Shiro es un soldado el cual no revela nunca emociones, pero al llegar una carta de una desconocida su futuro qué parecía oscuro se ve iluminado por un sentimiento que no sabe de donde proviene ¿descubrira Shiro quien es esa persona o sabrá cual es ese sentido?
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Las huellas del pasado
Hace muchos años
El sol de la tarde se filtraba suavemente entre las ramas de los cerezos.
Los pétalos danzaban en el aire mientras tres figuras caminaban por un sendero de piedra.
Akari, con su cabello recogido, vestía ropas simples. No era la gran maga que el mundo respetaba. Solo una mujer, una madre.
A su lado, Paul, de andar firme y sonrisa constante, cargaba en sus hombros a una niña pequeña que reía sin parar.
—¡Más alto, papá! ¡Más alto! —gritaba la niña, levantando los brazos al cielo.
—¡Si vuelo más alto, te vas a convertir en nube! —respondió él, riendo.
—¿Sí me vuelvo nube podre explorar todo el mundo? —Preguntó la niña de forma inocente.
Akari los miraba con ternura.
—Claro que si —dijo Akari mientras miraba a la niña —Pero entonces no podrás comer los dulces de mamá.
—¡¿Aaahh?! —dijo la niña muy sorprendida —Entonces no quiero ser una nube.
Entonces Akari y Auren se miraron y rieron mientras la niña se preocupaba por no comer más dulces.
[---]
La escena como el ambiente cambia de repente.
En una sala de piedra del consejo real.
Tres hombres rodeaban a Akari, la cual estaba con túnica de investigación puesta.
En su mano, sostenía un cilindro metálico con sellos grabados: sus estudios de magia prohibida.
—No entienden lo que están pidiendo —decía Akari con voz firme.
—Esto no debe ser usado para la guerra —dijo con mirada determinada —Solo debe usarse para mejorar la vida de las personas.
—Te estamos dando una orden —gruñó uno, con el sello del consejo colgando del pecho.
—Tu no entiendes, el imperio necesita poder —dijo la otra persona.
Akari retrocedió un paso, abrazando el cilindro contra su pecho.
—Lo siento. No puedo dárselos.
Uno de los hombres, más joven, perdió la paciencia.
—¡Entonces te quitaremos lo que tú no quieres dar!
Lanzó un hechizo.
Un rayo mágico rojo cruzó la sala como una lanza ardiente, dirigido directo al corazón de Akari.
Ella no tuvo tiempo de reaccionar.
Pero entonces otro se interpuso frente al proyectil.
Era Paul.
El impacto lo atravesó.
—¡PAUL! —gritó Akari, atrapándolo mientras caía a sus brazos.
Su cuerpo temblaba, los ojos aún abiertos.
—¿Tú… tú… por qué…?
—Mientras salías… —Intentaba decir mientas tosía sangre —Te veías preocupada —finalmente termino la frase.
El hombre de en medio miró al joven con rabia.
—¡¿Qué cres que intentas imbécil?! ¡No sabes que aún la necesitamos viva!.
—Sí —dijo el de la derecha que parecia más molesto.
—¡Detente, Akari! ¡Podemos arreglar esto si entregas la investigación!—dijo el de en medio mirando a Akari
Akari levantó la cabeza.
Sus ojos ya no eran amables o pacientes, estaban llenos de lágrimas, pero con furia.
Con voz baja, empezó a recitar un conjuro.
—Tōmei na ame… kareta ki ni shimi… fukai yoru e…
El aire se volvió espeso.
El suelo empezó a brillar.
—¿Qué está haciendo? —preguntó uno de los hombres.
—¡DETÉNLA! —gritó otro.
—…yami ni kieta subete no kioku… shūketsu sare yo.
El cilindro en sus manos se partió en fragmentos flotantes, girando a su alrededor.
La magia se condensó en múltiples círculos mágicos de distintos colores y formas.
Y entonces, una luz blanca e inmensa cubrió todo.
La sala, los hombres, los cuerpos…
Todo se desvaneció.
Y lo último que se oyó…
fue la voz de Akari, quebrada:
—Lo siento… cariño…
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En el bosque.
Las hojas bailaban violentamente al ritmo del viento
La lluvia caía pesada, resbalando por las ramas, convirtiendo la tierra en barro.
Entre los árboles, una niña pequeña corría.
La hija de Akari.
Tenía el rostro lleno de lágrimas, el cabello empapado pegado al rostro.
En sus brazos, apretado contra su pecho, cargaba un objeto envuelto en tela:
El rompecabezas.
—¡Mamá…!
—¡Papá…!
Lloraba entre jadeos, sin mirar atrás.
Pero entonces, el cielo se encendió.
Desde la dirección contraria, una columna de luz blanca se elevó hacia el cielo, cortando las nubes en plena tormenta.
La niña se detuvo por un instante, asustada, con los ojos muy abiertos.
Con un recuerdo en su mente.
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—hija debes irte al bosque —decía Paul.
—Y tú papá —decía la niña sin entender.
—tranquila papá te irá a buscar cuando todo haya pasado —decía con una mirada algo desconsolada.
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—¡Eres un mentiroso papá!
Intentó correr de nuevo, pero tropezó con una raíz invisible bajo el barro.
Cayó de rodillas, ensuciando la ropa que tenia.
Se levantó, sollozando, con la cara sucia y mojada.
Siguió caminando, casi a ciegas, entre ramas y truenos.
—¡No quiero estar sola…!
Siguió corriendo, pero ya no tenía fuerza.
Su paso era torpe, débil… y entonces…
¡CRACK!
Chocó de frente contra un tronco grueso.
El impacto la lanzó de espaldas.
El rompecabezas cayó a un lado.
Su pequeña cabeza golpeó contra el suelo húmedo.
Sus ojos parpadearon.
Y luego…
Oscuridad.
La lluvia no paraba.
Y sobre el barro, bajo la tormenta, la niña quedó inconsciente en completa soledad.