Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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Capítulo 21: El teléfono
Jueves – 23:09. Penthouse.
El sobre estaba sobre la almohada de Lía. Blanco, sin remitente. Adentro, un pendrive diminuto con una etiqueta escrita a mano: “Para que duermas bien – M.”
Damián lo vio antes que ella. Lo agarró, iba a romperlo.
—No —dijo Lía, y le puso la mano en la muñeca—. Si es de él, quiero verlo.
—Es veneno.
—Ya tomé veneno antes. —Le quitó el pendrive—. Prefiero saber cuál.
Lo conectaron a la notebook de Lilith en la cocina. Lilith se cruzó de brazos del otro lado de la mesa, sin tocar nada.
—Si es porno demoníaco, me voy —dijo.
No era.
Era video. Cámara de seguridad. Fecha: 15/11/2001. 22:47. Hospital Alemán, pasillo de terapia intensiva.
Elena en camilla, oxígeno, sangre seca en la frente. Viva. Apenas.
Damián entra en cuadro. Traje negro, sin cuernos, sin sombra. Más joven. Más roto. Se arrodilla al lado de la camilla y le toma la mano.
El audio es malo, pero se escucha.
Elena: “No me la toques.”
Damián: “No vine por ella.”
Elena: “Mentís.”
Damián: “Sí.”
Le acomoda el pelo. Le limpia la sangre con el pulgar.
Elena: “Guardalo. Por si algún día encuentra a alguien que no le mienta.”
Le pone el anillo en la mano. Él no lo acepta. Ella le cierra los dedos alrededor.
Elena: “Prometeme que no vas a contestar si te llamo.”
Damián: “Elena…”
Elena: “Prometelo. Si contestás, Belial sabe que me importás. Y la usa.”
Silencio.
Damián: “Lo prometo.”
Se levanta. Se va sin mirar atrás.
Corte.
Mismo hospital, veinte minutos después. El celular de Damián suena en su bolsillo. Pantalla: Elena – móvil.
Él lo mira. No atiende. Lo apaga. Lo guarda.
Se apoya en la pared del pasillo y se queda ahí, con los ojos cerrados, hasta que dos enfermeros corren con una camilla y ya es tarde.
Fin del video.
Lía no lloró. No habló.
Damián cerró la notebook de golpe. La marca negra en su pecho, la que le dejó Malphas, humeaba apenas.
—Ya lo sabías a medias —dijo, sin mirarla.
—Sí. —Lía tenía la voz quieta—. Pero no sabía que te lo pidió ella.
Lilith se levantó y se fue sin decir nada. Cerró la puerta de la cocina.
Damián se quedó de pie, las manos apoyadas en la mesa, la cabeza gacha.
—No fui noble —dijo—. Fui obediente. Y cobarde. Si atendía, Belial me escuchaba y la usaba para algo peor. Si no atendía, se moría sola. Elegí que se muriera sola.
Lía rodeó la mesa. No lo abrazó. Se paró delante y le levantó la cara con dos dedos bajo el mentón. Lo obligó a mirarla.
—Te odió por eso.
—Sí.
—¿Y vos?
—Me odié más.
Lía asintió. Una vez.
—Yo te creo. —Le puso la mano en el pecho, sobre la marca negra—. Te creo que no querías estar ahí. Te creo que guardaste el anillo porque era lo único que no te pidió que hicieras. —Se acercó y le habló contra la boca, sin besarlo—. Y te creo que si sonara mi teléfono mañana en esa sala, lo atenderías aunque Belial te quemara en vivo.
Damián cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban negros sin rojo. Solo él.
—Lo atendería.
—Bien. —Lía se separó—. Porque mañana no vas a tener que elegir entre el trono y yo.
—¿Por qué?
—Porque no vamos a dejar que Belial pregunte.
Viernes – 19:00. Nocturne, Piso -8.
No fueron en traje. Lía llevaba jeans, campera de cuero, la foto de Elena en el bolsillo interno. Damián camisa negra arremangada, sin saco. La marca negra en el pecho tapada, la plateada en la espalda brillando apenas.
Lilith los esperó en la puerta del -7.
