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El Corazón de Azalea

El Corazón de Azalea

Status: Terminada
Genre:Niñero / Amor eterno / Completas
Popularitas:178
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.

El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.

Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.

Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.

Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Esa noche, una lluvia fina caía sobre la ciudad, dándole un aire cálido y a la vez sofisticado a las luces de la calle que se reflejaban en el asfalto mojado.

—Para festejar el primer lugar —declaró Enzo, escueto; el tono distinto al de siempre, más ligero, más vivo—. Vamos a cenar fuera.

Erza soltó un gritito de emoción. —¿En serio, Papi?

—En serio —confirmó Enzo, palmeándole el hombro—. Nos lo merecemos.

Azalea sonrió al ver los ojos de Erza encendidos. Ayudó a los niños a arreglarse, les escogió ropa cómoda y elegante. Para ella misma, eligió un vestido sencillo color moca, de corte refinado. Nada estridente, nada excesivo. El hiyab bien peinado, el maquillaje apenas perceptible, lo justo para realzar esa calma que ya se había convertido en su sello.

Cuando bajaron al recibidor, doña Elsa, que los esperaba, se quedó con la mirada fija en Azalea. No por envidia, sino porque se le agotaron los flancos de ataque.

Azalea lucía distinguida, serena y elegante. No había un solo detalle que pudiera servir de blanco para una burla. Incluso doña Elsa, que era experta en detectar defectos ajenos, esta vez solo pudo apretar los labios.

—Vámonos —dijo Enzo, lacónico.

Doña Elsa asintió, algo tiesa.

—Siéntate adelante —indicó Enzo mientras le abría la puerta del auto a Azalea.

Azalea lo miró un instante. —Gracias —dijo, y subió.

Lo que nadie esperaba fue que Enzo, después de que ella se acomodara, le abrochara el cinturón de seguridad. El gesto no le pasó inadvertido a doña Elsa.

Durante el trayecto, el auto se llenó con la charla animada de Erza y Elora. Los dos rebosaban entusiasmo porque rara vez los sacaban a cenar.

El restaurante ocupaba la planta alta de un hotel de cinco estrellas. Candelabros de cristal colgaban del techo, la música de un piano fluía suave y los meseros de uniforme impecable los recibieron con sonrisas profesionales.

Erza se sentó muy derecho, orgulloso. Elora, en cambio, arrugó la nariz desde que abrieron el menú.

—Mami —susurró la pequeña, en un tono bajo pero audible—, yo no quielo comel esto.

Azalea volteó. —¿Por qué?

—Quielo helado —confesó Elora con franqueza, haciendo un puchero—. Helado de muchos cololes con muchos toppings.

Enzo, sentado al otro lado de la mesa, se puso rígido. Conocía bien esas señales. Por lo general, lo que seguía eran lágrimas, gritos y miradas incómodas del resto de los comensales.

—Elora —intentó Enzo con firmeza—, primero la cena.

Elora sacudió la cabeza y se cubrió la boca con las manos. —¡No quielo!

Azalea levantó la mano con calma, indicándole a Enzo que no se alterara. Se inclinó hasta quedar a la altura de los ojos de la niña.

—Elora —dijo Azalea en voz muy baja, casi un secreto—, si comes solita hasta que el plato quede vacío, antes de dormir Mami te lee dos cuentos.

Elora levantó la cabeza. —¿Dos?

—Sí. Dos. Y van a ser divertidísimos —prometió Azalea con una sonrisa.

Elora sopesó la oferta. Unos segundos que a Enzo le parecieron eternos.

—¿Plomesa? —quiso asegurarse Elora.

—Promesa.

Elora aceptó con un movimiento de cabeza y tomó su cuchara. —Entonzes me como ezto.

Enzo se quedó atónito. Sin imposiciones, sin alzar la voz, sin escenas. Y lo más asombroso: Elora comió sola hasta dejar el plato limpio.

Erza miró a Enzo con una sonrisilla. —Papi, Mami es buenísima para convencer a Elora, ¿eh?

