Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Pecado.
Mientras tanto, en otro punto de Florencia, Cedric Becker revisaba documentos desde el despacho de su penthouse. La ciudad brillaba detrás de los enormes ventanales, pero él llevaba diez minutos leyendo la misma línea sin procesarla realmente.
Porque otra vez pensaba en esa hechicera de ojos de negros. En su boca. En su c0ñ0 delicioso.
En la forma en que había temblado debajo de él aquella madrugada.
Cedric soltó el bolígrafo con fastidio y se recostó contra la silla.
-Joder... Parezco un puto crío.
Tomó el celular inconscientemente y entonces cayó en cuenta de algo absurdo; no tenía el número de ella, soltó una risa seca para sí mismo.
"Ridículo".
Había memorizado cada curva de su cuerpo... pero no tenía cómo llamarla.
Pensó en pedirle el número a Aurora.
No.
Demasiado sospechoso y de seguro su cuñada y Bastian se burlaría durante el resto de su vida.
"Mejor ni imaginarlo".
Cedric pasó una mano por su rostro mientras maldecía mentalmente, estaba demasiado viejo para comportarse así y aun así... ahí estaba, pensando en llamar a una mujer que no debía tocar otra vez.
El sonido de la puerta interrumpió sus pensamientos. Uno de sus hombres de seguridad apareció.
-Señor Becker.
Cedric levantó apenas la mirada.
-¿Qué sucede?
El hombre dudó un segundo antes de responder.
-Hay una mujer preguntando por usted.
Cedric frunció levemente el ceño, nunca había llevado a ninguna mujer ahí, sus encuentros furtivos ocurrían en otros lugares.
Tecleó rápidamente en su computadora, buscando la cámaras de seguridad. La pantalla principal cambió inmediatamente mostrando el lobby del edificio. Cedric observó distraídamente la recepción elegante, los ventanales enormes y los guardias apostados cerca de la entrada…
Hasta que la vio y el mundo dejó de girar correctamente. Todo su cuerpo reaccionó de golpe.
La adrenalina le atravesó el pecho como una descarga violenta y su v3rga se sacudió en los pantalones.
Porque ahí estaba ella: Adara Lobo.
Vestida con una gabardina oscura que abrazaba perfectamente sus curvas, el cabello negro cayendo sobre sus hombros y esa postura segura que siempre parecía desafiar al mundo entero.
Dos mujeres permanecían cerca de ella. Sus guardaespaldas personales. Elegantes. Discretas. Letales.
Pero Cedric apenas podía respirar, porque Adara había ido a buscarlo.
Sus ojos descendieron automáticamente hacia la boca de ella en la pantalla y recordó exactamente cómo se sentía sobre su mi3mbro.
Escucharla perder el aire entre sus labios.
—Mierda… —murmuró con la mandíbula tensa.
Se puso de pie tan rápido que la silla se movió hacia atrás.
Toda la calma que había intentado mantener durante los últimos días desapareció en segundos porque esa mujer era dinamita y él llevaba demasiado tiempo deseando volver a encender la mecha.
Salió del despacho directo hacia el ascensor privado, sintiendo el corazón golpearle con fuerza mientras descendía hacia el lobby.
Cuando las puertas metálicas se abrieron, sus ojos la encontraron inmediatamente y fue peor que verla en las cámaras.
Muchísimo peor.
Adara levantó lentamente la mirada hacia él y ahí estuvo otra vez esa sensación brutal.
Caos.
Tensión.
Deseo.
Como si sus cuerpos se reconocieran incluso antes que sus propias mentes.
Cedric caminó hacia ella sin apartar los ojos de los suyos. Alto, impecable en aquel pantalón oscuro y camisa blanca ligeramente abierta en el cuello, irradiando ese peligro elegante que volvía locas a las mujeres.
Pero Adara tampoco se quedaba atrás. Ella parecía pecado vestido de mujer.
Durante unos segundos ninguno habló, simplemente se miraron y eso fue suficiente para que el aire empezara a arder entre ellos.
—¿Qué haces aquí, Hexe? —preguntó finalmente Cedric con esa voz grave que parecía deslizarse directamente bajo la piel.
Adara sostuvo su mirada sin titubear.
—Necesitaba verte.
Él sintió el golpe de esas palabras directamente en el pecho.
Dios, esa mujer iba a destruirlo.
Cedric soltó una pequeña risa ronca mientras se acercaba apenas más.
—No tienes idea de lo peligrosa que te ves diciendo eso.
Ella inclinó apenas el rostro.
—Tal vez así sea.
