Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Planes.
La mansión familiar de los Lobos Novikov, a las afueras de Florencia, respira poder incluso en silencio. No necesita ostentar; lo impone. Las paredes de piedra clara, los ventanales amplios y los jardines perfectamente cuidados no hablan de lujo… hablan de legado.
Cuando Adara Lobo cruza las puertas principales, lo primero que la envuelve no es el mármol ni la altura del techo.
Es el hogar.
—Finalmente —la voz de Fátima Lobo la recibe con calidez firme.
Adara apenas alcanza a dejar su bolso cuando su madre la abraza con fuerza, besando sus mejillas como si necesitara comprobar que está ahí de verdad.
—Te extrañé.
—Yo también, mamá.
—Nos vimos en la fiesta de Sabine, pero no fue igual, hija.
Adara la vuelve a besar con ternura.
No hay protocolo entre ellas. No hay jerarquías. Solo vínculo.
—¿Y yo qué? —interviene desde el salón Philips Lobo, con ese tono grave que siempre parece esconder una sonrisa—. ¿También hay abrazo o ya perdiste las buenas costumbres?
Adara sonríe de inmediato y camina hacia él.
—Nunca contigo, papito.
Philips la recibe con un brazo firme, orgulloso, envolvente.
—Has cambiado… —dice, evaluándola con esa mirada que mide más de lo que dice.
—Para mejor —responde ella sin titubear.
—Eso espero. Cada día estás más hermosa, te pareces más a tu madre.
—Lo confirmo —interviene desde un costado Noah Lobo, apoyado contra una columna—. Aunque todavía hay que ver si sigue siendo soportable.
Adara rueda los ojos.
—Idiota.
—Te extrañé, enana.
El abrazo entre ellos es breve, pero cargado de complicidad. De esos que no necesitan palabras.
—¿Boston te hizo más peligrosa o sigues siendo la misma? —pregunta Noah.
Adara ladea apenas el rostro.
—Ahora soy peor.
Noah sonríe, satisfecho.
—Perfecto, seremos el duo de la historia.
La cena se sirve con la precisión de siempre. Vajilla impecable, vino tinto decantado, platos que mezclan tradición italiana con refinamiento absoluto. Todo está en su lugar, como debe ser, pero lo importante no está en la mesa.
Está en la conversación.
—Quiero escucharlo de ti —dice Philips, dejando la copa a un lado—. ¿Qué hiciste exactamente en Boston?
Adara toma un sorbo de vino antes de responder, sin prisa.
—Me especialicé en dirección estratégica internacional —dice con calma—. En expansión de mercados, negociación de alto riesgo y manejo de crisis empresariales.
Noah alza una ceja.
—Traducción: ahora sabes cómo joder a cualquiera con elegancia.
Adara sonríe apenas.
—Ahora sé a quién no confiarle nada… y cuándo retirarme antes de perder.
Philips asiente, interesado.
—Continúa.
—Trabajé con firmas que operan en entornos inestables —añade ella—. Mercados donde una mala decisión no cuesta dinero… cuesta poder. Aprendí a anticipar movimientos, a leer personas, a convertir conflictos en ventaja.
El silencio que sigue no es casual. Es aprobación.
—Eso —dice Philips finalmente— es exactamente lo que necesitamos.
Adara sostiene su mirada sin vacilar.
—Por eso fui.
Fátima sonríe con orgullo silencioso.
—Siempre supiste lo que querías.
—Siempre supe para qué nací —responde Adara.
Philips se inclina apenas hacia adelante, su tono cambia. Se vuelve más firme y más real.
—A partir de ahora, vas a asumir un rol directo en la organización.
Adara no se sorprende. Lo esperaba.
—Estarás al frente del área estratégica de nuestras empresas —continúa él—. Supervisarás expansión, alianzas, riesgos… y tomarás decisiones.
—Perfecto —responde ella sin dudar.
—No es un juego, Adara.
—Nunca lo ha sido, papá.
Philips la observa unos segundos más evaluando, midiendo y finalmente asiente.
—Bien.
Noah interviene, divertido:
—Entonces oficialmente eres la que decide si nos hacemos más ricos… o más peligrosos.
Adara lo mira con media sonrisa.
—Ambas.
Fátima retoma un tono más suave, más íntimo.
—¿Y Fausto? —pregunta—. ¿No vino contigo?
Adara mantiene la compostura.
—No y sí. Bueno vinimos de juntos e Boston, pero luego tomamos rumbos diferentes porque yo me fuí a Alemania. Fausto se está instalando con su padre, su madrastra y Allegra.
Noah hace una leve mueca, casi imperceptible.
Philips interviene:
—Su padre ha sido impecable con nosotros. Y Fausto… —toma una pausa— ha demostrado que no es solo un apellido, creo que será un buen abogado.
Adara asiente.
—Se ha preparado bien.
—Eso me han dicho —añade Philips—. Ha llevado casos importantes… y lo ha hecho correctamente.
Fátima sonríe.
—Entonces parece una buena elección.
Adara baja la mirada apenas, girando la copa entre sus dedos.
—Sí…
Pero no suena convencida y Noah lo nota, no dice nada, pero lo guarda.
Esa noche, en su habitación, el silencio pesa distinto. Adara Lobo se sienta en el borde de la cama con el teléfono en la mano. Lo observa unos segundos… como si pesara más de lo normal.
Y marca.
—Hola, amor —responde Fausto al segundo tono.
Adara cierra los ojos un instante.
—Hola, Fausto. Mañana… ¿podemos vernos?
—Claro. ¿Todo bien?
—Sí… solo necesitamos hablar.
Una pausa breve.
—Paso por ti después de la oficina.
—No es necesario, enviame la dirección y yo llegaré.
—Ok. Te amo.
El silencio se alarga un segundo más de lo necesario.
—Mañana hablamos —responde ella.
Y cuelga sin decirlo de vuelta. Se deja caer sobre la cama, mirando el techo.
—Mañana… —murmura.
Porque ya decidió que va a terminar con él. No puede seguir así en una relación en la que no hay amor y la química que había se acabó y tampoco después de lo que pasó con Cedric. No después de lo que sintió entre sus brazos. Fausto no merece que ella lo siga engañando y aunque nunca tenga nada con Cedric, es mejor quedarse sola.
...
En otra parte de la ciudad, Fausto observa una pequeña caja abierta sobre la mesa.
Dentro… un anillo, perfecto y costoso. Elegido con intención, lo gira entre sus dedos, sonriendo.
—Esto lo cambia todo… —murmura.
En su mente, el panorama es claro.
Adara.
Su apellido.
Su familia.
Su poder.
Casarse con ella no es solo amor; es ascenso, es consolidación, es entrar en la cima… para no salir jamás.
Unos brazos femeninos rodean su torso desde atrás.
—¿Pensando en tu futura esposa? —susurra Allegra contra su espalda.
Fausto no responde de inmediato y sigue mirando el anillo.
—Pensando en lo que viene.
Ella sonríe, apoyando el mentón en su hombro.
—Mientras no olvides lo que ya tienes…
Él se gira lentamente, atrapando su rostro.
—No lo olvido.
El beso llega conocido, prohibido y peligroso.
—Solo tenemos que ser más cuidadosos —añade él contra sus labios—. Más que nunca.
Allegra sonríe, segura.
—Nadie nos va a descubrir.
El anillo queda sobre la mesa brillando y esperando sin saber que el futuro que promete está a punto de romperse.