Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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En medio del orden, al final se manifiesta un caos.
Franco siempre ha sido un hombre sereno. No es de los que van dejando historias a medias por donde pasan, ni es alguien acostumbrado a vivir entre excesos o aventuras vacías, como muchos solían presumir. Desde muy joven se ha mantenido enfocado en sus metas, en el trabajo y en la vida ordenada que había construido con disciplina.
Él valoraba tener el control de su vida, sabiendo siempre su destino y cómo debían suceder las cosas. Por eso, odiaba profundamente cuando algo se salía de sus planes.
Ahora se encontraba en un verdadero dilema a causa de ella; porque esa hermosa mujer había irrumpido en su habitual calma sin pedir permiso. Desde la última vez que se vieron en la clínica, los encuentros con Luciana habían sido demasiado escasos para el impacto que estaba teniendo en él. Sin embargo, un simple cruce de miradas bastaba para que su corazón perdiera el ritmo y su mente se negara a pensar con claridad. Y esa pérdida de control lo estaba exasperando por completo.
Al llegar a la entrada de la casa familiar, y ver el auto de sus padres junto al de su abuelo, Franco cerró los ojos por un instante, dejando escapar un suspiro de agotamiento. Sabía lo que eso significaba; se avecinaba una noche larga.
Lo que menos quería en ese momento era enfrentarse de nuevo al discurso sobre el compromiso, los consejos que eran órdenes disfrazadas y las artimañas manipuladoras del anciano patriarca. Por un momento, consideró seriamente dar media vuelta e irse directamente a su apartamento.
Pero entonces recordó que su hermana también estaba allí. Hacía años que no la veía, por lo tanto no podía marcharse.
Al entrar, el recibidor estaba decorado con elegancia; flores frescas, velas encendidas y una mesa preparada con esmero. Tardó apenas unos segundos en comprender el motivo. Era su cumpleaños, y él lo había olvidado.
Tanto trabajo le había hecho olvidar la fecha, pero también debía echarle la culpa a cierta mujer que no dejaba en paz su mente tranquila. Cuando llegó a la sala principal, vio a sus padres y a su hermana acercarse con amplias sonrisas.
— ¡Feliz cumpleaños, mi amor! — Samara fue la primera en abrazarlo con cariño maternal.
Después vino Andrew, dándole una palmada afectuosa en el hombro, y finalmente Estrella, quien prácticamente se lanzó sobre él.
— ¡Feliz cumpleaños, hermanito! Te extrañé muchísimo.
Franco sonrió de verdad por primera vez en todo el día. La levantó del suelo y la hizo girar entre risas antes de besarle la frente.
— Me alegra más de lo que imaginas que hayas vuelto.
Entonces, al girar la mirada, vio a su abuelo y a la mujer que permanecía junto a él. No pudo evitar que la irritación surgiera en su interior.
— Querido nieto, feliz cumpleaños. — El anciano sonrió satisfecho. — Al parecer hoy es un día perfecto.
Franco se acercó, saludó al hombre con cortesía y después dirigió su mirada a la mujer. Ella intentó saludarlo de manera afectuosa, pero él se limitó a ser cortés, asintiendo con la cabeza.
— Selene…
Ella sonrió con una delicadeza estudiada. Ella había decidido ir ese día en específico con un objetivo, y no estaba dispuesta a marcharse sin cumplirlo.
— Hola, querido Franco. Llevo varios días en la ciudad. — Dijo tratando de acercarse nuevamente a él pero este retrocedió. — Quería verte desde hace tiempo, pero preferí esperar especialmente a este día.
Los padres de Franco permanecieron en silencio, con expresiones tensas. Estrella por su parte observaba la escena con evidente fastidio. El abuelo dio un paso al frente, satisfecho consigo mismo.
— Bien, ahora que estamos todos reunidos, es momento de anunciar que el compromiso se hará oficial dentro de un mes.
El ambiente se congeló en un instante. Franco parpadeó, incrédulo por sus palabras. Primero miró a su abuelo, luego a Selene, y finalmente a su familia.
— ¿De qué compromiso están hablando?
Andrew fue el primero en reaccionar ante la evidente imposición de su padre. Pero él no estaba dispuesto a aceptarlo.
