Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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La grieta
Para Luisa esos días habían sido extraños ya casi 2 meses desde que se habían ido su suegros.Se sorprendía a sí misma esperando que Diego llegara temprano. Se sorprendía observándolo cuando cargaba a Ilian, cuando le hablaba en voz baja como si el bebé pudiera entenderlo todo.
Se sorprendía de verdad parecía un sueño.
Y eso era lo que más miedo le daba.
Esa noche parecía ser como todas las demás noches sin novedad.Luisa estaba en la habitación, acomodando la ropa de Ilian. El bebé dormía tranquilo. Todo estaba en calma.
Hasta que el teléfono de Diego sonó.
Él estaba en la sala.
Contestó.
—¿Bueno?
Luisa no prestó atención al inicio hasta que escuchó el tono de su voz cambiar.
—¿Qué?
Silencio.
—¿Dónde estás?
Luisa salió de la habitación.
Diego estaba de pie dando vueltas de una lado para otro.
—Estefany, cálmate dime exactamente dónde estás.
Luisa se quedó observandolo.
—No salgas de ahí, ya voy —dijo Diego, cortando la llamada.
Se giró y la vio.
—¿Qué pasó? —preguntó Luisa.
Diego tomó sus llaves.
—Nada es un problema —respondió rápido.
—¿Un problema con quién?
—De trabajo.
Luisa lo miró fijamente.
—No me mientas.
Diego apretó la mandíbula.
—No tengo tiempo para esto ahora.
—Pero sí para irte corriendo por esa mujer —respondió ella, sin levantar la voz.
Eso lo detuvo.
—No es lo que crees.
—Entonces explícame qué es —dijo Luisa—. Porque lo único que escuché fue su nombre y tu urgencia por ir a verla.
Diego pasó una mano por su cabello.
—Dice que la están siguiendo. Que la quieren secuestrar.
Luisa lo miró.
—Y tú le creíste.
—No puedo ignorarlo —respondió él—.
—¿Y si no lo es?
—Voy a ir —dijo finalmente Diego—. No me voy a quedar con la duda.
Luisa solo le dijo.
—Claro.
Diego bajó la voz.
—No me esperes.
Luisa sonrió sin humor.
—No te preocupes no lo haré.
Él dudó.
Como si quisiera decir algo más.
Pero no lo hizo.Se fue.
Luisa se quedó de pie unos segundos.
Luego caminó despacio hasta la cuna.
Miró a Ilian.
Dormido.
—Siempre es lo mismo —susurró—. Siempre estará Estefany entre nuestras vidasSe sentó, no lloró.
Mientras tanto, Diego manejaba rápido.
Su mente intentaba pensar.Algo no encajaba.
La ubicación que Estefany le envió no tenía sentido.
Una discoteca.
—¿Quién pide ayuda desde un lugar así? —murmuró.
Pero aun así siguió.
Porque una parte de él todavía reaccionaba cuando se trataba de ella.
Y eso le molestaba.
Llegó.El lugar estaba lleno.Luces.
Música a todo volumen.Gente riendo.
Nada de peligro.Nada de persecución.
Nada.Diego entró, buscando con la mirada.
Hasta que la vio.
Estefany.
Sentada en la barra.Sola.
Perfectamente arreglada.Como si nada hubiera pasado.Diego se acercó, molesto.
—No veo a nadie que quiera secuestrarte.
Ella giró lentamente.
Y sonrió.
—Sabía que vendrías.Eso fue suficiente.
—¿Estás jugando conmigo? —preguntó él, serio.
Estefany bajó la mirada y luego la volvió a subir, con una expresión diferente.
—Perdóname —dijo—. Tuve que mentirte.
Diego soltó una risa seca.
—¿Mentirme?
—Si no lo hacía no ibas a venir a verme.—Eso no justifica nada.
Estefany dio un paso hacia él.
—¿Y qué querías que hiciera? —preguntó—. ¿Esperar a que me olvides?
Diego no respondió.
—Mírame, Diego —insistió ella—. ¿De verdad ya no te importa nada de lo que tuvimos?
Él desvió la mirada.
—Las cosas son diferente ahora.
—No —dijo ella—. Te casastes obligado
Eso lo hizo mirarla otra vez.
—No metas a otros en esto.
—Claro que los meto —respondió ella—. Porque tú no estás donde quieres estar.
Se acercó más.
—Dime la verdad… ¿la amas?
Diego guardó silencio.
Otra vez.Y ese silencio lo dijo todo.
Estefany cerró los ojos un segundo.
—Sabía que no —susurró.
Cuando los abrió, ya no estaba triste.
Estaba decidida.
—Entonces deja de fingir.
Tomó dos vasos.
Sirvió whisky.
Le extendió uno.
—Solo quédate un rato —dijo—. No te estoy pidiendo nada más.Diego dudó.
Pero al final tomó el vaso.
—Solo un rato.Estefany sonrió apenas.
—Eso es suficiente.Chocaron los vasos.
Bebieron.Minutos después…
Diego empezó a sentirse extraño.
—¿Qué? —murmuró, llevándose la mano a la cabeza.
Estefany lo sostuvo del brazo.
—Tranquilo —dijo suavemente—. Solo estás cansado.
—No me siento bien…
—Vamos siéntate —insistió ella.
Lo guió hacia una zona privada.
Diego apenas podía mantenerse en pie.
—Estefany ¿qué hiciste?
Ella lo miró.
—Lo que tenía que hacer.
Él intentó reaccionar.Pero ya era tarde.
El mundo se volvió oscuro.
Y cayó.Estefany lo sostuvo como pudo.
Su corazón latía rápido.Pero no por amor.
Por desesperación.
—No me dejaste opción —susurró.
Miró su vientre.
Y apretó los labios.
—Alguien tiene que hacerse responsable.
Pidió ayuda para llevarlo a una habitación.
Todo estaba planeado.
Todo menos lo que ya había salido mal antes.
Mientras tanto Luisa seguía despierta.
Sentada en la cama.Mirando el teléfono.
Sin mensajes.Sin llamadas.Nada.
—Claro —murmuró—. No tenía por qué volver rápido.
Se recostó.