Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No es tuya.
La tarde cae suave sobre la terraza de la mansión Becker-Lobo, pero en Cedric Becker no hay nada suave. Sale al pasillo lateral buscando aire… o tal vez silencio después de una breve reunión con su hermano y cuñado.
No lo sabe, solo necesita alejarse para respirar aire fresco y olvidar un par de cosas hasta que la ve..
Adara Lobo está de espaldas, apoyada ligeramente sobre la baranda, con el teléfono en la mano. El viento mueve su cabello negro y hay algo en su postura… relajada, íntima, distinta y luego se ríe, con una risa ligera, natural y demasiado cercana.
Cedric se detiene, no debería quedarse escuchando conversaciones ajenas, Pero la curiosidad puede más y lo hace.
—No, cállate… —dice ella entre risas—. No fue así.
Su voz suena… juguetona. Él no alcanza a escuchar todo, pero su mente ya empezó a trabajar y algo empieza a hervir en su interior tan solo con imaginar que se ríe así con él novio.
—Te juro que si me hubieras visto… —continúa ella, bajando la voz—. Hubieras pensado lo mismo.
Se muerde el labio y Cedric siente ese gesto como un golpe directo al estómago.
Luego viene lo peor, Adara sonríe con más soltura, de esa forma como cuando tú pareja dice algo gracioso que te gusta mucho.
Y lo peor llega cuando ella acerca el teléfono a sus labios.
—Te mando un beso…
Y lo hace, lanza un beso al aire suave, intimo y muy personal. El mundo de Cedric se contrae en ese segundo.
No escucha nombres, no escucha contexto. No escucha nada más, pero no lo necesita.
Es él.
La conclusión llega sola a su mente. Instantánea y brutal.
Aprieta el puño con fuerza, llevándoselo a la boca como si así pudiera contener todo lo que le sube por dentro.
Un calor oscuro.
Incómodo.
Violento.
Mientras tanto Adara intenta despedirse de su amiga Samara.
—Joder… —gruñe en voz baja.
Su mirada se endurece mientras la observa seguir hablando, riendo, jugando con su cabello como si nada.
Como si no hubiera pasado. Como si su cuerpo no hubiera respondido igual.
Como si él no importara. Aprieta más fuerte los dientes.
"Claro que no importas, idiota" -lo azuza su mente.
No son nada, entre ellos no hay nada. Solo fue una vez, una maldita vez.
Pero su cuerpo no coopera con esa lógica, su orgullo tampoco. Se pasa la mano por la nuca, frustrado y molesto.
Algo en él quiere ir hacia ella, arrancarle ese teléfono y exigirle…
¿Qué demonios va exigir?
Nada.
No tiene derecho de preguntar nada. No tiene lugar. No tiene nombre en su vida y eso lo enfurece más.
La ve reír otra vez y esa risa le molesta, le arde y sobre todo le pertenece a otro.
Sin darse cuenta, ya está negando con la cabeza.
—Maldición, parezco puberto… —murmura.
Da un paso atrás, luego otro y se va sin que ella lo note.
Sin despedirse de nadie. Sin mirarla otra vez porque si lo hace no va a controlarse y podría quedar en ridículo.
El golpe de la puerta de su coche retumba más de lo necesario. El motor ruge cuando lo enciende. La carretera se abre frente a él, pero Cedric no ve nada.
Solo repite la escena.
El beso, la maldita risa.
—Perfecto… —escupe con ironía—. Perfecto.
Aprieta el volante con fuerza.
—Tiene novio.
Lo dice en voz alta como un recordatorio o tan vez como una condena.
—Y tú te casas en tres semanas.
Otra vez lo dice más fuerte, como si así incomodara menos, pero no funciona.
Nada funciona.
Su casa lo recibe en silencio y se siente fría, vacía.
Exacto.
Como debería estar él, pero no lo está. Se sirve brandy sin pensar, bebe un trago y luego otro.
El líquido quema, pero no calma, se apoya en la barra, bajando la cabeza y ahí es cuando su mente traiciona todo.
Porque no la recuerda riendo para otro.
No.
La recuerda con él. Debajo de él. Aferrándose a él. Respondiendo con gemidos a cada caricia.
Esa misma boca que acaba de besar un teléfono reclamándo la de él.
—Joder… —gruñe, cerrando los ojos.
Su cuerpo reacciona sin permiso y eso lo enfurece aún más, porque no solo está celoso.
Está afectado.
Demasiado.
Aprieta el vaso con fuerza.
—No es tuya —se dice, con voz baja y dura —Nunca lo fue.
Respira hondo, se endereza e intenta recomponerse. Volver a ser él.
El hombre que no pierde. El hombre que no se engancha. El hombre que cumple su palabra.
Pero hay algo nuevo que no estaba antes. Algo que no puede ignorar.
Ese malestar. Ese impulso.
Esa necesidad absurda de saber para quién fue ese beso y lo peor es que no piensa preguntar porque si lo hace va a confirmar algo que no quiere enfrentar o peor aún, va a descubrir que le importa y eso sí sería imperdonable.