— Papá, ya te dije que detengas esto. No obligarás a mi hijo a casarse. — Sentenció sin paciencia. — Eso sucederá cuando él lo decida.
— No entiendo el escándalo. — Bufo con molestia. — Ellos se conocen, fueron novios y hasta pensaban comprometerse antes. ¿Cuál es la diferencia ahora?
Con el rostro endurecido, Samara dio un paso adelante. Esta vez no permitiría que él continuara. Había sido paciente, considerando que era el padre de su esposo, pero ahora estaba claro que él no cedería hasta conseguir lo que se proponía.
— ¡Basta! No va a imponer nada a mi hijo. — Habló con firmeza. — Y si piensa continuar con esta farsa, lo mejor será que se marchen.
La indignación en su voz era evidente. Lo que más la enfureció no era solo la actitud de su suegro, sino que Selene aceptara participar en algo tan humillante. Sobre todo después de lo que le hizo a su hijo.
El anciano golpeó el bastón contra el suelo indignado por las palabras de Samara.
— ¡No puedes echarme de esta casa! ¡Me debes respeto!
— No… — Dijo Samara mientras lo veía con firmeza.
— ¡Basta!
La voz de Franco se alzó firme y autoritaria, imponiéndose sobre todos los demás. Caminó al centro de la sala y sostuvo la mirada de su abuelo.
— Primero: no me voy a casar con nadie por imposición. Cuando eso suceda, será porque yo así lo decida. — Luego miró a Selene. — Segundo: me alegra verte bien, pero no me interesa casarme, y mucho menos contigo. — Finalmente volvió la vista al anciano. — Y tercero: quiero que te mantengas al margen de nuestras vidas. No me hagas actuar.
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y salió de la sala. Subió las escaleras con el enojo todavía ardiendo en su pecho. Siempre era lo mismo con su abuelo; controlar, decidir, y mover piezas como si todos fueran parte de uno de sus negocios.
Entró en su habitación, y antes de cerrar la puerta, sintió que alguien entró detrás de él. Pensando que era Estrella, habló sin mirar.
— Lamento que tu bienvenida haya sido de esta manera.
Sin embargo, en lugar de escuchar una respuesta, sintió unos brazos rodeando su cintura. Se tensó al instante, al darse cuenta de que esa no era su hermana.
— A mí también me habría encantado que nuestro reencuentro fuera distinto. Pero eso puede cambiar ahora.
Franco reconoció la voz de inmediato y se soltó con rapidez alejándose varios pasos. Al girarse, Selene lo observaba con una sonrisa suave.
— Te extrañé.
— ¿Qué haces aquí? — Preguntó Franco con frialdad.
— Solo quería estar un poco más de tiempo contigo. — Respondió acercándose. — Todos estos años lejos de ti, me hicieron comprender cuánto te amo… cuánto deseo estar a tu lado.
Antes de que ella apoyara las manos sobre su pecho, Franco la detuvo sujetándole las muñecas con firmeza.
— No sé qué juego estás intentando, pero detente. — Dijo con fastidio. — No me interesas. Ya te lo dejé claro la última vez que nos vimos… y tú también me lo dejaste claro a mí. Así que será mejor que te vayas.
Selene bajó la mirada, fingiendo tristeza. Sabía, por supuesto, que conquistarlo nuevamente no sería fácil. Sin embargo, estaba dispuesta a emplear todas sus artimañas para que él cayera de nuevo en sus redes.
— Lo siento… — Habló con un tono de voz bajo. — Estar lejos de ti me hizo entender que eras el hombre de mi vida.
— Lo lamento, pero ya no siento nada por ti. Y no me interesa estar contigo.
Ella guardó silencio unos segundos, pero luego sonrió de nuevo. Como si no hubiera escuchado nada.
— Está bien. Me iré porque sé que debes estar confundido por lo que dijo tu abuelo. — Se acercó a la puerta, y habló antes de irse. — Pero ambos sabemos que no hay mejor opción que yo para ser tu esposa. Y así será. Nos vemos, cariño.
Selene salió de la habitación de Franco dejando tras de sí un perfume intenso y una extraña sensación de incomodidad. Él pasó una mano por su rostro con fastidio.