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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

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Nuevos Sentimientos...

...18...

El sol se coló por la rendija de las cortinas de su habitación como un ladrón de luz, despertando a Luke de un sueño ligero y reparador. Se incorporó en la cama, sentando las piernas sobre el suelo frío del piso de madera. Había encontrado en esos últimos días una extraña comodidad en su nuevo empleo; el orden de la mansión, la rutina de la seguridad, el objetivo claro que le daba cada mañana, todo eso se había convertido en un faro en medio de la neblina que había envuelto su vida desde su retiro del ejército.

Se dirigió al baño, donde el agua fría de la ducha lo despertó por completo, borrando los últimos restos de sueño y preparándolo para la jornada. Se afeitó con cuidado, observando su reflejo en el espejo: rostro marcado por años de disciplina, ojos oscuros que habían visto demasiado pero que aún buscaban un propósito. Se vistió con su habitual meticulosidad: el traje negro de lana merino ajustándose a su figura con precisión quirúrgica, la camisa blanca de algodón egipcio que parecía tejida a medida, la corbata blanca anudada con un nudo Windsor impecable. Ajustó las correas tácticas bajo el saco, asegurándose de que las fundas de las armas quedaran discretas pero accesibles en caso de necesidad. Cada detalle contaba; cada pliegue, cada botón, cada gesto era parte de la máscara que se ponía cada mañana.

Al salir de su habitación, el aroma de café recién hecho y pan tostado envolvió sus sentidos. Bajó las escaleras del centro de seguridad hasta la sala común, donde sus compañeros ya estaban reunidos alrededor de la mesa de desayuno. Marcus, el jefe del equipo, le saludó con un asentimiento de aprobación, mientras Ben y Rico le hacían espacio en el lugar que ya se había convertido en el suyo.

—Buenos días, Easton —dijo Marcus, pasándole una jarra de café—. El desayuno está servido. Los huevos revueltos están hechos a la perfección.

Luke asintió con agradecimiento, sirviéndose un plato con las manos firmes y estables. Colocó los huevos junto a unas lonchas de tocino ahumado y un panecillo de centeno, mientras su taza de café negro sin azúcar se mantenía caliente entre sus dedos. Comenzó a comer con la mesura que lo caracterizaba, sus movimientos precisos y sin prisa, mientras los demás conversaban con la naturalidad de quienes han compartido horas de guardia y responsabilidad.

—El trabajo con el señor Marcus Montgomery es un auténtico trastorno —comentó Ben, mordisqueando un trozo de pan—. El hombre quiere protocolos para cada cosa, revisiones cada hora, rutas alternativas para cada salida. Me está agotando.

—Es su dinero el que paga nuestras nóminas, así que nos tocó aguantarlo —respondió Rico con una mueca de resignación—. Además, no está mal que sea tan exigente. Al menos sabemos que no escatima en nada cuando se trata de seguridad.

Luke escuchaba en silencio, concentrado en su comida, pero atento a cada palabra. Había aprendido que en estas conversaciones informales se obtenían más datos útiles que en cualquier informe escrito. Pero fue cuando el tema de la conversación cambió que su atención se intensificó hasta el límite.

—Oye, ¿han oído? Hoy vendrán amigos de la señorita Ophelia a la mansión —dijo uno de los guardias más jóvenes, su voz cargada de entusiasmo—. Van a pasar el rato en la piscina.

La mesa se llenó de comentarios animados. Algunos hablaban de la belleza de la joven heredera, otros de lo agradable que era trabajar con ella, y algunos más mencionaban con una sonrisa maliciosa la posibilidad de verla con bikini. Luke continuó comiendo, moviendo la cuchara con lentitud, pero sintió cómo su mandíbula se tensaba de forma casi imperceptible. No era que los comentarios fueran morbosos —eran los típicos comentarios de hombres saludables sobre una mujer atractiva—, pero algo en la idea de que hablaran de ella como si fuera un objeto de deseo le generaba una sensación de incomodidad que no lograba explicar.

