En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 13. Antes del Amanecer.
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El silencio después de las palabras de Cassian fue inmediato.
Pesado.
La lluvia seguía golpeando los ventanales del cuarto mientras el viento hacía temblar ligeramente las llamas de la chimenea, pero dentro de la habitación nadie habló durante varios segundos.
“Si quieren respuestas sobre Lyra Morvane… vengan solos a la capilla antes del amanecer.”
Seraphine sintió el pulso latiéndole demasiado fuerte en el cuello.
Lyra Morvane.
No “tu madre”. No “la concubina”. No rumores.
Un nombre.
Directo.
Deliberado.
Alguien quería que ella fuera.
Y eso era exactamente lo que volvía todo más peligroso.
Alaric fue el primero en romper el silencio.
—Bueno —murmuró lentamente—. Definitivamente ya no estamos lidiando con simples asesinos.
Cassian seguía mirando la nota.
Tenso.
Seraphine observó cuidadosamente su expresión.
No parecía únicamente preocupado.
Parecía estar recordando algo.
—¿Reconoces la escritura? —preguntó ella.
Cassian levantó apenas la vista.
—No.
Mintió.
Pequeña mentira. Pero suficiente.
Ella lo notó inmediatamente.
Alaric también.
Porque sonrió apenas desde las sombras junto a la mesa.
—Interesante.
Cassian dobló la nota rápidamente.
—No iremos.
—Claro que iremos —respondió Alaric.
—Podría ser una trampa.
—Obviamente es una trampa.
La sonrisa del segundo hijo se amplió apenas.
—Eso es lo que la vuelve interesante.
Cassian dio un paso hacia él.
—Esto no es un juego.
—Y repetir esa frase sigue sin volverla menos aburrida.
La tensión entre ambos creció otra vez.
Seraphine comenzaba a percibir un patrón peligroso: cada vez que la situación empeoraba, Alaric parecía sentirse más vivo.
Eso no era normal.
No completamente.
Cassian volvió hacia ella.
—No pienso dejar que vayas.
Seraphine arqueó apenas una ceja.
—Qué considerado.
—Hablo en serio.
Ella sostuvo su mirada unos segundos.
Y otra vez apareció esa sensación incómoda: Cassian realmente quería protegerla.
El problema era que seguía ocultándole cosas mientras lo hacía.
Y protección sin verdad se parecía demasiado al control.
—No puedes detenerme —dijo finalmente.
Cassian abrió la boca para responder.
Alaric se adelantó.
—De hecho, técnicamente sí puede. Sigue siendo el heredero.
Seraphine lo ignoró.
—Si alguien sabe quién era mi madre, iré.
Cassian tensó la mandíbula.
—Eso es exactamente lo que esperan.
—¿Y qué esperas tú? ¿Que siga fingiendo ignorancia mientras aparecen cadáveres con mensajes relacionados conmigo?
El silencio cayó otra vez.
Porque ninguno podía negar ya la conexión.
“La hija sobrevivió.” “Ya despertó.” Lyra Morvane.
Todo comenzaba a girar alrededor de ella de maneras que Seraphine odiaba profundamente.
Nunca quiso ser el centro de nada.
Las personas visibles morían primero.
Alaric caminó lentamente hacia la ventana.
La lluvia convertía el cristal en una superficie negra y distorsionada.
—Hay algo más interesante aquí —dijo.
Cassian soltó un suspiro cansado.
—¿Qué ahora?
—La nota dice “solos”.
Eso llamó la atención inmediata de Seraphine.
Alaric giró apenas el rostro hacia ellos.
—No “sola”. “Solos”.
Silencio.
Mierda.
Cassian lo entendió también.
—Nos observaron en la biblioteca.
—Exactamente.
Alaric sonrió lentamente.
—Quien envió esto sabe quién estuvo ahí abajo.
Seraphine sintió un frío desagradable recorrerle la espalda.
Eso cambiaba mucho.
Porque significaba que alguien los había estado observando incluso entonces.
Tal vez desde el principio.
—Corvus —murmuró Cassian.
—Quizá —dijo Alaric—. O quizá alguien más.
Seraphine recordó inmediatamente aquella sensación detrás de la columna. La voz susurrándole al oído. La presencia invisible.
No estaban solos aquella noche.
Nunca lo estuvieron.