La mirada de Cedric descendió involuntariamente hacia sus labios y Adara lo notó y sonrió apenas coqueta, provocadora y mortal.
—Quería preguntarte algo —dijo acercándose todavía más.
—Depende de qué sea.
Ella humedeció lentamente sus labios y Cedric sintió cómo el cuerpo entero se le tensaba.
"Maldita provocadora".
—¿Podemos hacerlo una segunda vez?
El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que Cedric imaginara exactamente todo lo que quería hacerle.
Adara lo miraba con descaro absoluto mientras continuaba hablando:
—¿Puedes seguir enseñándome tus técnicas, quarantenne?
Cedric sonrió.
Esa sonrisa lenta, torcida y peligrosamente masculina que conseguía derretirle las piernas.
—Hexe… —murmuró acercándose a su oído—. Si sigues hablándome así voy a terminar arrancándote la ropa aquí mismo.
Ella sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo y peor todavía… le gustó.
Cedric tomó su mano y la condujo directamente hacia el ascensor privado. Adara apenas giró el rostro hacia sus guardaespaldas.
—Espérenme aquí.
Las mujeres asintieron inmediatamente y segundos después las puertas del ascensor se cerraron.
Entonces el infierno explotó.
Cedric la atrapó contra la pared metálica del ascensor y su boca cayó sobre la de ella con hambre contenida.
Nada dulce.
Nada lento.
Nada correcto.
Adara gimió contra sus labios mientras sus manos se aferraban al cuello de él con desesperación.
Las lenguas chocaron húmedas, intensas y posesivas.
Los dientes rozaron, las respiraciones comenzaron a entrecortarse.
Cedric le sujetó el rostro con fuerza mientras volvía a besarla profundamente, como si hubiera pasado años deseándola.
Porque en cierta forma así era.
—Mierda… —gruñó sobre su boca—. No dejé de pensar en esto ni un solo día.
Adara sintió literalmente las piernas temblarle.
—Yo tampoco…
Eso terminó de condenarlo.
Cedric la levantó sin esfuerzo y ella rodeó inmediatamente su cintura con las piernas mientras seguían besándose con desesperación.
Las manos de él recorrían sus caderas, su espalda, sus muslos, apretándola contra su cuerpo como si quisiera fundirla completamente con él.
Y Adara disfrutaba cada segundo porque Cedric no era delicado.
Era dominante.
Brusco.
Salvaje.
Exactamente como ella lo había imaginado durante años.
Cuando el ascensor finalmente se abrió hacia el penthouse, Cedric salió con ella aferrada a su cuerpo sin dejar de besarla ni un segundo.
La puerta se cerró detrás de ellos y entonces ya no existió nada más.
Ni la mafia.
Ni los compromisos.
Ni el sentido común.
Solo ellos.
Cedric la apoyó sobre una enorme mesa oscura mientras volvía a atacar su boca. Adara tiró de la camisa blanca de él abriéndola parcialmente y entonces lo vio otra vez.
Los tatuajes: El águila extendiéndose sobre parte de su pecho, el dragón oscuro marcando su costado y el lema de la organización alemana grabado sobre la piel como una declaración de guerra.
Poder.
Dominio.
Peligro.
Adara pasó lentamente los dedos por el dragón y mordió suavemente su labio inferior.
—Madre mía… —susurró—. Eres obscenamente atractivo.
Cedric soltó una risa ronca antes de bajar hacia su cuello.
—Y tú eres una maldita tentación.
Sus manos descendieron por el cuerpo de ella hasta encontrar el cierre de la ropa.
Un tirón.
La tela cedió.
Adara jadeó al sentir el aire frío sobre la piel mientras Cedric observaba cada centímetro de ella como un hombre completamente hechizado y otra vez vio el tatuaje del hombro.
La cabeza de lobo; la marca orgullosa de los Lobo.
Más abajo, cerca de la cadera… la pequeña mariposa.
Delicada.
Hermosa.
Inesperada.
Cedric acarició lentamente la mariposa con los dedos.
—Esto no encaja contigo.
Ella levantó apenas una ceja.
—¿La mariposa?
—Sí.
—¿Por qué?
Él levantó lentamente la mirada hasta sus ojos negros y por un instante el aire volvió a arder entre ellos.
—Porque tú no eres delicada, Hexe.
Adara sonrió lentamente mientras sus uñas recorrían el abdomen marcado de él.
—¿Y qué soy entonces?
Cedric la acercó nuevamente hacia él hasta que sus labios casi se rozaron.
—El peor pecado que he querido cometer.