con olor a pizza fría y rímel corrido.
Carmín Velasco, diseñadora de ropa infantil con un ojo clínico para la estética y un corazón que en ese momento parecía un trozo de tela deshilachada, estaba hundida en el colchón. A sus 25 años, Carmín era lo que muchos llamarían un "ángel con curvas": una mujer con una silueta que desafiaba las leyes de la gravedad y un rostro de facciones suaves que contrastaba violentamente con un carácter capaz de hacer retroceder a un batallón. Pero hoy, el fuego se había extinguido.
—Se casó, Nina. Se casó hoy mismo—sollozó Carmín, estrujando una almohada—. Me dejó por WhatsApp hace 3 días diciendo que "necesitaba espacio" y el espacio resultó ser un altar. Y lo peor... lo último que me dijo antes de bloquearme fue que yo "ya no cabía en su estilo de vida". ¡Me dejó por gorda!
Nina, su mejor amiga, su conciencia y, a ratos, su "llavero" inseparable , dejó de pelearse con el sacacorchos y se plantó frente a ella. Nina era menuda, eléctrica y no tenía filtro.
—Escúchame bien, Carmín —dijo Nina, señalando la con una copa de vino vacía—. No estás gorda. Estás gordibuena. Tienes unas curvas que en este país se inventaron para esculpirlas en mármol. Y esas tetas... ¡WOW! Son patrimonio de la humanidad, por Dios. Ese imbécil no se dejó llevar por la estética, se dejó llevar por su propia mediocridad. Él no se merece tu llanto, se pierde el paquete completo y con garantía de por vida.
Carmín levantó la vista, con los ojos hinchados pero una pequeña chispa de gratitud asomando.
—Ay, Nina... Te quiero tanto. ¿Qué haría yo sin ti? Probablemente ya me habría tirado al Arno con un bloque de queso atado al pie.
—Harías ropa divina para bebés ángeles mientras maldices en siete idiomas, porque ese carácter que te cargas no se quita ni con una boda ajena —respondió Nina, logrando finalmente servir el vino—. Pero basta de drama. Estamos en Italia, la tierra del carbohidrato feliz y los hombres que parecen tallados por Miguel Ángel.
Nina caminó hacia el armario y sacó un vestido de seda negro, una de las creaciones propias de Carmín que ella nunca se atrevía a usar porque "marcaba demasiado".
—Póntelo. Vamos a salir. No a buscar un marido, sino a devorarnos Italia. O a un italiano. Lo que esté más jugoso.
Carmín miró el vestido. Representaba todo lo que su ex había intentado apagar: su audacia, su talento y su presencia física. Se puso de pie, y aunque sus rodillas temblaron un poco, la diseñadora que llevaba dentro tomó el mando. Se miró al espejo. Las ojeras estaban ahí, pero también esa mirada de fuego que la hacía temible en una mesa de negocios.
—Tienes razón —dijo Carmín, limpiándose la última lagrima con el dorso de la mano—. Si él quiere una vida "ligera" y sin curvas, que se ahogue en su propia insipidez. Yo quiero pasta, quiero vino y quiero que alguien me mire como si fuera el plato principal.
—Esa es mi Carmín —celebró Nina, pasándole el labial rojo—. Que se quede con su boda de cartón. Nosotras tenemos Florencia.
Salieron de la habitación con el tacón resonando en el pasillo. La luz de Italia ya no parecía una burla, sino un reflector esperando a que la verdadera protagonista de la noche saliera a escena. Carmín Velasco no iba a llorar más por un hombre que no sabía apreciar el arte; iba a demostrar que, a veces, para renacer, hace falta un corazón roto, una mejor amiga ácida y el escenario más hermoso del mundo.
Aquella noche, los adoquines de Florencia supieron que una tormenta con curvas de infarto acababa de aterrizar. Y ningún italiano "hermoso y jugoso" estaría a salvo de aquel ángel que, por fin, recordaba cómo usar sus alas.
no se vale