El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 19: El Retorno de la Sombra y el Pacto de las Reinas
El Palacio de Topkapi bullía con los preparativos de la guerra. El estruendo de los martillos forjando acero y el relincho de miles de caballos en las caballerizas imperiales ahogaban los susurros de los pasillos. Selim pasaba los días en el Diván, trazando rutas de invasión hacia Isfahán, dejando a Dorian la responsabilidad de administrar el palacio en su ausencia.
Sin embargo, en la Torre de la Justicia, donde la Valide Sultan mantenía su corte privada, el ambiente era glacial. La madre del Sultán observaba por la ventana cómo su hijo se despedía de Dorian en el patio, un gesto cargado de una devoción que ella consideraba debilidad.
—Dorian ha cruzado una línea que no puede desandarse —murmuró la Valide a su fiel eunuco—. Ha encadenado a un Príncipe, ha provocado una guerra y ha herido su propio cuerpo para manipular el corazón de mi hijo. Si dejamos que Selim marche a Persia bajo su hechizo, a su regreso no habrá imperio que gobernar, sino el reino personal de un extranjero.
—¿Qué ordenáis, mi Señora? —preguntó el eunuco con voz temblorosa.
—Traedla —sentenció la Valide—. Traed a Layla de vuelta. Pero que entre por la Puerta de los Lamentos, bajo el manto de la noche. Si el palacio cree que es un fantasma, que así sea.
Layla entró en los aposentos de la Valide envuelta en una capa de lana burda, muy lejos de las sedas que solía vestir. Su tiempo en el Palacio Viejo de las Lágrimas la había cambiado; sus mejillas estaban hundidas y sus ojos ardían con un odio que ya no era impulsivo, sino frío y paciente. Se arrodilló ante la Valide, besando el dobladillo de su túnica.
—Me habéis llamado, mi Señora —dijo Layla, su voz rasposa como la arena.
—Dorian es la cabeza de la serpiente, Layla —dijo la Valide, obligándola a levantarse—. Pero tú conoces los rincones del Harén mejor que nadie. Selim marchará a la frontera en tres días. En el momento en que su estandarte cruce las murallas de la ciudad, Dorian quedará vulnerable. Quiero que organices su caída, pero no con acero... quiero que su propia arrogancia lo devore.
Layla sonrió, una expresión que no tenía nada de humana. —Tengo aliados entre los cocineros y los guardias que aún me son fieles. Pero necesito acceso al ala este.
—Lo tendrás —respondió la Valide—. Y si logras que Selim regrese y encuentre a su "Consorte" en una posición de deshonor de la que no pueda escapar, tu lugar en el lecho del Sultán te será devuelto.
Mientras tanto, en los aposentos de Dorian, la atmósfera era agridulce. El Consorte estaba sentado en el diván, observando a Kaveh, quien ahora cumplía sus tareas de esclavo con una sumisión silenciosa que a Dorian le resultaba sospechosa. El príncipe persa vertía vino en una copa de plata, manteniendo la mirada baja, pero Dorian podía sentir la tensión en sus hombros.
—Sabes que tu país está en llamas por tu culpa, ¿verdad? —dijo Dorian, tomando la copa sin mirar al esclavo.
—Mi país arde porque vos sois un demonio, Señor —respondió Kaveh en un susurro, rompiendo por primera vez su voto de silencio.
Dorian soltó una risa seca. —Un demonio que te mantiene vivo, Sombra. Recuerda eso cuando sientas la tentación de conspirar con las sombras que recorren este pasillo.
En ese momento, la puerta se abrió y entró Selim. El Sultán lucía su armadura de combate completa, su capa de piel de oso arrastrando por el suelo. Su presencia llenó la habitación de un aura de despedida y protección. Hizo una señal brusca a Kaveh para que saliera.
—Parto al amanecer, Dorian —dijo Selim, tomando el rostro de su consorte entre sus manos. Sus ojos ámbar estaban cargados de una angustia que intentaba ocultar—. He triplicado la guardia en tus aposentos. He dado órdenes de que nadie, ni siquiera mi madre, entre en esta ala sin tu permiso expreso.
Dorian puso sus manos sobre las de Selim, sintiendo el frío del metal de sus guanteletes. —Estaré bien, Selim. El palacio es mi tablero de ajedrez. Preocupaos por vuestros generales y por los desiertos de Persia. Yo mantendré vuestro hogar intacto.
—Si algo te ocurre... —Selim no terminó la frase. Simplemente lo estrechó contra su pecho con una fuerza que le quitó el aliento.
Dorian cerró los ojos, inhalando el aroma de su Alfa, sabiendo que los próximos días serían los más peligrosos de su vida. No le dijo a Selim que había sentido una presencia extraña en los jardines esa tarde, ni que el aroma a rosas marchitas —el perfume favorito de Layla— había vuelto a flotar en el aire del Harén.
Dorian sabía que la Valide y Layla estaban preparando su jugada final. Pero lo que ellas no sabían era que Dorian ya había movido su propia pieza: un mensaje enviado a través de sus Sombras hacia el comandante de los jenízaros, asegurándose de que, aunque Selim se fuera, los ojos del ejército se quedaran fijos en el Consorte.
La noche cayó sobre Estambul, una noche donde los planes de traición se tejían con hilos de seda y sangre, mientras el Sultán y su Consorte compartían un silencio cargado de promesas y miedos no pronunciados. La guerra externa estaba a punto de comenzar, pero la guerra interna ya había abierto sus puertas.
Espero disfruten esta nueva aventura