La idea le produjo escalofríos.
Cassian comenzó a caminar lentamente por el cuarto otra vez.
Pensando.
Siempre pensando demasiado.
—Si vamos, podría exponernos.
—Si no vamos, seguiremos ciegos —respondió Seraphine.
Él la observó.
Cansado. Frustrado.
—No entiendes el nivel de riesgo.
Ella soltó una pequeña risa vacía.
—Creo que hace tiempo dejamos atrás el nivel razonable de riesgo.
Alaric apoyó una mano sobre la pared junto a la ventana.
—Tiene razón.
Cassian giró inmediatamente hacia él.
—No la alientes.
—No necesito hacerlo. Ya decidió ir.
Y eso era verdad.
Seraphine lo sabía desde que escuchó el nombre de su madre en la nota.
Iría aunque fuera una trampa. Aunque fuera estúpido. Aunque terminara mal.
Porque ya no podía soportar la sensación de vivir rodeada de piezas incompletas sobre su propia existencia.
Cassian finalmente se detuvo.
La observó directamente.
—Entonces iremos juntos.
Alaric soltó una sonrisa inmediata.
—Ah. Excelente. Una decisión terrible grupal.
—
Las horas avanzaron lentas.
El castillo seguía despierto bajo la tormenta.
Guardias recorrían constantemente los corredores y el olor a humo del incendio parcial todavía permanecía atrapado entre las piedras antiguas.
Seraphine caminaba hacia la capilla con la capucha negra cubriéndole parcialmente el rostro.
El reloj del corredor principal acababa de marcar la cuarta campanada de madrugada.
Faltaba poco para el amanecer.
Y el castillo se sentía diferente a esas horas.
Más vacío. Más honesto.
Como si la oscuridad revelara lo que la nobleza intentaba ocultar durante el día.
Sus pasos resonaban suavemente sobre la piedra fría mientras avanzaba por corredores iluminados apenas por antorchas moribundas.
No llevaba vestido noble.
Solo ropa oscura sencilla y el pequeño cuchillo oculto bajo la manga.
Pensar como presa era morir. Pensar como alguien capaz de defenderse era sobrevivir.
Cassian esperaba cerca de la entrada lateral de la capilla.
Vestido completamente de negro también.
Parecía más una sombra que el heredero Valemont.
Al verla acercarse soltó aire lentamente.
—Creí que intentarías venir sola.
—Lo consideré.
Eso no lo tranquilizó.
Alaric apareció pocos segundos después desde el extremo opuesto del corredor.
Por supuesto parecía demasiado relajado para alguien entrando potencialmente a una emboscada.
—Qué reunión tan deprimente.
Cassian lo ignoró.
Observó cuidadosamente alrededor antes de hablar.
—Nadie nos siguió.
—Esperemos que eso siga siendo cierto —murmuró Seraphine.
La capilla permanecía oscura.
Las enormes puertas de madera negra parecían todavía más antiguas bajo la luz débil de las antorchas.
Y Seraphine sintió inmediatamente aquella sensación incómoda otra vez.
Como si algo debajo del castillo estuviera observando.
Cassian abrió lentamente una de las puertas.
El interior estaba vacío.
Las filas de bancos oscuros permanecían sumergidas en sombras mientras algunas velas casi consumidas iluminaban débilmente el altar.
La estatua de la diosa central observaba desde arriba con rostro frío e indiferente.
Siempre le había desagradado aquella estatua.
Parecía juzgar constantemente.
Entraron despacio.
La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido grave.
Silencio.
Solo lluvia contra vitrales.
Alaric observó alrededor.
—Bueno. Si van a asesinarnos, al menos eligieron un lugar dramático.
—¿Puedes callarte cinco minutos? —murmuró Cassian.
—No.
Seraphine avanzó lentamente hacia el altar.
Nada.
No había señales de Corvus ni de nadie más.
Pero algo no encajaba.
La capilla estaba demasiado quieta.
Como preparada.
Entonces una voz resonó desde la oscuridad lateral.
—Llegaron.
Los tres giraron inmediatamente.
Corvus emergió lentamente entre las sombras de las columnas laterales.
Encapuchada. Calmada. Como si hubiera estado esperando desde hacía horas.
Alaric sonrió apenas.
—Empiezo a sospechar que disfrutas las entradas teatrales.