Enzo solo pudo asentir, todavía absorto. En el fondo del pecho, una tibieza le fue ganando al cansancio acumulado.

Todo este tiempo estuve equivocado, reflexionó. No es que los niños sean difíciles. Es que yo no sabía cómo tratarlos.

Pero la tregua no duró mucho. Doña Elsa depositó los cubiertos con un tintineo seco y dijo con tono glacial: —Los niños se ponen caprichosos porque los consienten demasiado.

Azalea volvió la cabeza despacio. La sonrisa no se le borró; la voz siguió igual de suave.

—Puede ser —concedió, serena—. Pero los niños también se ponen caprichosos cuando no los escuchan.

Doña Elsa frunció el ceño. —En nuestra familia, los niños deben tener disciplina.

Azalea asintió apenas. —La disciplina es importante. Pero la sensación de seguridad es igual de importante.

La mujer del hiyab hizo una breve pausa para cerciorarse de que Erza y Elora estuvieran entretenidos con su comida.

—Cuando un niño siente que lo escuchan —continuó Azalea, manteniendo la voz baja—, generalmente no necesita gritar para que lo entiendan.

Palabras sencillas que, sin embargo, dieron una bofetada discreta. Doña Elsa calló. No había furia que pudiera lanzar sin quedar en evidencia frente a los demás.

Enzo observó a Azalea con una mirada diferente: mezcla de admiración y de una gratitud que no hallaba cómo expresar.

Esa noche, en el restaurante de luces centelleantes, Enzo comprendió algo esencial. No era el lujo lo que hacía sentir completa a una familia, sino la presencia de alguien que sabía escuchar y amar en silencio.

Al día siguiente, en la casa, Erza y Elora se dejaban caer sobre el colchón con pereza. —Mami, haznos es kuwut —pidió Elora con voz mimosa, abrazada a su almohada. El es kuwut era una bebida tropical de frutas con trocitos de gelatina.

—Sí —respondió Azalea con una sonrisa—. Pero primero tienen que dormir la siesta.

Erza torció la boca al instante. —¿Con mucha gelatina?

—Con mucha gelatina —confirmó Azalea.

Esa promesa bastó para que los dos asintieran obedientes.

El mediodía ardía. El sol parecía haberse estacionado justo encima de sus cabezas. El aire caliente le presionaba el pecho a Azalea, que caminaba con paso algo lento hacia el supermercado cercano al fraccionamiento. El sudor le perlaba las sienes, pero su expresión seguía apacible.

Así que aquella tarde salió a comprar gelatina, limones y algunos ingredientes extras. Algo tan simple, pero para ella la felicidad solía nacer de cosas pequeñas.

Azalea estaba frente al estante, observando las gelatinas de colores alineadas. Alargó la mano hacia una, luego otra, sopesando cuál les gustaría más a los niños. Y en ese instante, una voz que conocía bien le llegó por detrás.

—No puede ser... ¿qué haces aquí?

Azalea se congeló un segundo antes de voltear. Rodrigo estaba a unos pasos, con camisa de vestir, una canasta de compras en la mano. A su lado, Nadia lucía un atuendo llamativo y sostenía la mano de una niña cuyo rostro era idéntico al suyo.

Azalea los contempló con calma. Era horario de descanso en la oficina. No esperaba encontrárselos ahí. —Ah —pronunció quedamente—. Rodrigo.

Nadia esbozó una media sonrisa. —Qué chiquito es el mundo. Hasta al súper te topas a la exesposa.

Azalea asintió apenas. —Sí. Dios dispone todo.

Su mirada descendió sin querer hacia la niña al lado de Nadia. La pequeña abrazaba un muñeco y miraba alrededor con ojos inocentes. Entonces algo hizo clic en su mente.

Esa niña es la hija de Nadia que participó en el concurso de colorear el otro día.

No era hija de Rodrigo; el parecido con él era nulo. Y en el dedo de Nadia no había alianza. Tampoco en el de Rodrigo. De golpe, una pieza de la verdad encajó en su cabeza. Así que durante todo este tiempo, Rodrigo no se ha vuelto a casar.

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