—Y oye, dicen que también vendrá ese Declan Beaufort —añadió Ben, y en ese instante, la atención de Luke se centró por completo—. El que apareció ayer en la fundación de arte.

El nombre cayó en la mesa como una piedra en un estanque tranquilo. Luke detuvo la cuchara en medio del camino hacia su boca, luego la bajó con cuidado hacia el plato. Sus ojos, antes distantes, ahora tenían un brillo oscuro e intensivo.

—Declan Beaufort —repitió Luke, su voz baja pero clara sobre el murmullo de la conversación—. ¿Quién es ese hombre?

—Un amigo de la señorita Ophelia, parece —explicó Marcus, observándolo con una mirada perceptiva—. O al menos él se hace llamar así. Trabaja en el mundo del arte, dicen que tienen proyectos juntos.

—¿Es su pareja? —preguntó Luke, sin levantar la vista de su plato, como si la pregunta fuera de pura curiosidad profesional.

Los hombres rieron suavemente, negando con la cabeza.

—No, no, nada de eso —dijo Rico, sacudiendo la cabeza—. La verdadera pareja de la señorita Ophelia se llama Adrian Whitmore. Es un abogado de alto vuelo, viene de una familia tan pudiente como los Montgomery. Dicen que llevan juntos casi dos años, aunque últimamente se rumorea que la relación no va por buen camino.

Luke sintió cómo algo en su pecho se contrajo con una violencia que no esperaba. No era un dolor físico, sino algo más profundo, más íntimo —como si alguien hubiera cerrado una puerta que ni siquiera sabía que estaba abierta. Continuó comiendo, pero el sabor de los huevos se había vuelto insípido en su boca, y el café quemaba su garganta con cada sorbo.

—¿Y por qué no la han visto juntos últimamente? —preguntó, tratando de mantener su voz neutra.

—Eso nadie lo sabe con certeza —respondió Marcus, encogiéndose de hombros—. En este mundo de dinero y poder, las relaciones son complicadas. Quizás él está demasiado ocupado con sus casos, quizás ella con sus proyectos de arte. O quizás simplemente ya no quieren estar juntos. Eso no nos corresponde a nosotros saberlo.

Luke asintió, pero su mente ya estaba trabajando a toda velocidad. La idea de que Ophelia tuviera un pareja le generaba una sensación de irritación que no lograba comprender. No tenía derecho a sentir eso; él era su guardaespaldas, nada más. Su única responsabilidad era protegerla, asegurar su bienestar, mantenerla a salvo de cualquier peligro. Y sin embargo, la noticia de que había alguien más en su vida, alguien que compartía su intimidad, su tiempo, su confianza, le producía una sensación de malestar que se extendía por su cuerpo como una sombra.

—Bueno, sea como sea —dijo Ben, rompiendo el silencio que se había instalado en la mesa—. Hoy tendremos que estar más atentos que nunca. Con tantas personas en la propiedad, el riesgo de incidentes aumenta. Y con ese Beaufort rondando por ahí, mejor no bajar la guardia.

Luke levantó la vista finalmente, sus ojos oscuros encontrándose con los de sus compañeros. Había tomado una decisión en esos segundos de silencio.

—Mantendré un ojo especial en ese hombre —dijo, su voz cargada de una determinación que no admitía réplica—. No me gusta su actitud. Parece alguien que no sabe mantener los límites.

Marcus asintió con aprobación.

—Eso es lo que quería oír, Easton. La seguridad de la señorita Montgomery es lo primero. Siempre.

Luke volvió a concentrarse en su comida, pero su mente ya estaba en la piscina de la mansión, imaginando cómo sería el día. Sabía que tendría que estar más alerta que nunca, que tendría que controlar sus emociones con una disciplina aún mayor de lo habitual. Pero también sabía que, por alguna razón que aún no comprendía, la presencia de Declan Beaufort y la noticia de la existencia de Adrian Whitmore habían despertado en él una sensación de protección más intensa, más personal, de lo que estaba dispuesto a admitir.

El día comenzaba, y con él, nuevos desafíos que pondrían a prueba no solo sus habilidades como guardaespaldas, sino también los límites de su propia compostura.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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