—Y tú disfrutas demasiado el peligro.
La mujer avanzó hacia ellos.
Seraphine notó algo nuevo esta vez: Corvus parecía cansada.
Muy levemente. Pero real.
Como alguien llevando demasiado tiempo huyendo.
Cassian habló primero.
—¿Quién eres realmente?
—Ya respondí eso.
—No. Evadiste la pregunta.
Corvus observó unos segundos el altar antes de responder.
—Las respuestas reales rara vez ayudan tanto como la gente cree.
Alaric soltó una risa baja.
—Perfecto. Habla igual que un libro viejo.
Seraphine ignoró a ambos.
—¿Por qué mencionaste a mi madre?
Corvus finalmente levantó la vista hacia ella.
Y otra vez apareció esa sensación incómoda.
Reconocimiento.
—Porque todo esto comenzó con ella.
Silencio absoluto.
El corazón de Seraphine golpeó fuerte.
—Explica.
La mujer avanzó lentamente hasta quedar frente al altar.
La luz de las velas apenas rozaba la parte inferior de su rostro oculto.
—Hace dieciséis años hubo un acuerdo roto.
Cassian se tensó inmediatamente.
Corvus lo notó.
—Ah. Así que el heredero sí escuchó parte de la historia.
Cassian no respondió.
Ella continuó.
—Los Valemont protegían ciertas líneas de sangre desde hacía generaciones.
—Las familias protegidas —murmuró Seraphine.
Corvus inclinó apenas la cabeza.
Confirmación.
—A cambio obtenían poder, información y alianzas invisibles.
Alaric cruzó lentamente los brazos.
—¿Brujas trabajando para nobles?
—No.
Corvus lo miró directamente.
—Brujas sobreviviendo gracias a nobles suficientemente inteligentes para entender que exterminarlas era imposible.
Silencio.
La lluvia golpeó violentamente los vitrales.
Seraphine sintió escalofríos lentos.
Porque aquello encajaba demasiado bien con las palabras del duque.
Miedo. Control. No destrucción total.
Corvus continuó:
—Pero entonces alguien decidió romper las reglas.
Cassian habló más bajo.
—¿Mi padre?
La mujer guardó silencio unos segundos.
Luego respondió:
—Tu padre creyó que podía controlar más de lo que debía.
Eso tensó inmediatamente el ambiente.
Seraphine sintió el estómago apretarse lentamente.
—¿Qué hizo?
Corvus la observó directamente.
—Tomó algo que no le pertenecía.
Silencio.
La respuesta llegó antes de que Seraphine quisiera entenderla.
Su madre.
Mierda.
Cassian habló inmediatamente.
—¿Lyra?
Corvus no apartó los ojos de Seraphine.
—Tu madre no fue enviada al castillo como concubina.
La respiración de Seraphine se volvió más lenta.
Más fría.
—Entonces ¿qué era?
La mujer respondió sin suavizar nada.
—Una heredera.
El mundo pareció detenerse un instante.
Alaric dejó de sonreír.
Cassian permaneció completamente inmóvil.
Y Seraphine sintió algo romperse lentamente dentro de su cabeza.
Heredera.
No sirvienta. No concubina. No amante.
Algo más.
—¿Heredera de qué? —preguntó ella.
Corvus dio un paso más cerca.
—De la última línea Morvane.
El silencio posterior fue brutal.
Seraphine apenas escuchaba la lluvia ya.
Su mente giraba demasiado rápido.
Última línea.
Entonces su madre había sido importante. Peligrosamente importante.
Y el duque la había ocultado.
¿Por qué?
—Eso no explica nada —dijo Cassian finalmente.
Corvus giró apenas hacia él.
—Tu padre prometió protegerla.
Otra pausa.
—Y la traicionó.
El aire pareció congelarse.
Seraphine sintió un nudo violento formarse en el pecho.
—¿Cómo?
Corvus guardó silencio.
Demasiado tiempo.
Y por primera vez desde que la conocían… pareció dudar.
Eso alarmó a Seraphine más que cualquier otra cosa.
Finalmente la mujer habló.
—Porque cuando Lyra intentó huir del castillo… alguien la entregó.
Silencio.
Cassian frunció el ceño inmediatamente.
—¿Entregó a quién?
Corvus levantó lentamente la vista hacia él.
—A los inquisidores.
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