—Última chance de huir a Paraguay —dijo.
—No —contestaron los dos a la vez.
Lilith sonrió de lado.
—Asquerosos.
La Sala del Trono estaba distinta. Las paredes con nombres brillaban todas. El trono de piedra tenía a cada lado un círculo de sal ya dibujado. En uno estaba Malphas, traje blanco, silbando. En el otro, vacío.
Belial en el centro, sin sillón. De pie.
—Puntuales —dijo—. Empezamos.
Damián caminó hasta el círculo vacío. No entró.
—Moreau —dijo Belial—. ¿Últimas palabras?
—No vine a hablar. —Miró a Malphas—. Vine a terminar.
Malphas se rió.
—Qué te creés. ¿Que porque la humana te cree, el trono te elige?
—No. —Damián pisó dentro del círculo—. Creo que el trono no quiere a ninguno. Pero entre vos y yo, yo llevo trescientos años sin sentarme. Vos llevas trescientos años queriendo hacerlo.
El suelo vibró. Las letras de la pared se apagaron todas menos dos: MOREAU y MALPHAS.
Belial levantó una mano.
—Reglas: el trono elige a quien se siente y no se quema. Si se queman los dos, se cierra cien años. Si ninguno se sienta, elijo yo.
Malphas se sentó de golpe.
No se quemó. Sonrió.
—Tu turno, hermano.
Damián no se sentó. Miró a Lía.
Ella no le dijo que no. No le dijo que sí. Solo se paró en el borde del círculo y le dio la espalda a Belial, la cara a Damián.
—Damián Moreau —dijo en voz alta—. No te sientes por mí.
Damián la miró largo. Después asintió una vez.
Y se sentó.
El trono no lo quemó. Lo aceptó.
La piedra se calentó, no quemó. La marca negra en su pecho se volvió plateada al instante, igual a la de la espalda. El anillo de Lía hizo lo mismo: de plateado a blanco caliente un segundo y volvió.
Malphas se puso de pie de un salto.
—Imposible.
Belial no aplaudió. Pero asintió, corto.
—El trono eligió. —Miró a Malphas—. Perdiste.
Malphas no lo aceptó. Corrió hacia Damián, la mano convertida en garra, apuntando al pecho.
No llegó.
Lía se metió en el medio sin pensarlo.
La garra le dio a ella en el hombro.
No sangre. Luz. Blanca. El sello completo —anillo, marca de espalda, marca de pecho— se encendió al mismo tiempo y devolvió el golpe.
Malphas voló hacia atrás y se estrelló contra la pared. Los nombres grabados cayeron como polvo. Cuando se levantó, el cascarón estaba rajado entero. Lo que había abajo no tenía forma.
—Ella no es tuya —escupió.
—Es mía —dijo Damián, de pie ya, delante de Lía—. Porque ella me eligió. No porque yo la marqué.
Belial levantó la mano antes de que Malphas atacara otra vez.
—Se acabó. —Voz sin grito. Peor—. El trono eligió. La corte obedece.
Malphas lo miró. Después a Damián. Después a Lía.
—Esto no termina acá —dijo, y se deshizo. No en ceniza. En promesa.
Belial se acercó al trono. No lo tocó. Miró a Damián sentado.
—Moreau —dijo—. Te queda grande.
—Lo sé —contestó Damián.
Belial miró a Lía.
—Y vos. No te sentaste. No firmaste. No gritaste. —Se encogió de hombros—. Me caés peor que Elena.
—Gracias —dijo Lía.
Belial se fue sin más.
Penthouse – 01:40.
Damián no se sacó la camisa. La marca del pecho, ahora plateada, ya no dolía.
Lía le puso la mano encima.
—¿Duele?
—No. —Le agarró la mano—. Pesa.
Se quedaron en el sillón, sin ir a la cama. Sin hablar de trono. Sin hablar de Malphas.
—Damián —dijo Lía después de un rato.
—¿Qué?
—Atendiste.
—¿Qué cosa?
—Hoy. No sonó el teléfono. Pero atendiste igual.
Él la miró. No contestó. La besó en la frente y la acomodó contra su pecho.
El sello no dijo nada. No hacía falta.