En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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Un día especial
Catherine deslizó la palma de sus manos sobre la delicada seda de su vestido blanco. Cerró los ojos y se llenó de sentimientos hermosos mientras imaginaba la boda. Su madre, detrás de ella, se deshacía en lágrimas al ver culminado su mayor orgullo: aquella tarde su única hija se casaría con el príncipe del reino, un joven apuesto y gentil, con quien formaría una familia y viviría en el palacio real. Eso la colmaba de felicidad.
— ¿Será prudente un moño en la cabeza? —preguntó la novia, buscando su mejor perfil.
Elena se acercó, posó las manos sobre los hombros de su hija, le sonrió a través del espejo y contestó:
—Un moño no dejaría resaltar tu cabello.
Catherine bajó los brazos, sonriendo con una mueca atrevida y dijo:
—Además… sería un accesorio más para quitarme en mi noche con él.
Elena río, le tocó el hombro con cariño y se alejó hasta una mesa de luz. El atardecer caía; pinceladas de naranja se colaban por la ventana de la habitación de la novia. Ambas mujeres se preparaban para la boda.
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Boran se sentó en la cama. Todo su dormitorio había sido modificado para recibir a su futura esposa. El traje negro, como la noche, se entallaba en su cuerpo, mientras acomodaba su cabello detrás de las orejas. Su mirada se perdía en el techo, en los antiguos dibujos que lo decoraban. Estaba emocionado, quizás con miedo; sus manos sudaban más de lo normal, los nervios lo dominaban, haciendo que los anillos bailaran en sus dedos.
La princesa Leila tocó la puerta y entró. Observó la habitación —algunos muebles nuevos, otros desplazados— y caminó hacia su hermano.
—El reino entero está en la plaza… Es el momento.
Boran se levantó, erguido como un digno rey. Alisó sus ropas, sonrió a su hermana y se encaminó a la puerta. Afuera lo aguardaban guardias; uno de ellos portaba las hachas de Preus colgadas en la cintura.
El príncipe frunció el ceño.
—¿Qué haces con eso?
—Son muy buenas armas, equilibradas y resistentes —contestó el guardia.
Boran, enfadado, replicó:
—Quiero que las lleves al forjador y las destruya. Esas no son armas de este mundo.
Giró y siguió su camino. El guardia bajó la cabeza, consciente de su error, y partió de inmediato a obedecer la orden.
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La ciudad entera se encontró reunida en la plaza central. Una tarde despejada y cálida abrazaba a cada habitante, haciéndolos sentir parte de la historia que comenzaba a escribirse. Boran se colocó junto al clérigo del reino, entrelazando los dedos mientras observaba la multitud.
La música alegre llenaba el firmamento. Niños y niñas revoloteaban con flores en las manos, dibujando el escudo real sobre el pasillo por donde desfilaría la novia. De pronto, todos se dispersaron: la hermosa Catherine avanzaba. Su interminable vestido descendía y arrastraba sobre el suelo; su cabello, casi suelto, bailaba al compás de su andar. Sus ojos, de una profundidad infinita, se humedecieron al contemplar el panorama. Los habitantes murmuraban su belleza mientras ella avanzaba hasta quedar frente al príncipe.
Él contuvo las lágrimas, pero su sonrisa lo delató.
—Estás hermosa.
Ella bajó la mirada, sonrojada.
—Ambos lo estamos.
Boran extendió su mano derecha. Los cuatro anillos de esmeralda brillaban en sus dedos. Catherine la tomó y subió los escalones que la separaban de él. Frente a frente, se contemplaron enamorados. El clérigo se colocó a su lado: la magia del momento llenaba el aire. Una niña le entregó a Catherine un ramo de flores; ella lo abrazó con gratitud.
—Te voy a amar toda mi vida —dijo Boran.
Ella, entre lágrimas, quiso responder, pero las palabras no salieron.
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El clérigo alzó un colgante de oro puro, una joya bendecida que sellaría la unión de las dos almas. Se prepara para pronunciar las palabras sagradas, pero en ese instante el príncipe empuja a Catherine hacia atrás y se gira hacia la multitud. Junta ambas manos, uno de sus anillos, grabado con un lobo, comenzó a brillar.
—¡Lobo! —exclamó.
Una bestia canina surge y recibe en su lugar el filo de una daga destinada al príncipe. El animal cayó herido de muerte. Sin perder tiempo, Boran grita:
—¡Oso!
El gigantesco animal surgió y se arremetió contra la multitud. Entre ella, apareció Preus, blandiendo sus hachas. El príncipe lo reconoció de inmediato: el cazador había estado oculto entre la gente.
Recordó entonces al guardia que llevaba esas armas en la cintura. A su lado, junto al forjador, yacía desmayado a golpes. Preus había sido meticuloso: los había derribado sin quitarles la vida.
Boran se olvida de Catherine y corre tras el oso. Pasa junto al rey y grita,
—¡Es el cazador, vino por Leila, no tiene que encontrarla!
El rey y varios guardias toman a la princesa y la mantienen a resguardo. Ella deseaba luchar junto a su hermano.
El oso se arremetió contra Preus, pero este lo esquivó hábilmente, deslizándose entre sus patas como en un duelo cuerpo a cuerpo. El pelaje del animal rozó su rostro mientras se movía serpenteante. Con un golpe certero, hundió su hacha en la espalda de la bestia, la atravesó varios centímetros y luego retiró el arma. El oso, enloquecido, intentó morderlo, pero el cazador se agachó justo un tiempo. Aprovechó la cercanía del cuello expuesto y descargó otro golpe. No fue lo bastante profundo para matarlo, por lo que retrocedió. El oso rugió desesperado, perdiendo sangre por la espalda y sufriendo en cada intento de girar.
Con una patada, Preus lo empujó y tomó distancia. Por un instante cruzó la mirada con Boran, que se había detenido a una prudente distancia. El príncipe alza los brazos y pronuncia algo que Preus no alcanzó a oír, aunque un anillo brilló en su mano. Comprendió entonces que su poder para controlar bestias provenía de aquellos anillos.
—Tres coyotes.