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Almas En Distinto Cielo

Almas En Distinto Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Completas
Popularitas:506
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Lo que se prepara sin saber para qué!

...Almas en Distinto Cielo...

...✦   ✦   ✦...

...Capítulo V...

...Lo que se prepara...

...sin saber para qué...

...— Porque a veces la vida acomoda las piezas antes de que veamos el tablero —...

...Buenos Aires — Las semanas que siguieron★ ★ ★...

Valeria

Hubo semanas en que el tiempo pasaba como pasan los días buenos: sin que uno los note demasiado, con una velocidad que solo se aprecia cuando ya se fueron. Esas semanas Valeria las vivió hacia adelante, como siempre —sin mirar mucho atrás, sin permitirse demasiado hacia adelante. Solo el día. Solo lo que había que hacer hoy.

El trabajo en el hotel continuó con su ritmo de siempre, pero algo había cambiado en el ambiente. Las supervisoras hablaban entre sí con ese tono de quien maneja información importante y no puede compartirla del todo. Se habían hecho pedidos de materiales de limpieza que no eran habituales. Se habían revisado los ascensores, repintado el hall de entrada, reemplazado las cortinas del tercer piso. Preparativos. El hotel entero se estaba preparando para algo.

Valeria y Soledad especulaban entre carritos y habitaciones con la sana liviandad de quienes no tienen nada que perder con imaginar.

"Dicen que son coreanos," dijo Soledad en voz baja, como si la información fuera clasificada.

"¿Cómo sabés?"

"La de recepción. Le llegó un mail con nombres que no pudo pronunciar ni uno." Pausa dramática. "Y uno de los nombres tenía veinte letras."

Valeria se rió. "Los apellidos coreanos son cortos."

"Entonces era el nombre."

Se rieron las dos. Y siguieron trabajando.

En casa, las cosas también se movían. Alma había retomado los entrenamientos para su última competencia con una concentración diferente —la de quien sabe que es la última vez y quiere que importe. Valeria la veía salir por las mañanas con la bolsa de patines y sentía esa mezcla particular de orgullo y nostalgia que solo conocen los padres cuando ven a un hijo despedirse de algo que lo formó.

Alma — nueve años sobre el hielo

...Había empezado a los nueve años en unas clases que Valeria pagaba haciendo horas de más en una tienda de ropa donde trabajaba entonces....

...La primera vez que Alma giró sola sobre los patines —torpe, riendo, los brazos abiertos buscando equilibrio— Valeria sintió algo que no tenía nombre todavía pero que reconoció como uno de los momentos más puros de su vida....

...Años después, esa niña que se reía cayéndose se había convertido en una atleta que hacía que la gente en las gradas dejara de hablar....

...No había llegado al mundo. Pero había llegado hasta donde sus recursos y sus fuerzas le permitieron. Y eso, pensaba Valeria, era más de lo que muchos con todo llegan....

Mateo se adaptó al nuevo club con esa facilidad de los que son buenos de verdad: en cualquier cancha, con cualquier equipo, la pelota entiende a quien sabe hablarle. El entrenador nuevo lo llamó a Valeria la primera semana. "Señora, su hijo tiene algo." Valeria lo sabía. Lo sabía desde que Mateo tenía ocho años y ya gambeteaba sillas en el living.

Un viernes a la tarde, la abuelita. Valeria fue sola, como siempre. La residencia olía a medicamentos y a café aguado y a esa soledad particular de los lugares donde la gente espera sin saber exactamente qué. La abuela estaba en su sillón, mirando la ventana con esos ojos que ya no guardaban mucho del mundo exterior.

Valeria se sentó a su lado. Le tomó la mano. Y la anciana giró la cabeza —despacio, con esa dificultad nueva que tenía para todo— y la miró. La miró de verdad. De esa manera en que a veces, en los momentos más inesperados, la lucidez vuelve como una visita breve.

"Valeria," dijo. Solo su nombre. Con una certeza absoluta, como si en ese nombre estuviera todo lo que necesitaba decir.

Valeria apretó su mano. "Acá estoy, abuela."

La anciana sonrió. Una sonrisa sin dientes, arrugada, completamente hermosa.

"Algo viene," murmuró. Sus ojos, aunque ya sin filo, tenían en ese instante una profundidad extraña. "Algo tuyo. Que siempre fue tuyo."

Valeria no respondió. Pensó que tal vez era la demencia hablando. Pensó que tal vez no.

Esa noche, de vuelta en casa, mientras Alma estudiaba y Mateo dormía con la pelota a los pies de la cama —literalmente, a los pies, como un perro leal— Valeria se sentó a la mesa de la cocina con un té que no tomó y pensó en las palabras de su abuela. Algo tuyo. Que siempre fue tuyo.

No sabía qué significaba. Pero las palabras se quedaron.

A la semana siguiente la supervisora confirmó las fechas: la producción llegaría en menos de tres semanas. Habría reunión informativa para el personal el lunes siguiente. Conducta, presentación, protocolo. Nada de fotos. Nada de preguntas a los huéspedes. Discreción absoluta.

"Parece que viene gente importante," dijo Soledad con un susurro innecesario dado que estaban solas en el vestuario.

