Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 17
Valentina había pasado semanas preparando el evento de beneficencia que la familia organizaba cada año para recaudar fondos para un hospital infantil. Había diseñado los invitados, elegido la decoración en tonos pasteles que creía que transmitirían calidez y esperanza, y coordinado con los chefs para un menú sencillo pero elegante.
Pero dos días antes del evento, doña Elena llamó a una reunión en la sala de estar.
—Valentina, hemos revisado tus planes y no son adecuados —anunció, con una hoja de papel en la mano—. Los invitados esperan algo más sofisticado. Vamos a cambiar la decoración por tonos dorados y negros, y el menú tendrá que ser más elaborado. Carolina se encargará de los detalles.
—Pero... ya hablé con los proveedores —intentó explicar Valentina—. Todo está confirmado.
—No importa —interrumpió Carolina, con una sonrisa segura de sí misma—. Yo ya he llamado a mis contactos. Ellos saben cómo hacer las cosas bien.
Durante los dos días siguientes, Valentina se vio relegada a tareas secundarias: limpiar los cristales, preparar las etiquetas para las mesas, ayudar a llevar las flores que Carolina había elegido en lugar de las que ella había pensado. Se sintió incompetente y sobrante, como si todo su esfuerzo no valiera nada.
El día del evento, la mansión se llenó de invitados elegantes, todos vestidos con trajes y vestidos de lujo. Valentina se puso el vestido de diseñador que Alejandro le había enviado, a pesar de las críticas anteriores, y se quedó en un rincón, ayudando a servir las bebidas.
Mientras repartía copas de champán, un hombre alto y de cabello canoso se acercó a ella – reconocía su rostro de las fotos que Alejandro tenía en su estudio. Era Roberto, un amigo de la universidad de él.
—Valentina, ¿verdad? —dijo el hombre, estrechándole la mano—. He oído hablar mucho de ti. Alejandro siempre habla bien de ti.
Valentina sonrió con gratitud: "Muchas gracias, Roberto. Espero que se lo estés pasando bien".
—Claro que sí —respondió él, tomando un sorbo de su copa—. Por cierto, la semana pasada estuve en Nueva York por trabajo y lo vi en un restaurante de la Quinta Avenida. Estaba con una mujer muy guapa, se veían muy cercanos – incluso se abrazaron cuando se marcharon. Seguro que es una compañera de trabajo importante, ¿no?
Valentina sintió cómo una daga le clavaba en el pecho, pero forzó una sonrisa más amplia.
—Seguramente sí —dijo, con voz firme a pesar del temblor que sentía en las piernas—. Él tiene mucho trabajo allí, y siempre está rodeado de personas importantes para la empresa.
Roberto asintió y se fue a unirse a otro grupo de invitados. Valentina se apoyó en la pared de un rincón oscuro, cerrando los ojos por un instante para contener las lágrimas. Sabía que no había sido una compañera de trabajo – todo el mundo lo sabía, menos ella. Pero siguió sonriendo y ayudando en lo que podía durante el resto del evento, guardando esa nueva herida en su corazón como todas las anteriores.
Al final de la noche, cuando los últimos invitados se marcharon, doña Elena la miró con una expresión neutra:
—Hiciste bien tu trabajo, Valentina. Aunque como siempre, hay cosas que mejorar. Pero bueno, para ser de Sevilla, te va bien.
Valentina asintió sin decir nada, recogiendo las copas vacías con las manos temblorosas. Cuando la casa quedó en silencio, subió a su habitación, cogió su diario y escribió:
"Todos lo saben. Todos menos yo. Pero sigo sonriendo, sigo callando. ¿Cuánto más puedo aguantar antes de romperme en mil pedazos?"
Al día siguiente, Valentina estaba limpiando el salón principal cuando encontró un pañuelo de seda azul olvidad entre los cojines del sofá. El olor a perfume era familiar – el mismo que había dejado Sofía en la cocina el día que la visitó.
Carolina entró en ese momento y la vio sosteniendo el pañuelo.
—Ah, ese es de Sofía —dijo como si de nada se tratara—. Ella vino ayer por la tarde para ayudar a preparar algunas cosas para el evento. Mi madre la invitó a quedarse hasta que llegaran los invitados.
Valentina cerró la mano sobre el pañuelo, sintiendo cómo el tejido suave se estrujaba entre sus dedos.
—No me lo dijiste —murmuró.
—No era importante —respondió Carolina, encendiendo una vela para disipar el olor a alcohol de la noche anterior—. Además, Roberto me dijo que le había comentado a ti que vio a Alejandro con ella en Nueva York. Ya sabes cómo son las cosas, Valentina. Ellos siempre se han entendido mejor.
Valentina guardó el pañuelo en el bolsillo de su vestido y siguió limpiando las mesas. Cuando Carolina se fue, se fue al jardín y lo dejó sobre la tierra húmeda bajo el árbol de manzanos, donde la lluvia que comenzaba a caer pronto lo empapó hasta que no se distinguía más su color.
Regresó a su habitación y abrió el diario. Esta vez, las palabras salieron rápidas, casi a tirones:
"Ella estuvo aquí ayer. En nuestra casa, ayudando a preparar el evento que yo había organizado. Todos lo saben, todos la conocen, todos la aceptan. Y yo sigo aquí, callando y esperando como si nada pasara. Pero ya no puedo más. Ya no puedo seguir mintiéndome a mí misma."
Se dejó caer sobre la cama, agarrando el diario contra el pecho, y permitió que las pegrimas caigan libremente. Por primera vez desde que se había mudado a Madrid, no intentó contenerlas.