"Toda la gente es importante," respondió Valeria.

Soledad la miró. "No, Val. Esta gente es importante con mayúscula."

Valeria terminó de ponerse el uniforme. Pensó en la cuota de Alma. En las zapatillas de Mateo. En el gas que había aumentado. En todas las razones concretas y urgentes por las que esas horas extras no eran una oportunidad sino una necesidad.

Y se fue a trabajar.

...Tokio — Las mismas semanas★ ★ ★...

Sebastián

Sebastián organizó el viaje con la misma eficiencia con que organizaba todo: en capas. Primero lo logístico —vuelos, hotel, agenda de reuniones, equipo mínimo que lo acompañaría. Luego lo estratégico —reuniones con el canal porteño, reuniones con el equipo de producción de Jinho, reuniones con abogados locales que conocían el mercado. Luego lo que llamaba internamente la variable humana: las cosas que no podían planificarse pero que había que estar listo para manejar.

Tres semanas en Buenos Aires. No más.

Su madre llamó la noche antes de que él terminara de confirmar los detalles. Midori tenía una manera de llamar en los momentos precisos que Sebastián había dejado de atribuir a la coincidencia hacía mucho tiempo.

"¿Ya decidiste?" preguntó sin preámbulo.

"Voy a Buenos Aires el mes que viene."

Silencio breve. Luego: "Bien."

"Es por trabajo, mamá."

"Todo lo que importa empieza por trabajo." Otra pausa. "O por lluvia. O por un café. El universo no es especialmente original con sus excusas."

Sebastián estuvo a punto de sonreír. Casi.

"Dormí bien," dijo Midori antes de colgar. No como despedida. Como instrucción.

Los días siguientes fueron de preparación intensa. Su equipo en Tokio trabajó sin parar para tener todo listo: los contratos revisados, los permisos de filmación en proceso, los contactos locales activados. Sebastián supervisaba con su precisión habitual, señalando lo que faltaba, corrigiendo lo que estaba mal, sin alzar la voz —nunca alzaba la voz— pero con esa presencia que hacía que el silencio de su desaprobación pesara más que los gritos de cualquier otro.

Park Jinho lo llamó un jueves para ultimar detalles del rodaje.

"El hotel está confirmado," dijo Jinho. "El Palermo Grand. Buena reputación, discreto, tiene los espacios que necesitamos para las escenas de interior."

Sebastián anotó el nombre sin ninguna reacción particular.

"¿Personal?" preguntó.

"Nos dijeron que van a asignar gente de planta para las semanas del rodaje. Horas extras." Jinho hizo una pausa. "Todo muy profesional, según el contacto local."

"Bien," dijo Sebastián. Y pasaron al siguiente punto de la agenda.

Esa noche Sebastián durmió con inquietud. No era el tipo de inquietud que produce el trabajo —esa la conocía y la manejaba. Era la otra. La que no tenía nombre en ningún idioma de los cuatro que hablaba.

El sueño llegó pasada la medianoche. Y ella estaba, como siempre. Pero esta vez el sueño era diferente en un detalle que Sebastián, al despertar, se quedó contemplando en la oscuridad del cuarto durante varios minutos.

Esta vez no la veía de lejos. No era una figura en la distancia. Esta vez ella estaba cerca —tan cerca que él podría haberle visto el color exacto de los ojos, podría haber contado sus pestañas. Y en la mano llevaba algo: un carro de metal. Un uniforme gris. Las manos que olían —él lo sabía en el sueño con esa certeza ilógica de los sueños— a algo limpio y a algo cálido al mismo tiempo.

Lo que Sebastián no podía saber

...Que el hotel donde se alojaría y donde se filmarían las escenas de interior era el mismo donde una mujer de ojos marrones doblaba toallas con manos que habían sostenido un país entero de sueños....

...Que esa mujer había levantado la mano para las horas extras por razones que no tenían nada de romántico: una cuota universitaria, unas zapatillas de básquet, el gas que siempre aumentaba....

...Que los pasillos que él recorrería con su traje oscuro y su paso de quien llega a cerrar acuerdos eran los mismos pasillos que ella conocía de memoria, con su carrito y su uniforme y ese aroma que era solo suyo....

...Que en menos de tres semanas, en algún pasillo de ese hotel o en algún ascensor o en algún momento cualquiera que ninguno de los dos podría haber marcado en ningún calendario, el universo —que no es especialmente original con sus excusas, como decía Midori— iba a terminar lo que había estado preparando desde antes de que cualquiera de los dos pudiera recordar....

Sebastián se levantó, fue a la ventana y miró Tokio. La ciudad que siempre estaba despierta. La ciudad que era suya y que de alguna manera, en ese momento, se sentía un poco más pequeña de lo habitual.

Buenos Aires. Octubre.

Tres semanas.

...Ella preparaba el hotel sin saber para quién....

Él preparaba el viaje sin saber hacia qué.

Y entre los dos, invisible y paciente como solo pueden serlo las cosas que llevan mucho tiempo esperando su momento, el destino afinaba los últimos detalles.

Ya casi.

...✦   ✦   ✦...

Continuará en el Capítulo VI

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